Pasaron los minutos y la puerta no se abría. La impaciencia empezaba a carcomerme; yo misma le había pedido que fuera puntual.
—Tu invitada se está tardando —señaló Kersten con ironía.
—Sí, me doy cuenta. Empecemos nosotras; cuando llegue, la pondremos al tanto.
—Muy bien. Ahora, explícame con detalle cómo llegaste a este punto. Necesito entender tu conexión con la ciudad.
—Bueno, yo vivía en Canadá. Tenía una vida normal, o eso creía, hasta que todo cayó en picada —comencé, sintiendo un nudo en la garganta—. Empecé con hemorragias nasales, alucinaciones, un insomnio atroz y...
—La sensación de vacío —me interrumpió Kersten. Sus ojos se clavaron en los míos—. Continúa.
—Mi padre me trajo aquí sin darme explicaciones, aunque sospeché que algo iba mal desde el momento en que cruzamos la entrada. Ese guardia... me dio una sensación extraña.
—Adivino: no pudiste verle el rostro —dijo ella, como si leyera un guion ya escrito.
—Exacto. ¿Por qué ocurre eso?
—Porque aún no eres parte de Duskwall —explicó, inclinándose hacia delante—. Si no perteneces, no puedes ver sus secretos. Ninguna persona común es capaz siquiera de encontrar el camino de acceso a este lugar.
—¿Entonces cómo es que nosotros encontramos la carretera?
—No me entiendes. Escucha: pudiste encontrar el camino porque naciste aquí, tu sangre reconoció el terreno. Pero no pudiste ver su rostro porque tu vínculo aún no se ha fortalecido. Eres una extranjera en tu propia casa.
—Pero... ¿qué hay de los Séils? —pregunté, recordando la figura esquelética del jardín—. ¿Por qué a ellos sí pude verlos claramente?
—Porque Duskwall ya había comenzado a reclamar tu alma. Los Séils son la manifestación de este lugar. Mientras más te resistas a la iniciación, más verás los horrores del subplano, porque te estás deslizando hacia él.
—¿Entonces, cuando haga la iniciación, dejaré de verlos?
Kersten soltó una risa seca, carente de humor.
—No. Digamos que, en ambas situaciones, el resultado es el mismo: verás lo que otros no ven. La diferencia es que en una sigues viva y en la otra permaneces en el subplano astral, encadenada a la soledad eterna. Por eso se dice que los habitantes de Duskwall siempre vuelven a donde pertenecen... vivos o muertos.
—Es tétrico —susurré, sintiendo un escalofrío.
—Es nuestra realidad, Lies.
—Continúa —me instó Kersten, sin apartar sus ojos de los míos.
—Yo no hice la iniciación a tiempo y supongo que el plazo expiró —comencé, rememorando el caos—. Lo último que recuerdo es que vi a un gato negro con los ojos iguales a los de un Séil. Después, mi hurón, Blaz, desapareció de su jaula y apareció de repente en la ventana. Saltó y yo, en un acto reflejo, traté de atraparlo. Evidentemente no pude; caí al jardín, me levanté y lo busqué por todas partes. Lo único que encontré fue al gato negro entre los arbustos. Detrás de él... había un Séil. Lo miré directamente a los ojos, de forma involuntaria, y ahí perdí la conciencia. Cuando la recuperé, ya estaba en el Lago de Hierro. Mi hermana me estaba rescatando, solo para después ofrecerse en mi lugar y ser arrastrada a las profundidades.
Kersten asintió, encajando las piezas.
—Ahora entiendo. El "gato" no era un gato. Era un Dénger.
—¿Un qué? —exclamé, sintiendo que la cabeza me iba a estallar—. Dios, ¿en serio hay más criaturas?
—Sí. Los Dénger son entidades que suelen adoptar la forma de un gato, pero pueden cambiar su apariencia según les plazca. De hecho, el guardia de la entrada a la ciudad es uno de ellos.
—Te juro que es demasiada información —dije, frotándome las sienes.
—Me lo imagino. Al haberse acabado tu tiempo, ese Dénger se transformó en tu mascota para sacarte de la seguridad de tu casa. Necesitaba que estuvieras a cielo abierto para que pudieras ser hipnotizada por uno de los Séils.
—¿No pueden entrar a las casas? —pregunté, aferrándome a cualquier regla lógica.
—No. Esa es una de las pocas restricciones que tienen. Además, no pueden hipnotizar de noche, solo durante el día. Por eso, aquellos que aún no han sido iniciados solo pueden salir después del ocaso; es el único momento en que no corren el riesgo de ser reclamados.
—Ya comprendo... —susurré, dándome cuenta de la magnitud de mi ignorancia—. Por eso no me dejaban salir de día. Por eso mi padre se puso como un loco esa mañana.
—Exacto. Seguro fue por eso.
—Las odio —solté con amargura, refiriéndome a esas criaturas—. Odio a cada una de ellas.
—Esas criaturas no son malas, Lies. No lastiman a nadie por voluntad propia —me corrigió Kersten—. Los Séils solo vagan y observan. Los Dénger suelen mantenerse en su forma gatuna. Lo que hicieron contigo fue simplemente cumplir con la voluntad de Duskwall.
—Me da igual. No pienso perdonarlas nunca.
—Entonces no podrás completar la iniciación —intervino una voz a mis espaldas, cortante y puntual—. No se puede formar un vínculo con algo que odias.
Me giré de inmediato.
—Gretchen.
—Hola, Lies —saludó Gretchen, ignorando la tensión en el aire.
—Llegas tarde —le recriminé.
—Sí, perdón. Me retrasé un poco.
—Bueno, te presento a Kersten. Es la chica que me ayudará a rescatar a Isabelle.
—Mucho gusto —dijo Kersten, analizando a Gretchen con una mirada clínica.
—El gusto es mío. Soy Gretchen —respondió ella, tomando asiento con naturalidad antes de lanzar el primer dardo—. Ahora, Lies... ¿cómo es eso de que odias a las criaturas de Duskwall?
—Sí, ¿qué tiene? —respondí con desprecio—. Después de lo que provocaron, la palabra "odio" me parece que se queda corta.
—El problema es que no puedes completar la iniciación si odias lo que habita aquí —sentenció Gretchen.
—¿Por qué? ¿Es algo "impuro"? —pregunté. Genial, otro obstáculo para la lista.
—No se trata de pureza —explicó Kersten, inclinándose sobre la mesa—. El lazo debe forjarse por sangre y por amor. Debes amar esta ciudad y lo que significa ser parte de ella. Eso incluye a sus criaturas, porque ellas son la forma más pura de la voluntad de Duskwall. Si intentas el vínculo con rencor en el corazón, la magia te rechazará.
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Editado: 19.02.2026