—Las disculpo —dijo el señor Ancel, rompiendo la tensión—, pero todavía no me han dicho qué es lo que están buscando exactamente.
—¿Nunca se lo dijiste, Kersten? —pregunté asombrada, mirándola.
—Sí, le dije mis motivos, pero...
—Pero nunca me pidió ayuda —terminó el señor Ancel con una media sonrisa.
—¿Por qué querías hacerlo sola? —preguntó Gretchen, esta vez sin rastro de burla, solo curiosidad.
—Porque nadie me creía —confesó Kersten, bajando la guardia por un instante—. Siempre tuve que arreglármelas por mi cuenta. Como dije, no tengo muchas amigas.
—Está bien —respondí, poniéndole una mano en el hombro—. Ahora estamos nosotras.
—Es cierto —asintió Kersten, recobrando su compostura—. Señor Ancel, queremos saber si existe alguna forma, algún ritual o resquicio legal, para salvar el alma de alguien que ya ha cruzado al subplano.
—No creo que exista —sentenció el anciano—. Al menos, no está escrito en ningún tomo de esta habitación.
—¿Por qué nunca me dijiste eso? —exclamó Kersten, frustrada.
—Ya se lo dije, señorita. Usted nunca me p...
—Pidió su ayuda, sí, ya lo sabemos. Y es una respuesta tonta —interrumpió Gretchen con su habitual honestidad brutal.
—¡Gretchen! —le lancé una mirada desaprobatoria.
—¿Qué? Es la verdad —se encogió de hombros, pero luego miró al señor Ancel.
—Lo lamento. ¿Les parece si les recompenso el mal rato invitándolas a un poco de Viz?
—¿Fermentado? —preguntó ella con una chispa en los ojos.
—No —rió Ancel.
—¿Qué es el Viz? —pregunté. El nombre me sonaba a algún tipo de poción extraña.
Ambas se giraron para mirarme como si hubiera dicho una blasfemia.
—¿Qué? —insistí.
—Se nota demasiado que creciste en otro lugar —se burló Gretchen.
—Uy, perdón por no haberme criado en este espantoso pantano —le devolví el golpe, aunque esta vez con una sonrisa.
—¿Van a venir o no? —preguntó Ancel, señalando hacia la sala.
Lo seguimos hasta una estancia acogedora donde nos sirvió unas copas con un líquido dorado. Le di un sorbo, esperando un sabor místico, pero arrugué el ceño.
—Ah, pero si es jugo de manzana —comenté.
—Zumo de manzana —corrigió Kersten de inmediato.
—Es lo mismo, solo es una variante lingüística —repliqué.
—Lo dice así porque nació en España —añadió Gretchen, revelando el secreto.
—¿Eres española? —la miré sorprendida.
—Sí —aclaró Kersten, restándole importancia—. Mis padres vivieron allá un tiempo. Nací y viví ahí hasta los cinco años, pero decidieron regresar a Duskwall para prepararme para la iniciación.
—Y vino a conquistar Duskwall —soltó Gretchen con rapidez.
El chiste histórico flotó un segundo en el aire hasta que las carcajadas estallaron como fuegos artificiales. Incluso el señor Ancel se rió, contagiado por la ironía. Por primera vez desde que llegué a este pueblo maldito, el aire no se sentía pesado.
En realidad, parecíamos congeniar bastante bien. Mientras tomábamos el "zumo" de manzana, me di cuenta de que mi instinto no me había fallado: éramos un buen equipo. Decidimos terminar la visita e ir un rato al centro de la ciudad para caminar. No habíamos encontrado nada relevante en los libros del señor Ancel, así que despejar la mente parecía la mejor estrategia para que surgiera un nuevo plan.
Llegamos al parque y nos desplomamos en uno de los bancos para distraernos del peso de la biblioteca. Gretchen, con esa eficiencia que la caracterizaba, rebuscó en su mochila y sacó una ensalada César que ella misma había preparado. Gretchen era ese tipo de persona que parecía llevar un inventario infinito en su bolso; si necesitabas algo, ella seguramente lo tenía.
—¿Quieren un poco? —nos ofreció, destapando el recipiente.
El hambre me golpeó de repente, así que acepté. Ella usó la tapa del hermético como plato improvisado y me lo extendió con una sonrisa cálida.
—¿Y tú, Kersten? ¿Quieres? —pregunté.
Kersten se nos quedó mirando fijamente, en silencio. Parecía que la dinámica de compartir, de simplemente ser amigas, le resultaba un idioma ajeno.
—¿En serio? —preguntó ella, dudando.
—Sí, ten —insistió Gretchen.
—Gracias —murmuró Kersten, tomando la comida con una cautela que no pasó desapercibida para mí.
—¿Qué te pasa? —pregunté en tono amable, tratando de no invadir demasiado su espacio—. ¿Nunca te habían regalado comida?
—Bueno... —vaciló un momento antes de continuar—. No. Supongo que saben que la gente de aquí no suele ser amable conmigo. Me ven como alguien que desafía las reglas de Duskwall, y eso asusta.
—Te entiendo —le dije con voz melancólica—. Muchas personas prefieren no retar al sistema. Yo también era así, hasta que tuve un motivo para rebelarme.
—Yo me siento rarísima —agregó Gretchen, tratando de aligerar el ambiente con una broma—. Solo estoy aquí porque quería a Isa y para vigilar que Lies no se meta en demasiados problemas.
Sonreí. Al menos la barrera de Kersten se estaba desmoronando.
—Es difícil encontrar amigos de verdad —continuó Gretchen, más relajada—. Isa era la única con la que convivía. No considero a cualquiera mi amiga; las personas suelen fallarte en cuanto las cosas se ponen feas.
—Es un buen punto —reflexioné—. Pero creo que debemos darnos la oportunidad. El destino nos lleva hacia donde pertenecemos, y eso incluye a las personas que ponemos a nuestro lado.
Las tres asentimos, sellando una tregua silenciosa.
—Oye, Gretchen —dije de repente—, ¿podrías hacer unos cupcakes mañana?
—Claro que sí.
Me di cuenta de que Gretchen era esa clase de persona que, si le pedías algo de comer, te lo cocinaba con amor.
—¿Te gusta cocinar? —preguntó Kersten, animada.
Gretchen comenzó a relatarnos su pasión por la repostería, especialmente por los pastelitos, que eran su mayor adicción (y, después de probarlos, también la mía). Kersten, por su parte, confesó que cocinaba como yo: solo por necesidad. A pesar de nuestras diferencias, empezamos a notar que compartíamos más gustos de los que imaginábamos.
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Editado: 16.03.2026