Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 11: El último rastro de inocencia.

—Entren —dijo Kersten, abriendo la puerta de su refugio. —Permiso —murmuró Gretchen al pasar.

El interior de la casa era de un verde profundo y envolvente que, de forma inesperada, le otorgaba una calidez que Duskwall solía negar. Era como estar dentro de un bosque antiguo y protegido.

—Aquí está —anunció Kersten, regresando de otra habitación y extendiéndome un teléfono relativamente moderno. A simple vista, parecía un dispositivo común que podrías comprar en cualquier tienda.

—No entiendo... ¿qué tiene de especial? —pregunté, dándole vueltas en mis manos—. Parece uno normal.

—Es porque es uno normal —respondió ella con una media sonrisa.

—¿Entonces? Me pierdo en tus adivinanzas —intervino Gretchen, rodando los ojos con una fingida desesperación.

—La magia de Duskwall está en su tierra —explicó Kersten, bajando la voz—. Por lo tanto, todo lo que crece aquí...

—...debe tener una pizca de esa magia —completé, entendiendo finalmente el punto al que quería llegar.

—Verbindung Kraut —sentenció Kersten, sacando un pequeño fajo de hierbas secas.

—La hierba que conecta —tradujo Gretchen de inmediato. La miré sorprendida.

—¿Tú lo sabías?

—No, pero es el significado literal del nombre. Aunque nunca había oído hablar de ella en el pueblo, la traducción no deja lugar a dudas.

—Vaya, Gretchen, parece que al fin estás demostrando algo de utilidad —bromeó Kersten con un deje de respeto en la voz.

—¿Y cómo funciona? —pregunté, ansiosa.

—Debes impregnar el dispositivo con el humo de la hierba.

Kersten procedió a encender el fajo. Un aroma terroso y metálico inundó la sala. Tomó el teléfono y lo sostuvo con firmeza sobre el cuenco de cerámica, dejando que el humo denso lo envolviera por completo. Fue una escena hipnótica: por momentos, pequeñas chispas de un destello amarillo vibraban dentro del humo, como si la electricidad y el espíritu se estuvieran fusionando.

Cuando la hierba terminó de consumirse, Kersten me entregó el aparato. El metal se sentía extrañamente cálido al tacto, vibrando con una energía que no era la de una batería común.

—Toma —me dijo con una sonrisa cargada de esperanza—. Salva a tu amigo.

—Gracias —respondí, sintiendo una gratitud que me humedeció los ojos. El destino de Blaz ahora dependía de una señal que cruzaría lo imposible.

Marqué el número con los dedos temblorosos. El tono de conexión rasgó el silencio de la sala y las tres nos quedamos inmóviles, conteniendo el aliento.

—¿Diga? —La voz de mi madre surgió del otro lado y sentí un alivio tan profundo que casi me doblo sobre mis rodillas.

—¿Mamá? ¿Puedes escucharme?

—¿Lies? Sí, hija, te escucho, pero... ¿cómo es posible que estés llamando?

—Luego te explico todo, mamá —la interrumpí, con la urgencia quemándome la garganta—. Necesito que vengas a Duskwall de inmediato para llevarte a Blaz. Podría morir si se queda un día más aquí. Te lo suplico, ven por él.

Hablé con una desesperación desnuda, segura de que ella movería cielo y tierra por ayudarme. Pero su respuesta fue una daga de hielo.

—Yo... no puedo, Lies.

—¿Qué? —El mundo pareció detenerse—. ¿Por qué no? ¿A qué te refieres con que no puedes?

—Es que... no podré encontrar el lugar. Seguramente me perdería.

—¿De qué hablas? —respondí, exaltada—. Sabes perfectamente que todos los nacidos aquí pueden encontrar el camino. Sé que la distancia es enorme, pero te necesito. Hay cosas que han pasado... cosas que debes saber. ¡Te necesitamos aquí!

—Hija, de verdad, no puedo ir.

—¡Tienes que hacerlo! —grité, mientras Gretchen y Kersten me miraban con creciente preocupación—. Nosotros no podemos salir. Al menos yo estoy atrapada. Papá no me dejaría... no nos dejaría solas. Sé que tu relación con la tía Luna es caótica, pero son familia. ¡Ven, por favor!

—Lo siento, pero no puedo. No hay forma de que yo vaya —su voz sonaba extrañamente plana, casi mecánica—. Escucha, tengo cosas que hacer ahora. Llámame después para platicar mejor, ¿sí?

—Pero mamá, es Blaz, es lo único que...

—Lo siento, Lies. Realmente lo siento.

El "clic" de la llamada finalizada resonó en mi oído como un disparo. Me quedé allí, con el brazo extendido y una sensación de vacío que amenazaba con devorarme.

—¿Qué te dijo? —preguntó Gretchen, acercándose con cautela.

—Dijo que no —susurré, incapaz de procesarlo—. No lo entiendo. Simplemente dijo que no podía.

—¿Por qué? —preguntaron ambas al unísono.

—No lo sé.

Me senté pesadamente. La llamada no era solo por Blaz; era mi excusa para abrazar a mi madre, para llorar en su regazo después del horror que viví con Isabelle. Me sentí invadida por una culpa punzante por no haberla llamado antes, pero la verdad era amarga: mi hermana era mi mundo entero. Mi conexión con Isa superaba el amor por mis padres, por mi tía o por cualquier otra cosa viva. Y ahora que Isa no estaba, el rechazo de mi madre se sentía como una segunda orfandad.

—Debo hablar con mi padre —dije, poniéndome en pie con una nueva determinación—. Quizás ella tiene miedo y él pueda convencerla. Él sabe cómo hablarle.

—Sí, ve —asintió Kersten, entregándome mis cosas.

—Cuéntanos qué pasa en cuanto lo sepas —pidió Gretchen con un apretón en el brazo.

—Lo haré. Nos vemos luego.

Salí de la casa de Kersten y detuve un taxi con un gesto errático. Mientras el auto se alejaba del centro, solo podía pensar en una cosa: ¿Qué secreto ocultaba mi madre para negarse a rescatar lo único que le quedaba a su hija?

Llegué a casa y, a pesar de que todo parecía estar en su sitio, la soledad se sentía como una presencia física, pesada y gélida. Me dirigí de inmediato a su habitación; podía escuchar el leve sonido de sus movimientos tras la puerta.

—Papá —solté nada más entrar—, necesito que convenzas a mamá para que venga a llevarse a Blaz. Ahora mismo.




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