Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 12: Fragmentos de una verdad oculta.

Nos encontrábamos de nuevo en el santuario del señor Ancel. A pesar de todo, me agradaba estar allí; su amabilidad era uno de los pocos refugios que me quedaban en esta ciudad.

—Tomen —dijo Ancel, colocando una pequeña pila sobre la mesa—. Estos son todos los volúmenes que existen sobre el origen.

—Vaya... —murmuré, decepcionada—. Apenas son ocho libros y tienen poquísimas páginas.

—La última vez que vinimos, ¿cuántos leímos? —preguntó Gretchen, revisando los lomos.

—Solo dos —respondió Kersten—. Uno tú y otro Lies. Yo ya los he leído todos, pero pensé que, al traerlas aquí, quizás sus ojos inexpertos podrían interpretar algo nuevo.

—No parece haber nada que no sepamos ya —dije, cerrando el tomo que tenía delante—. Por cierto, Kersten... ¿cómo es que solo tu familia tiene acceso a esta biblioteca?

—No lo sé —confesó ella, esquivando un poco la mirada—. Mis padres solo dijeron que era por seguridad, nunca me dieron una explicación real.

Me quedé pensativa, mirando las sombras que bailaban en las estanterías. De pronto, una idea cruzó mi mente.

—¿Por qué nadie ha intentado comunicarse con las criaturas que viven aquí? —solté.

—Pues... porque no hablan, Lies —contestó Gretchen con un tono obvio que me irritó.

—Pero, después de todo, este es un lugar imposible. Quizás haya alguno que sí pueda comunicarse. No sería tan asombroso, considerando el resto.

—Eso no tiene sentido —intervino Kersten con firmeza—. Duskwall es un lugar extraño, sí, pero en toda la historia de la ciudad nadie ha visto a una de esas criaturas articular palabra.

—Exacto. Lo que dices no existe, es imposible —añadió Gretchen, cerrando filas con Kersten.

—¡Y yo jamás en la vida había visto a un Séil antes de llegar aquí! —exclamé, sintiendo que la frustración me desbordaba—. Ni a seres que se transforman en gatos. Pienso que, en un sitio así, todo puede pasar. ¿Quién conocería el origen de este lugar mejor que los que nacieron con él? Los primeros habitantes son ellos, los seres mágicos. Sería interesante averiguar si alguno nos pudiese guiar hacia la respuesta que todos ignoran.

—Ya te dijimos que no —recriminó Gretchen—. No intentes tener la razón en todo.

—Solo doy una idea, no te alteres.

—No lo estoy, pero siento que piensas que solo tus teorías son correctas, y no es así.

Chasqueé la lengua, incapaz de contener mi enojo. El señor Ancel solo nos observaba en silencio, analizando la situación como si fuera un experimento. En mis brazos, Blaz seguía durmiendo. Últimamente no hacía otra cosa. Mi corazón se apretaba de dolor cada vez que sentía su respiración débil.

—Quiero una solución —dije con voz cortante—. Y la quiero ahora.

—Quítate esa exigencia, Lies —soltó Gretchen, perdiendo la paciencia—. Ya me estás cayendo mal.

—¿Qué te pasa?

—Que eres demasiado exigente, demasiado autoritaria, y no me agrada.

—¿Sabes qué? Si tanto te molesta, mejor vete. No te obligué a venir.

Gretchen miró a Kersten, buscando apoyo.

—¿Tú no vas a decir nada?

—No quiero meterme, Gretchen —respondió Kersten, mirando hacia otro lado.

—¿La apoyas a ella? —le pregunté a Kersten, sintiéndome traicionada—. ¿Crees que estoy siendo insoportable?

Kersten guardó un silencio sepulcral. Aquello fue la gota que colmó el vaso.

—Bien. ¿Saben qué? Me voy. Seguiré sola. Gracias por su "ayuda".

Me levanté bruscamente, ajustando a Blaz contra mi pecho, y salí de la casa del señor Ancel sin mirar atrás. Caminé por las calles neblinosas, rumiando mi rabia. Las dudas me bombardeaban, pero una se alzaba sobre las demás: ¿Por qué solo la familia de Kersten podía entrar en esa biblioteca? La desconfianza empezó a suplantar a la amistad. No quería volver a pedirles nada, especialmente a Gretchen.

—Creo que es mejor que caminemos un rato, Blaz —susurré al pequeño bulto en mis brazos.

No tenía ánimos de nada. Solo quería llegar a casa, cerrar la puerta y descansar del mundo, aunque sabía que el descanso no existía en Duskwall.

La mañana anunció su presencia con un cielo sombrío, pero menos que en la noche. Había dormido con Blaz entre mis brazos. Me incorporé rápido para ver si aún seguía conmigo, por fortuna, así era, pero se notaba que no iba a ser por mucho.

Salí a caminar con Blaz; sentía que el aire fresco y gélido de Duskwall, aunque hostil para otros, les devolvía un brillo momentáneo a sus ojos cansados. Caminé sin rumbo fijo, arrastrando mis pensamientos, hasta que me vi de nuevo en el centro de la ciudad, donde la neblina parecía más espesa y las farolas parpadeaban con una luz mortecina.

—¿Eres Lies? ¿Lies Weber?

Una voz masculina, profunda y desconocida, rompió el silencio de mi caminata. Me detuve en seco, apretando a Blaz contra mi pecho por instinto. Frente a mí, un joven de aspecto reservado me observaba con una intensidad que me puso los pelos de punta.

—Sí... —respondí, retrocediendo un paso—. ¿Quién eres tú?

—Mi nombre es Norbert —dijo, sin cambiar su expresión—. Necesito que vengas conmigo. De inmediato.

—¿Qué? —solté una risa seca, cargada de incredulidad—. Ni siquiera te conozco. ¿Por qué iría a algún lado contigo?

—Ancel me envió a buscarte —sentenció, y el nombre del bibliotecario me golpeó como un balde de agua fría—. Tiene algo que decirte. Algo que no podía mencionar frente a las otras dos.

Dudé. Mis pies me pedían a gritos que regresara a casa, pero mi mente sabía que Ancel no enviaría a un extraño a plena luz del día si no fuera algo de vida o muerte. Además, si Kersten y Gretchen estaban fuera de la ecuación, quizá era la respuesta sin filtros que yo estaba buscando.

—Supongo que ya no tengo nada que perder —murmuré, más para mí que para él—. Bien, vamos. Guía el camino.

Regresamos a la biblioteca. El lugar estaba en silencio, sumido en esa penumbra acogedora que solo los libros viejos saben crear.




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