Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 13: Anomalías en la madrugada.

Nos encontramos a la hora acordada. Para salir, tuve que fingir que me encerraba en mi cuarto bajo llave, asegurándome de que mi padre no sospechara nada. Sobra decir que Blaz iba conmigo, oculto entre mis ropas; solo esperaba que nadie en esa casa notara su ausencia.

—Hola, buenas noches —saludé a Norbert al llegar al punto de encuentro. Su silueta se recortaba contra la luz cobriza del cielo nocturno.

—Buena noche, Lies.

—¿Solo seremos nosotros dos? —pregunté, mirando a mi alrededor.

—Sí. Ancel no puede venir.

—¿Por qué?

—Tiene que custodiar la biblioteca. Si los Marx se enteran de que la dejó desatendida para venir a un lugar prohibido como este, no quiero ni imaginar de qué serían capaces.

—De esa familia solo conozco a Kersten —comenté mientras empezábamos a caminar—. A sus padres solo los he visto un par de veces, pero no parecen personas crueles.

—¿Por qué crees que la gente del pueblo los margina tanto, Lies?

—Esa historia... nadie me la ha contado aún.

—Bien, te la contaré en el camino. ¿Lista para entrar?

—Vamos.

Cruzamos el umbral del Edificio Affer. El aire en el interior se sentía denso, cargado de un polvo que parecía brillar con luz propia. El edificio tenía cinco niveles, y el silencio era tan absoluto que mis propios pasos me resultaban ruidosos.

—Entonces... —le insté a Norbert mientras subíamos las escaleras hacia el segundo nivel—. ¿Qué pasa con los Marx?

—Esta generación está marcada —comenzó él, bajando la voz—. Muchos dicen que están pagando las culpas de sus antepasados. La familia de Kersten era respetada, pero un día, su hermano pequeño fue arrastrado por el Lago de Hierro. Nadie sabe por qué. Desde ese momento, Kersten vive obsesionada con buscar una forma de recuperar a los convertidos.

—Pero, ¿acaso no hizo la iniciación? —pregunté, deteniéndome un segundo.

—Apenas tenía cuatro años —respondió Norbert con amargura—. El linaje de los Marx es único: deben pasar por el ritual desde muy pequeños para estabilizar la magia de la ciudad.

—¿Hubo señales de que se iba a convertir?

—Ninguna. Por eso es un caso tan perturbador.

—Pero sigo sin entender...si tienen un peso histórico tan grande para Duskwall, ¿por qué los marginan?

—Porque a nadie le gusta que se desafíen las reglas, Lies. Aquí nos enseñan a no preguntar, solo a aceptar y obedecer. Esa es la ley del pueblo. Claro que no todos hacemos caso.

—Al menos esta generación se atreve a pensar diferente —reflexioné.

—Es cierto. Los Marx no han dejado de ser juzgados desde aquel día. Kersten se rindió por un tiempo... hasta que tú apareciste en su puerta. —Lo miré confundida y él sonrió de lado—. Si te preguntas cómo lo sé, Ancel mantiene contacto constante con ella. El punto es que tu llegada le dio la motivación que necesitaba al ver que no era la única loca buscando respuestas. Y yo también me motivé; de lo contrario, seguiría investigando entre papeles, sin atreverme a confrontar los verdaderos secretos.

—Supongo que... de nada —dije con una pequeña sonrisa, sintiendo por primera vez que mi presencia en este lugar no era solo una tragedia, sino un catalizador.

Recorrimos el edificio de arriba abajo. Cuarto por cuarto, piso por piso. Nada. Lo único que encontramos fueron hojas muertas, ramas secas y un silencio devastador que parecía burlarse de nosotros. Era una soledad absoluta que destrozaba nuestras esperanzas; ese vacío era lo peor que podíamos obtener en un momento así.

—No hay nada —suspiré, afianzando el agarre sobre Blaz. Mi pecho dolía por la decepción.

—Es mejor que nos vayamos —dijo Norbert, bajando su linterna—. No sirve de nada quedarnos aquí.

—Tienes razón. Vamos.

Bajamos las escaleras en un silencio sepulcral, con los haces de luz cortando la oscuridad del retorno.

—Podemos llevarlo mañana a la frontera —sugirió Norbert, señalando a la bolita de pelo blanca en mis brazos—. Pensaremos en cómo dejarlo allí.

—Sí... ¿y qué pasará con él después?

—Encontraremos una solución. Mientras esté fuera de Duskwall, estará a salvo.

—Bien —contesté con una tristeza punzante. Deseaba que todo esto fuera una pesadilla, que no hubiera nacido en este sitio. Me parecía ridículo estar obligada a amar una ciudad que me exigía perder y abandonar todo lo que quería.

—Oye —dije, tratando de distraerme—, pero si los Marx son marginados, ¿de dónde viene ese concepto de "crueldad" que les atribuyen?

—Porque celaron la información de Duskwall hasta extremos peligrosos —respondió Norbert—. Su hermetismo causó la "muerte" de una persona.

—La leyenda del libro robado...

—Sí. Kersten era muy pequeña entonces, por eso casi nadie recuerda la historia completa. La mayoría solo sabe que los Marx se niegan a compartir lo que saben y que su hija ahora pretende desafiar las reglas de su propia naturaleza.

—Es curioso...

Iba a decir algo más, pero una sombra se materializó detrás de la puerta principal. El susto fue tan súbito que los tres soltamos un grito que resonó en todo el vestíbulo.

—¡Pero qué haces aquí! ¡Casi nos matas del susto! —le recriminé a la chica de las gafas.

—No fueron los únicos —respondió Kersten con tono acusatorio, presionando una mano contra su pecho para calmar sus latidos.

—¿Nos estabas siguiendo? —preguntó Norbert, recuperando el aliento.

—No —soltó ella de inmediato.

—Claro que sí. ¿Por qué? —insistí.

—Que no... solo pasaba por aquí.

—Eres pésima para disimular —sentenció Norbert.

—Bien —cedió Kersten finalmente—. Solo quería ver qué estaban haciendo.

—¿Cómo te enteraste?

—Salía de casa de Gretchen cuando te vi saltar por la ventana. Por cierto, admiro tu agilidad.

—Claro, y no pudiste preguntarme directamente.

—Después de lo que pasó, no sabía cómo hablarte —su voz bajó de volumen.

—No era necesario que... —me detuve. Quería decirle que pensaba que ya había escogido el bando de Gretchen, pero decidí que era mejor no reabrir la herida.




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