Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 14: La voz sin rostro.

—¿Y si avanzamos? —propuse, tratando de que mi voz no temblara.

—¿Los hurones ven bien en la oscuridad? —preguntó Kersten, escudriñando la negrura.

—Creo que sí. Pero es mejor que nos movamos; este lugar me da escalofríos y quedarnos quietos solo nos hace blancos fáciles.

—Bien. Yo ya pasé por la iniciación, así que técnicamente tengo cierta protección. Iré adelante —sentenció Kersten, dando un paso al frente.

—Vaya, sí que te esfuerzas por hacer méritos —se burló Norbert, aunque su tono delataba nerviosismo.

—¿Quieres ir tú primero? —le espetó Kersten, harta de su cinismo.

—No, gracias. Tengo un libro que escribir y para eso necesito salir vivo de aquí.

—Hay que darnos prisa —intervino Kersten, suavizando el tono mientras me miraba con una lástima que me dolió más que cualquier insulto—. Blaz puede estar en sus últimos momentos.

Mis ojos se cristalizaron. Al menos... al menos quería despedirme de él.

Avanzamos a tientas. La niebla era un muro blanco que nos obligaba a caminar casi a ciegas, pero logramos orientarnos por el sonido de las hojas secas.

—¡Miren ahí! —señaló Norbert.

—Es Blaz —susurré.

Su silueta pequeña y alargada se distinguía a unos pocos metros, corriendo en dirección contraria a nosotros. Aceleramos el paso para alcanzarlo y, de pronto, nuestra visión se volvió nítida. Era extraño: la niebla formaba un anillo perfecto en las orillas del bosque, dejando el centro despejado, sin una sola nube fría. Era un oasis de claridad en medio de la pesadilla.

Pero la esperanza se esfumó en cuanto vi hacia dónde se dirigía Blaz. Estaba atravesando un par de pies esqueléticos que colgaban a pocos centímetros del suelo. Nos detuvimos en seco. El aire se volvió gélido.

—No... eso no —dije en un susurro quebrado.

—Un Séil —sentenció Kersten, con la voz apenas audible.

—Lo hipnotizó para atraerlo y... —empezó Norbert.

—...y quitármelo —finalicé.

Blaz pasó por debajo de la criatura. Seguía corriendo, pero sus movimientos eran cada vez más lentos, pesados. Se estaba apagando. Estaba muriendo.

Volteé a ver a mis compañeros. Kersten estaba rígida, con la mirada perdida en el Séil. Sabía lo que estaba pensando: el miedo a reconocer en esa alma perdida a un miembro de su familia, o quizá a mi propia hermana. El terror la había anclado al suelo.

—Norbert, quédate con ella —ordené.

En un acto de valentía desesperada, corrí. Rodeé al Séil, ignorando la presión invisible que emanaba de su figura estática. Llegué al centro exacto del claro, donde los árboles se abrían para dejar ver un trozo de cielo cobrizo, y allí lo vi.

—Mi Blaz... —sollocé.

Estaba tirado en el suelo, con el pecho subiendo y bajando en espasmos débiles. Sabía que eran sus últimos segundos. Me derrumbé. Me arrodillé a su lado, pero no me atreví a moverlo para no causarle más dolor. Las lágrimas rodaron sin control por mis mejillas.

—No, mi precioso Blaz... no me dejes tú también.

Lo acaricié con la punta de los dedos, sintiendo cómo su calor se desvanecía. Cerré los ojos y me acosté en la tierra fría a su lado. Quería que lo último que sintiera fuera que no estaba solo, que estábamos juntos. Me dolía tanto que Duskwall me lo arrebatara todo. Me dolía que, después de Isa, la ciudad enviara a un Séil para llevarse lo último que me mantenía cuerda.

En medio de mi agonía, algo atravesó la oscuridad de mis párpados. Era una luminiscencia azul y celeste, vibrante y pura, que parecía quemar suavemente el frío del bosque. Por primera vez desde que llegué a este lugar, pude sentirlo. No era el miedo a lo oculto ni la pesadez de los secretos; era magia. Luz real.

Abrí los ojos de golpe y me encontré con una visión fascinante. Eran criaturas pequeñas, etéreas, que irradiaban un fulgor celeste tan intenso que convertía el claro del bosque en un santuario. Eran decenas, y rodeaban el cuerpo de Blaz con una delicadeza casi sagrada.

Me incorporé con rapidez, impulsada por el instinto de protegerlo, pero me detuve en seco. Su aura no era tenebrosa como la de los Séils o los Dénger. Aquellos seres me miraron con ojos profundos y, con una sincronía perfecta, colocaron sus diminutas manos sobre el pelaje blanco de Blaz. Me quedé atónita, conteniendo el aliento.

Entonces sucedió. Blaz cerró los ojos y su cuerpo se tensó.

Sentí que el alma se me escapaba del pecho al pensar que se había ido para siempre. Pero solo fueron unos segundos. Aquellas criaturas canalizaron su brillo hacia él y, de repente, la respiración de Blaz volvió a ser rítmica y profunda. Sus párpados se abrieron y sus ojos recuperaron la chispa de vida que Duskwall le había arrebatado.

Los seres volvieron a mirarme y, tan rápido como aparecieron, empezaron a dispersarse, abriéndome paso.

Lo tomé entre mis brazos, apretándolo contra mi pecho mientras sollozaba de puro alivio. Estaba vivo. Aquellos espíritus lo habían salvado de una muerte segura.

—Gracias... —susurré con un agradecimiento eterno que me nacía del alma.

Ellos desaparecieron entre los árboles, como si nunca hubieran estado allí, dejando tras de sí un rastro de polvo estelar que se desvanecía en la niebla.

—Lies, ¿qué ha pasado? —preguntó Norbert, corriendo hacia mí con el rostro desencajado.

—Lo salvaron —dije, aferrada a Blaz como si fuera el tesoro más grande del mundo.

—¿Quiénes? ¿De qué hablas?

—Aparecieron unas criaturas... pequeñas, azules, brillantes. Le dieron su magia, no lo sé explicar, pero está vivo. Míralo, Norbert. Está bien.

—¿En serio? —preguntó él, incrédulo, acercándose para comprobar que el corazón del hurón latía con fuerza.

—Sí —respondí, limpiándome las lágrimas—. ¿Y ustedes? ¿Cómo llegaron hasta aquí? ¿Y el Séil?

—El Séil se limitó a observarnos un rato —explicó Kersten, cuya voz aún temblaba ligeramente—. Después, simplemente se dio la vuelta y se desvaneció en la niebla. Fue... inquietante.




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