Decidimos regresar al edificio para descubrir si aquella presencia seguía allí o si la mente de Gretchen le había jugado una mala pasada. El grupo seguía siendo el mismo, con una salvedad crítica: el señor Ancel debía permanecer en las sombras. No podíamos arriesgarnos a que Kersten descubriera que él nos había revelado los secretos prohibidos de la ciudad, así que improvisamos una mentira rápida. Le dijimos a ella y a Gretchen que Norbert era el cerebro detrás de las pistas.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí? —gritó Norbert, alzando la voz hasta que retumbó en las vigas del vestíbulo.
—¡Eres un imprudente! No grites —lo regañó Kersten, lanzándole una mirada fulminante.
—Déjalo —intervine con pesadez—. Con la suerte que tenemos, dudo que alguien se digne a respondernos.
—No puedo creer que te estés rindiendo tan pronto —comentó Gretchen. Caminaba pegada a nosotros, temerosa de liderar la marcha, prefiriendo la relativa seguridad de ser la última en la fila.
—No es rendición, es realismo. No será tan fácil —respondí. Luego me giré hacia Gretchen—. ¿En qué parte escuchaste la voz exactamente?
—En una de las habitaciones del segundo nivel.
—Bien, busquemos ahí primero.
—¿Revisaron la hora antes de cruzar el umbral? —preguntó Norbert, deteniéndose un segundo.
—Sí —asentí—. Veremos cuánto tiempo nos roba el edificio esta vez.
Registramos cada rincón del primer piso. Buscamos grietas, dobles fondos o cualquier anomalía, pero no encontramos nada fuera de lugar. Frustrados, subimos al tercer nivel, obteniendo el mismo resultado: polvo, hojas secas, madera vieja y un silencio que empezaba a pesar.
—Ya está por caer la tarde —observó Norbert, señalando el resplandor naranja que se filtraba por una de las ventanas.
—Eso es lo que vemos desde aquí dentro —le recordé—. Pero en este lugar, la vista es un engaño. No sabemos si afuera ya es de noche o si apenas han pasado minutos. Es mejor que salgamos ahora para comprobar la hora real.
—Sí, vámonos.
Justo cuando dábamos los primeros pasos para bajar las escaleras, la atmósfera cambió. El aire pareció vibrar y entonces la escuchamos. Era esa voz: profunda, grave, casi inhumana. Pero no provenía del primer nivel, como había dicho Gretchen, ni del segundo ni del tercero donde nos encontrábamos.
El sonido, claro y estremecedor, bajaba desde las sombras del cuarto piso.
Los cuatro nos quedamos petrificados, sumidos en un silencio absoluto para no alertar a quienquiera que estuviese allí arriba. El eco de la voz aún vibraba en las paredes desconchadas.
—Quizás solo sea alguien gastándonos una broma —susurró Gretchen. Parecía más tranquila ahora que no era la única en escucharlo.
—Es lo más probable —asintió Kersten, aunque su mano temblaba ligeramente al sujetar su linterna.
Norbert y yo intercambiamos una mirada cómplice. Sabíamos demasiado gracias a Ancel; sabíamos que en el Edificio Affer lo "normal" era una fantasía.
—Vamos a ver —sentenció Norbert. Comenzó a subir los peldaños con una lentitud exasperante, con nosotras pisándole los talones.
Al llegar al cuarto piso, el silencio nos recibió como una bofetada. Sin embargo, un leve rasguño proveniente de una de las habitaciones rompió la calma. Antes de que pudiéramos trazar un plan, Gretchen, en un arrebato de valentía o desesperación, se adelantó hacia la puerta.
—Espera —le advertí en un susurro, pero no me hizo caso.
Empujó la hoja de madera lentamente. Al principio, la habitación parecía vacía, devorada por las sombras. Pero en cuanto pusimos un pie dentro, algo saltó desde un rincón oscuro: era una gacela de un negro azabache, con cuernos largos y afilados que se curvaban hacia el techo.
El grito fue unánime. El corazón me martilleaba en las costillas.
—¡Qué susto, por Dios! —exclamé, tratando de recuperar el aire.
—Ay, solo era un animal —dijo Gretchen, soltando una risa nerviosa y llevándose la mano al pecho.
—Es imposible que un animal viva aquí —recordó Kersten, con la lógica fría regresando a su voz—. Ya saben que nada sobrevive en Duskwall.
—Blaz opina lo contrario —repliqué, esbozando una sonrisa de medio lado.
—Lo de Blaz es distinto, aquellas criaturas le dieron su magia —agregó Norbert, agachándose para quedar a la altura del animal. La observó con detenimiento—. Parece... completamente normal. Quizás el edificio tiene un ecosistema propio, diferente al de la ciudad.
—Pues yo creo que se vería muy bien en una parrilla —bromeó Gretchen, intentando disipar la tensión residual.
Soltamos una pequeña carcajada, un sonido humano y cálido que se sintió fuera de lugar en aquel edificio maldito.
—No creo que tenga un buen sabor.
Las risas se cortaron en seco, como si alguien hubiera pasado un cuchillo por nuestras gargantas. Aquella voz no era la de Norbert. Era la misma voz grave y profunda que habíamos escuchado antes, y provenía directamente de la gacela.
El miedo se propagó por mi cuerpo como una descarga eléctrica. Nos quedamos paralizados, mirando fijamente a los ojos oscuros y demasiado inteligentes del animal. Norbert se levantó de un salto, con el rostro desencajado. No hizo falta decir nada: salimos huyendo en estampida.
La gacela, con una agilidad sobrenatural, saltó detrás de nosotros. Al llegar al pasillo, el pánico nos fragmentó. Norbert y Gretchen se metieron a ciegas en una habitación cercana y cerraron de un portazo. Kersten, llevada por el instinto, bajó las escaleras a toda velocidad hacia la salida. Yo, en cambio, opté por la única dirección que mis pies tomaron sin pensar: seguí subiendo.
Llegué al último piso, el que daba a la terraza, y para mi desgracia, escuché el rítmico golpeteo de los cascos sobre el suelo de piedra. La gacela parlante me había elegido a mí.
El pánico me devoraba. Gritaba pidiendo una ayuda que sabía que no llegaría mientras mis pulmones ardían. Al llegar a la terraza, la realidad me golpeó con crueldad: no había puertas que cerrar, ni muebles que arrastrar, ni nada con qué bloquear el acceso. Estaba atrapada. Busqué desesperadamente algo, lo que fuera, para defenderme, pero mis manos solo encontraron aire y grava. Incluso miré hacia el vacío, considerando por un segundo si saltar del edificio sería una muerte menos dolorosa y aterradora que lo que venía tras de mí.
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Editado: 16.03.2026