Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 17: El aroma desconocido.

Estaba en mi habitación, dejando que mis dedos se hundieran en el suave pelaje de Blaz.

—Ay, Blaz... tengo una duda que me está quemando por dentro —le susurré, colocándolo sobre mi regazo.

Miré el reloj. No era tan tarde como pensaba, y la inquietud no me dejaría dormir. Necesitaba hablar con alguien que hubiera estado allí desde el principio. Tomé a mi compañero y salí hacia la casa de los Meyer.

Toqué el timbre y esperé. Al abrirse la puerta, Gretchen me miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—¿Lies? Hola.

—Hola, Gretchen. Necesitaba hablar contigo.

—Eh, claro... pasa.

Entré al recibidor, donde el aroma a comida casera me recibió como un abrazo.

—Hola, Lies —saludó la madre de Gretchen con una sonrisa genuina.

—Buenas noches, señora Meyer. ¿Cómo está?

—Muy bien, cielo. Gretchen, invita a tu amiga a cenar con nosotros —indicó con amabilidad.

—No quisiera ser una molestia... —dije, sintiéndome de pronto fuera de lugar con mis problemas a cuestas.

—Para nada, pasa —insistió Gretchen.

—Muchas gracias.

—Pero me temo que no tenemos nada apto para Blaz en el menú —mencionó la señora Meyer, siempre tan atenta.

—No se preocupe, él ya cenó —respondí.

—Perfecto. Puedes dejarlo en una de las jaulas de pájaros que ya no usamos. Estará más cómodo así.

—¿Pájaros? —pregunté, sorprendida.

—Sí, fueron una herencia de hace mucho, cuando aún podían sobrevivir aves en Duskwall —explicó ella con un deje de nostalgia.

Miré a Gretchen confundida, pero ella solo me hizo una señal silenciosa de que hablaríamos después. La cena fue un bálsamo. Los Meyer eran personas cálidas y tranquilas; compartir la mesa con ellos me recordó lo que alguna vez fue mi propio hogar. Hace mucho que mi familia se había roto; ahora, en mi casa, cada uno comía en su habitación y el silencio era el único invitado permanente.

Ayudé a Gretchen a lavar los platos y, tras agradecer a sus padres, nos quedamos solas en el comedor con dos tazas de café humeante.

—Gracias por todo, Gretchen.

—No hay de qué —aguardó un momento, bajando la vista hacia su taza—. Lamento lo que pasó la otra vez. Estaba irritada y no medí mis palabras.

—No pasa nada, lo entiendo. Yo también lamento haberte presionado tanto; estaba desesperada. Pero quería agradecerte... fuiste la primera persona que me ayudó aquí, y nunca lo olvidaré —dije, sujetando sus manos con sinceridad.

—Gracias —respondió ella con un brillo inusual en los ojos—. Eres de las pocas personas con las que tengo un vínculo. No confío en mucha gente, pero... somos amigas, ¿no?

—Claro que lo somos, Gretchen. Eso no va a cambiar.

Ella sonrió, aliviada.

—¿Solo querías hablar de eso?

—En realidad, no —mi tono se volvió serio—. Tú... ¿sabes si Isa conocía esa regla de que es más seguro de noche para los no iniciados?

Gretchen frunció el ceño.

—No lo sé. Supongo que sí. Tu padre debió advertirle antes de mudarse.

—Ese es el problema: mi padre no lo sabía. Entonces, ¿tú no le dijiste nada a ella?

—No. Pensé que ya lo sabía por tu papá o por tu tía Luna.

—Mi tía... —susurré. Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar que los pequeños detalles son la clave.

—¿Detalles de qué? —preguntó Gretchen, confundida. Había dicho eso en voz alta.

—Creo que mi tía Luna nunca les dijo nada sobre esa regla. Ni a mi padre, ni a Isabelle.

—No puedo creer que algo tan vital se le pasara por alto —dijo Gretchen, perpleja.

—Yo tampoco. Y eso es lo que me asusta.

—No quiero meterte ideas raras, Lies, pero es muy sospechoso que no los pusiera al tanto. Cuando nos conocimos, me dio la impresión de que Isa no tenía idea de cómo funcionaba el horario de las criaturas, pero se me olvidó preguntarle después.

—Tienes razón. Es algo que debo confirmar —me puse de pie, sintiendo que el aire de la habitación se volvía pesado—. Gracias por todo, Gretchen. Nos vemos mañana.

—Nos vemos, Lies. No olvides a Blaz.

Regresé a casa con una duda corrosiva carcomiendo mis pensamientos. Si Luna sabía la regla y no la dijo, Isabelle no “murió” por un accidente. Murió por una omisión deliberada. Tenía miedo de la respuesta, pero ahora, más que nunca, necesitaba enfrentar a mi tía.

Me desperté antes que el amanecer. Mi primera tarea fue avisar a los chicos; necesitaba posponer nuestra misión con Lucien para la tarde o la noche. Tenía un asunto pendiente con mi familia que no podía esperar más. Ellos aceptaron sin problemas, así que me preparé para enfrentar la iniciación. No lo hacía por fe, ni porque creyera que iba a funcionar; lo hacía porque necesitaba observar a mi tía Luna. Tenía que descubrir si el hecho de ocultar información vital sobre la seguridad de la ciudad había sido un descuido imperdonable o un acto deliberado de traición.

—Creí que no vendrías —dijo mi padre al verme entrar en la sala. Su voz mezclaba alivio y una severidad cansada.

—He decidido que este asunto es prioritario —respondí con una calma que me costó mantener. Era una prioridad, sí, pero no por las razones que ellos creían.

—Me alegra que hayas puesto esto en primer lugar, Lies —pronunció mi tía Luna, saliendo de las sombras del comedor.

—¿Cómo has estado, tía? —la interpelé, tratando de leer algo en sus ojos.

—Bien. He estado organizando los preparativos. Tu iniciación será hoy mismo.

—Hay un problema —dije, cruzándome de brazos—. Odio a Duskwall. Lo odio por todo lo que nos ha hecho. ¿Cómo se supone que funcione un ritual basado en la conexión si solo siento rechazo?

—Precisamente por eso te dejamos andar libre por el pueblo estos días —confesó ella con una sonrisa gélida—. Queríamos que comenzaras a ver su belleza.

—Entiéndelo, Luna: ¡aquí no existe nada que yo pueda amar! —exclamé con firmeza.

—Te recuerdo que Isabelle ahora es parte de Duskwall —replicó ella, acercándose un paso—. Ámalo por ella. Convierte tu amor por tu hermana en tu vínculo con la ciudad.




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