Aceptación.
Eso era lo que sentía mientras flotaba en el abrazo del lago. Después de todo, esta tierra no tenía la culpa de nada; habían sido las personas, con sus secretos y miedos, las que provocaron la desdicha en mi vida. Incluso en el dolor, Duskwall me había regalado algo: la maravilla de la valentía. Me había dado coraje. Aquí mi vida palpitaba con emociones reales, lejos de la existencia monótona y gris que llevaba en Canadá. En este lugar, entre sombras y magia, había crecido.
—Isabelle —escuché la voz de mi padre, rompiendo el silencio como un cristal.
El limbo en el que me encontraba comenzó a resquebrajarse ante ese nombre.
—Si tan solo... estuvieras aquí —susurró él.
Los recuerdos regresaron a mi mente como un rayo devastador. El vacío de su ausencia inundó mi corazón y la paz del ritual se transformó en una inquietud punzante.
—¿Qué has hecho? —exclamó mi tía Luna, su voz cargada de veneno dirigida a mi padre.
—No fue mi intención... —respondió él, con un nerviosismo evidente.
—¡Lies, no! ¡Concéntrate! —me ordenó Luna.
Pero ya era tarde. El dolor que había intentado enterrar regresó con una fuerza abrumadora. El limbo se quebró por completo. Abrí los ojos abruptamente; el cielo nublado pesaba sobre mí. Miré mis muñecas, donde la sangre seguía goteando hacia el agua, y luego a mi padre y a mi tía, cuyas miradas reflejaban un pánico profundo.
De repente, el lago dejó de sostenerme. El agua, antes amigable, se volvió pesada y comencé a hundirme. Traté de tomar una bocanada de aire antes de ser engullida por el frío. Descendía rápidamente, sintiéndome débil, pero una parte de mí recordaba la lección: la serenidad era la clave. Luché contra el peso de mi cuerpo y nadé hacia la superficie. Salí dando una bocanada agónica, tosiendo el agua metálica.
Ellos nadaron rápidamente hacia mí.
—Hija, ¿estás bien? —preguntó mi padre, tratando de sujetarme.
Mi voz no salía. Estaba desorientada, atrapada en un choque sensorial.
—Hay que sacarla de aquí. No ha funcionado —sentenció mi tía con una preocupación que rayaba en la furia.
Cerré los ojos, exhausta. Sentí cómo me sacaban del lago; mi ropa goteaba agua que, extrañamente, se sentía templada contra mi piel. Estaba consciente de que regresábamos a casa, pero el agotamiento me impedía verificar el camino.
—Ponla en la sala. Deja que descanse —ordenó mi tía cuando llegamos. Su voz destilaba un recelo absoluto.
—Sí, eso haré —asintió mi padre.
Ambos ignoraban que, tras mis párpados cerrados, yo seguía escuchando.
—Quiero saber por qué lo hiciste —exigió Luna, con un tono gélido que me heló la sangre.
—No entiendo a qué te refieres —respondió mi padre, fingiendo confusión.
—No trates de verme la cara, Christopher. Sé que lo hiciste a propósito. Interrumpiste la iniciación deliberadamente.
—Te equivocas —la voz de mi padre sonaba ronca, cargada de una fatiga antigua—. Solo recordé a Isabelle. Ese lago es un recordatorio vivo de su ausencia.
—Mientes —replicó mi tía Luna, y pude escuchar sus pasos firmes sobre la madera—. No lo hiciste por nostalgia. Lo hiciste porque no querías que Lies completara la iniciación.
—De todas formas, no iba a funcionar. La escuchaste: ella odia este lugar, quizás tanto como yo —acusó mi padre.
—No lo odia. Aunque lo diga, su odio es superficial; en el fondo, ha comenzado a aceptar a Duskwall —afirmó Luna con una seguridad que me dio escalofríos—. La ciudad ya la ha reclamado.
—No puedes hablar por ella. Dijo que lo odiaba, ¿qué más quieres?
—¿Qué más quieres perder tú? El ritual estaba funcionando y tú lo arruinaste.
—No, no lo estaba.
—Sí, Christopher, lo estaba. ¿Acaso quieres perderla a ella también?
Se produjo un silencio pesado, eléctrico.
—No tienes ningún derecho a chantajearme con eso —la voz de mi padre se volvió peligrosamente baja—. ¿Crees que no soy consciente de que hiciste que Isabelle se sacrificara por Lies?
—Ahora dices incoherencias. No te atrevas a acusarme de algo así.
—Lo hago porque siempre tuve ese presentimiento. Pero con lo que dijo Lies hoy, me convencí de que era verdad. ¡Tú lo hiciste a propósito!
—Yo jamás haría algo así —siseó ella, pero su voz carecía de la calidez de una tía.
—Claro que lo harías. Nunca quisiste a Isabelle.
—La quise —admitió Luna, y su tono se volvió gélido y pragmático—, pero sabes muy bien cuál es mi preferencia por Lies. Ella es la que tiene que vivir, pase lo que pase.
El aire pareció congelarse en la sala.
—Lo estás admitiendo —dijo mi padre, con un temblor de furia—. Admite que fue obra tuya. Por eso no nos dijiste la regla de la noche. Sabías que algo pasaría, sabías que Isabelle daría un paso al frente por su hermana.
Luna guardó silencio por un largo momento. Cuando habló, su voz era la de un juez dictando sentencia.
—Es mi deber proteger a Lies, a costa de todo y de todos.
—Pero no tenías derecho a sacrificar a mi hija. A mi Isabelle.
—Lástima que no fueras tú quien lo decidió.
Abrí los ojos abruptamente. El rostro de mi padre estaba desfigurado por la furia, con las manos cerradas y la mirada clavada en mi tía, como si estuviera a punto de abalanzarse sobre ella para borrar esa expresión de superioridad.
—Entonces tenía razón —dije, incorporándome lentamente en el sofá. Mi voz sonaba hueca, pero firme—. Tú hiciste que Isa se sacrificara por mí.
—No, Lies... yo solo intentaba protegerte —Luna suavizó su voz, adoptando ese tono maternal que ahora me resultaba repulsivo.
—¿Sacrificando a mi hermana? ¡Tú sabías cuánto la amaba! —le grité, sintiendo cómo la rabia me quemaba la garganta—. ¿Cómo pudiste ser tan cruel?
—Hice lo que tenía que hacer. Protegerte a ti —contestó con una frialdad absoluta mientras intentaba dar un paso hacia mí.
—No te me acerques. No te atrevas a tocarme —retrocedí, sintiendo náuseas.
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Editado: 25.03.2026