—Lies, has llegado demasiado pronto —señaló Kersten, acercándose para saludarme con una expresión de sorpresa.
—Recuerda que la corona de la impuntualidad le pertenece a Gretchen —le recordé mientras la envolvía en un abrazo.
—Cierto, pero tú tampoco te quedas atrás —bromeó ella, apretándome los hombros.
—Solo un poco —confesé, sintiendo cómo el ánimo se me recomponía ligeramente gracias a su presencia.
—Hola, Kersten —intervino Lucien desde la penumbra.
—Ah... hola, Lucien —respondió ella con desgana.
—No dejas mucho a la imaginación tu disgusto por ayudarme, ¿verdad? —replicó la criatura, ladeando la cabeza con elegancia.
—¿Acaso debería fingir?
—En absoluto. Soy un gran simpatizante de la honestidad cruda.
—Oye, ¿y por qué a ella sí la saludas con cortesía? —reclamé en un tono de falsa indignación.
—Porque los Marx me suelen agradar bastante más que los Weber —confesó Lucien con un deje de arrogancia, dándole una importancia especial a mi apellido.
—Estúpido —susurré entre dientes.
—Vaya, veo que las enseñanzas de Gretchen finalmente están dando frutos —comentó Kersten, gratamente sorprendida por mi respuesta.
—¿Yo qué? —preguntó Gretchen, terminando de subir los escalones que daban a la entrada del edificio.
—Que Lies por fin está adoptando tu lenguaje grosero —repitió Lucien.
—Tantos años de vida y la educación sigue sin formar parte de tu repertorio —le espetó Gretchen sin detenerse—. Increíble.
—Estoy de acuerdo —añadí con una sonrisa.
—Me disculpo entonces. Bienvenida, Gretchen —dijo él con sarcasmo.
—Estúpido —susurró ella, pasando por su lado.
Las tres soltamos una pequeña risa cómplice, un breve momento de ligereza antes de enfrentar el abismo.
—¿Ya terminaron con sus cortesías? —bufó Lucien—. Deberían comenzar ya.
—Aún falta Norbert —señaló Kersten, oteando la calle gris.
—No iremos a ninguna parte sin él —sentenció Gretchen.
Pasaron unos minutos de tensa espera hasta que, por fin, la silueta de Norbert apareció al final de la calle. Sin embargo, no venía solo.
—Hola a todos, lamento la tardanza —se disculpó Norbert al llegar—. Les presento a mi amigo, Adler.
—Mucho gusto —saludó el chico nuevo. Su cabello rubio y ligeramente rizado contrastaba drásticamente con la melena negra y cerrada de Norbert. Tenía una chispa de viveza en los ojos que no era común en Duskwall.
—¿Por qué lo has traído? —preguntó Gretchen, directa como siempre.
—Qué ruda. Me agrada —soltó Adler con una sonrisa de lado. Gretchen, para sorpresa de todos, se quedó muda y un ligero rubor asomó en sus mejillas.
—¿Norbert? —presionó Kersten, buscando una explicación.
—Lo siento, pero Adler es un diccionario andante, igual que yo —explicó Norbert con diversión—. Confío en él plenamente. Además, por lo que veo, ya he formado una pareja.
Gretchen le lanzó una mirada asesina, pero no dijo nada.
—Supongo que está bien —concluí, tratando de retomar el control—. Debemos irnos ahora mismo.
—Suerte —gritó Lucien desde el umbral mientras nos alejábamos del Edificio Affer.
—¿Por cuál especie empezamos? —preguntó Gretchen, tratando de sonar profesional a pesar de la presencia de Adler.
—¿Quieren ir de lo más fácil a lo más difícil, o prefieren el camino inverso? —preguntó Adler, consultando unas notas en su mano.
—Difícil —respondimos las tres al unísono.
Adler y Norbert intercambiaron una mirada de complicidad y asintieron.
—Entonces no hay marcha atrás —sentenció Norbert—. Nos dirigimos a la Zona Séil.
El trayecto fue extrañamente estimulante. Entre las bromas ligeras y las miradas nerviosas que Gretchen lanzaba de reojo a Adler, el ambiente se sentía casi normal. Kersten y yo intercambiamos sonrisas cómplices; no íbamos a dejar que esos gestos pasaran desapercibidos. Sin embargo, al ver la carretera extenderse frente a nosotros, un escalofrío me recorrió la espalda. Era el mismo camino donde comenzó nuestra aventura. El miedo seguía ahí, pero ahora era diferente; me había acostumbrado a la imponente presencia de los Séil.
Cuando el auto de Adler se detuvo, bajamos a un mundo envuelto en blanco. La neblina era tan espesa que parecía un manto sagrado diseñado para proteger la paz de las criaturas que caminaban, ajenas a nosotros, entre los pocos árboles.
—¿Ya hemos llegado? —pregunté, observando la monotonía del paisaje.
—Sí. La carretera parece infinita para nosotros —informó Norbert con voz baja—. Solo ellos conocen el otro extremo; nosotros estamos atrapados en la percepción humana.
—Y bien... ¿cómo se supone que vamos a comunicarnos con ellas? —quiso saber Kersten, ajustándose la chaqueta contra el frío.
—Lies, tú eres la clave —sentenció Norbert, girándose hacia mí.
—¿Yo? ¿Por qué? —la pregunta salió de mi boca cargada de consternación.
—Eres la única que no ha completado la iniciación. Uno de ellos ya te hipnotizó una vez y tu sangre todavía conserva ese rastro de "impureza" que les resulta magnético. Los Séil suelen intervenir con los no iniciados, es casi una curiosidad biológica —explicó Norbert.
—¿A qué te refieres con sangre? —intervino Gretchen, cruzándose de brazos con gesto severo.
—Haremos un pequeño corte en su muñeca —explicó Adler mientras sacaba sus utensilios—. Con su sangre, dibujaremos el símbolo de Duskwall usando las hojas de Verbindung Kraut. Eso actuará como un faro.
—¿Cómo sabes tanto sobre esto? —cuestionó Kersten, entrecerrando los ojos.
—Tu familia no es la única que guarda escritos antiguos, Kersten —afirmó Adler con una seguridad que la dejó sin palabras.
—No suena muy amigable para Lies —protestó Gretchen, dándose la vuelta para colocarse frente a mí en un gesto protector.
—No le pasará nada, Gretchen. Te lo prometo —aseguró Norbert, suavizando el tono.
—¿Estás seguro?
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Editado: 25.03.2026