Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 20: Fantasmas en el jardín.

Me quedé observando al Séil hasta que la niebla lo devoró por completo, envolviéndolo en su serenidad habitual.

—Realmente son majestuosos —susurré para mí misma, aún bajo el hechizo de la luz carmesí.

—¿Ha funcionado? —preguntó Kersten, rompiendo el silencio mientras se revisaba el brazo.

—Si nuestras muñecas se han curado solas, entonces la respuesta es sí —respondió Adler con seguridad.

Revisamos nuestras heridas. Increíblemente, la piel estaba intacta; incluso la mía, que no había formado parte del vínculo directo, había sanado sin dejar rastro.

—Eso ha sido rápido —comentó Gretchen, dejando escapar un suspiro de alivio.

—Tener a Lies fue el punto clave —afirmó Adler, guardando sus utensilios—. Sin ella, habríamos tardado horas en llamar su atención. Su sangre fue el cebo perfecto.

—Al menos he servido para algo —dije con una pequeña sonrisa—. ¿Qué sigue? Creo que todavía tenemos un par de horas antes de que anochezca.

—Mmm... iremos en busca de un Dénger —sentenció Norbert.

—Si conseguimos que los Déngers estén de nuestro lado, nos facilitarán mucho las cosas con los Bafras —explicó Adler.

—¿Qué son los Bafras? —pregunté. El bestiario de Duskwall parecía no tener fin.

—Son criaturas con forma de árbol que habitan el Bosque Fléien —respondió Kersten—. Son territoriales y difíciles de convencer, pero los Déngers tienen una relación especial con ellos.

—El problema es... ¿cómo atraemos a un Dénger? —preguntó Norbert, frotándose la frente con frustración.

—Yo sé cómo —intervino Gretchen con una chispa de picardía en los ojos—. Se pasan la vida asaltando mi huerto. Les encantan las manzanas y, sobre todo, las fresas.

—Parece que ya tenemos un lugar donde buscar —dije, sintiendo por primera vez una pequeña victoria en el pecho.

—Hacer postres tiene sus ventajas, después de todo —replicó Gretchen con orgullo.

—Ya lo creo —coincidió Kersten.

—¿Y cuándo me vas a cocinar algo a mí? —soltó Adler de la nada, interrumpiendo nuestra charla con una sonrisa audaz.

—¿Cómo? —Gretchen se quedó paralizada, y el rojo de sus mejillas compitió con el de las fresas que acababa de mencionar.

—Olvídalo —dijo Adler con una risita, subiendo al auto antes de que ella pudiera recuperar el habla.

Nos pusimos en marcha con un rumbo fijo. Esta vez, el camino nos llevaba a un lugar conocido y cálido. Al llegar a casa de Gretchen, ella nos guio directamente a la cocina, un espacio amplio que olía a canela y azúcar, con una ventana y una puerta que daban directamente al huerto.

Nos quedamos allí, en silencio, observando a través del cristal, esperando que la dulzura de la fruta tentara a nuestra próxima criatura.

La espera fue larga, pero la paciencia en Duskwall siempre tiene recompensa. Estábamos terminando unos cupcakes cuando, finalmente, apareció: una sombra acechando las fresas frescas del huerto de los Meyer.

—Hay que acercarse con sigilo —susurró Adler.

Gretchen ya tenía preparada una canasta rebosante de fresas, ciruelas, cerezas y manzanas; una ofrenda que, a mi parecer, resultaba irresistible para cualquiera. Ella fue la primera en salir al porche. Colocó la canasta sobre la hierba, justo entre nosotros y los Déngers, y nos sentamos en el suelo a esperar su reacción.

Norbert y Adler nos habían explicado que a estas criaturas les agrada la amabilidad que roza la sumisión. A diferencia de los Séils, que demandan sangre y ritos crípticos, los Déngers se alimentan de voluntad y anhelo. Para comunicarse, deben recibir permiso para leer nuestra mente, y ellos, a su vez, deben estar dispuestos a abrirse.

Se sentaron frente a nosotros en su elegante forma gatuna, observándonos con una fijeza sobrenatural.

—Gretchen... —susurró Kersten, dándole el pie para actuar.

Gretchen empujó la canasta ligeramente hacia adelante. En ese instante, los ojos amarillos de las criaturas comenzaron a brillar con una intensidad eléctrica.

—Está funcionando —murmuró Norbert—. Todos, piensen en nuestro propósito. Concéntrense.

Cerramos los ojos y proyectamos nuestra necesidad de ayuda. El silencio se prolongó durante unos segundos que se me hicieron eternos, hasta que los gatos se acercaron a la fruta. Les prometimos más; les ofrecimos la abundancia del huerto a cambio de su lealtad. Tras un maullido que sonó casi como un coro humano, aceptaron el trato.

Bajo nuestra mirada atónita, sus cuerpos felinos comenzaron a distorsionarse. Sus formas crecieron y se alargaron hasta convertirse en figuras humanas cubiertas por completo por telas blancas, como el clásico disfraz de fantasma, pero sin orificios para los ojos. Uno de ellos tomó la canasta con manos invisibles y, en un parpadeo, se esfumaron, dejando tras de sí un rastro de energía palpable y vibrante.

—No entiendo... ¿aceptaron? —pregunté, rompiendo el trance.

—Sí. Dijeron que nos ayudarían mañana, durante el día —respondió Gretchen, aún con la mirada perdida en el huerto.

—¿Cómo lo supiste? —pregunté, confundida por no haber oído nada.

—Lo dijeron en nuestra mente, Lies —contestó Kersten con naturalidad.

—¿Y por qué yo no escuché nada? —insistí, sintiendo una punzada de indignación.

—Creo que ya sabes la respuesta —soltó Adler, encogiéndose de hombros.

—La iniciación —mascullé, hastiada de la exclusión.

Ese requisito me estaba ralentizando el camino y me convertía en una espectadora de los secretos de mi propio mundo. Regresamos a la cocina para concretar el plan de mañana.

—¿Y ahora qué? —preguntó Gretchen, sirviendo un poco de té.

—Creo que es momento de parar por hoy —sugirió Kersten—. Dos alianzas en un día es más de lo que esperábamos.

—Tiene razón —coincidió Norbert, recogiendo sus libros—. Estoy agotado. Es mejor que sigamos mañana temprano. Nos faltan tres especies más.

—Bien. El punto de encuentro sigue siendo el Edificio Affer —sentencié, tratando de recuperar mi lugar en el grupo.




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