Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 21: Bajo la mirada del Bosque Fléin.

La alarma del teléfono rasgó el silencio de mi habitación, obligándome a abrir unos párpados que pesaban una vida entera. Me levanté con torpeza y encendí la computadora; necesitaba un ancla de normalidad, así que busqué la serie que había empezado hacía meses. Las tragedias de Duskwall me habían hecho olvidar que, en algún lugar, la vida seguía siendo ficción y entretenimiento.

Me perdí en la trama, ignorando el paso de las horas, hasta que un movimiento en el cristal me heló la sangre. Dos figuras blancas, idénticas a las formas espectrales de los Déngers de ayer, flotaban tras la ventana. Del susto, salté de la silla y terminé en el suelo con un golpe seco.

—¡Ya voy, ya voy! ¡No me presionen! —exclamé, apresurándome a vestirme.

Los Déngers daban miedo cuando se lo proponían. Atrapé una manzana de la cocina junto con un sándwich de atún y salí disparada hacia el Edificio Affer; no quería que una de esas sombras decidiera entrar a buscarme.

—Felicidades. Has llegado primero por segunda vez consecutiva. ¿A qué debemos este milagro? —me recibió Lucien en la planta baja, con su ironía habitual filtrándose desde las sombras.

—Hola, Lucien. Yo estoy de maravilla, ¿y tú? —respondí con sarcasmo mientras recuperaba el aliento.

—Hola, pequeña Weber —espetó él, dejando ver una sonrisa ladeada.

—Parece que los demás van a tardar. ¿Quieres contarme algo para matar el tiempo? —le pedí, sentándome en uno de los escalones desgastados.

—No creo que merezcas conocer mi historia todavía.

—Vamos, no seas así. Estamos solos.

Lucien guardó silencio un momento, observando el polvo flotar en los rayos de luz que entraban por las ventanas rotas.

—Quizás lo haga. Después de todo, cuando este trato termine, no volveremos a vernos más.

Al oír eso, sentí una punzada extraña en el pecho, una presión aguda que decidí ignorar de inmediato. ¿Por qué me dolía la idea de que desapareciera de mi vida?

—¿Por qué esa sonrisa ha desaparecido tan pronto? —preguntó él—. Ten paciencia.

—No es nada... yo... creo que mejor los espero afuera.

—He vivido muchas vidas, Lies.

Su confesión me detuvo en seco. Me giré lentamente para verlo, con la curiosidad ardiendo en mi garganta.

—¿Cómo?

—Mi familia fue una de las primeras —comenzó, y su tono perdió toda burla, volviéndose denso y antiguo—. Alguien nos maldijo hace siglos. Las generaciones fueron condenadas a vivir aquí, encerradas, custodiando los secretos de Duskwall y revelándolos solo a los pocos valientes que se atrevían a cruzar este umbral. Todos en mi linaje perecieron debido a algunas circunstancias; solo quedo yo. Estoy condenado a existir en un ciclo eterno: muero y vuelvo a nacer, una y otra vez, atrapado en estas paredes.

—Lo siento mucho, Lucien —susurré, conmovida.

—No te lo he contado para que me mires con lástima —me cortó él, recuperando su aire altivo—. Lo hice para que tengas un motivo más para cumplir tu promesa. Tienes que sacarme de aquí.

—Entiendo. Lo haré —prometí con firmeza—. Pero... ¿por qué una gacela?

—No lo sé. Es de las pocas cosas en este mundo que carecen de explicación —suspiró, ladeando su cabeza animal—. Pero debiste verme cuando era humano, Lies. Era el más bello de todos.

—Te creeré cuando te vea —respondí con una sonrisa, permitiendo que la tensión se disipara.

El hambre se hizo presente y recordé el sándwich de atún que había empacado a toda prisa. Miré a Lucien y, por un impulso, le extendí la mitad.

—¿Quieres? —le ofrecí, con el trozo de pan en la mano.

—No es necesario para mí, pero agradezco el gesto —reveló, observando la comida con una curiosidad casi científica.

—¿No comes nada? —pregunté antes de darle un mordisco al mío.

—Puedo sobrevivir sin alimento físico.

—Pero pruébalo. Apuesto a que te va a gustar —insistí con una sonrisa.

—Está bien —cedió con un suspiro resignado—. Lo haré solo para no resultar descortés.

Coloqué su porción sobre la tapa del recipiente hermético y la dejé en uno de los escalones desgastados. Él comenzó a comer con una elegancia que contrastaba con su forma animal. Comimos en silencio, pero no era ese silencio tenso de las primeras veces; era una calma extrañamente cómoda, como si fuéramos dos viejos amigos compartiendo un descanso.

—Gracias —dijo al terminar—. Fue... un buen sándwich.

—No hay de qué. ¿Te gustó el atún? A mí me encanta.

—Creo que no entrará en mi lista de alimentos favoritos —admitió, ladeando la cabeza.

—El día que estemos de acuerdo en algo, el mundo se acabará —bromeé, soltando una pequeña risa.

Nuestras miradas se cruzaron y nos quedamos fijos el uno en el otro por un instante. Me perdí en el amarillo de sus ojos, olvidando por un segundo dónde estaba, hasta que el eco de pasos y risas me devolvió bruscamente a la realidad. Mis amigos estaban entrando.

—Lies, hola. Qué puntual —saludó Norbert, liderando el grupo.

—¿Hola? Yo también estoy aquí, por si no se han dado cuenta —acusó Lucien, recuperando su tono sarcástico de inmediato.

—¿Por qué llegan todos juntos? —cuestioné, guardando mis cosas.

—Nos pusimos de acuerdo para vernos antes, ¿no revisaste tu teléfono? —preguntó Gretchen, arqueando una ceja.

—No, los Déngers me presionaron —confesé, aun sintiendo el corazón acelerado por el susto de la mañana.

—¿Cómo que te presionaron? —preguntó Adler, dejando su mochila en el suelo y deteniéndose en seco.

—Sí, aparecieron en la ventana de mi habitación. Tuve que salir corriendo de casa porque no dejaban de vigilarme.

—Qué extraño... a nosotros no nos pasó nada parecido —comentó Norbert, intercambiando una mirada preocupada con Adler.

—Eso sí que es algo inusual —intervino Lucien, y esta vez su voz no tenía rastro de burla. Estaba analizando algo.

—¿Sabes algo de esto, Lucien? —cuestionó Kersten, escudriñándolo con sospecha.




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