Duskwall: La ciudad en penumbras.

Capítulo 22: El fin de la gacela de ébano.

A pesar de la advertencia de Lucien, no estábamos excesivamente preocupados; el Bosque Beliicht se encontraba a pocos minutos del edificio Affer. Nuestra meta era clara: lograr las últimas alianzas antes de que los primeros rayos de sol “tocaran” la eterna capa de nube sobre el cielo de Duskwall.

Avanzamos con paso firme hasta el lugar donde habíamos visto a los Liewens por última vez. Decidimos acampar allí mismo, esperando que la familiaridad del sitio nos otorgara alguna ventaja o, al menos, un poco de consuelo.

—¿Cuántas tiendas de campaña trajiste al final? —le pregunté a Kersten mientras soltaba mi mochila.

—Solo pude conseguir dos —contestó ella, mordiéndose el labio con preocupación—. No había más en el almacén de casa.

—Está bien, no necesitamos un campamento de lujo —la tranquilizó Norbert con una sonrisa suave—. Con dos será suficiente.

—Y... ¿cómo vamos a distribuirnos? —cuestionó Adler, rascándose la nuca.

Todos intercambiamos una mirada cargada de obviedad. Norbert no pudo evitar soltar una carcajada.

—¿En serio acabas de preguntar eso, Adler? —dijo Norbert, divertido.

—Es evidente: hombres en una y mujeres en la otra —sentenció Gretchen, tratando de sonar autoritaria.

—Lo siento, es que estar cerca de ti me pone nervioso y pierdo la capacidad de razonar —admitió Adler con una honestidad brutal, provocando que las mejillas de Gretchen se encendieran como brasas.

—¿Cuánto tiempo más piensan seguir con este juego? —me susurró Kersten, entusiasmada por el romance ajeno.

—El mismo tiempo que tardarás tú en aceptar que te gusta Norbert —la encaré de inmediato, disfrutando de su expresión de sorpresa.

—¿Qué? Él no... nosotros no...

—No lo niegues, Kersten. Se les nota a leguas.

—¿Les? —preguntó ella, titubeando.

—Sí. A los dos. Estoy segura de que el sentimiento es mutuo.

—No es cierto... ¡Ven, mejor ayúdame a armar la tienda antes de que oscurezca más! —exclamó, evadiendo el tema mientras me arrastraba hacia el equipo.

—Sí, lo que digas —respondí con una sonrisa triunfal.

Una vez instalados, encendimos una pequeña fogata para combatir la humedad del bosque y calentar la cena que Gretchen había traído. Todo transcurría con una normalidad casi decepcionante; no había rastro de los Liewens ni de los Slosens.

Cayó la noche profunda y compartimos una cena amigable bajo las estrellas ocultas por las copas de los árboles. Blaz nos acompañaba, moviendo su nariz con curiosidad hacia el fuego. Esperamos alguna señal, un brillo celeste o un movimiento inusual, pero el bosque permaneció en silencio. Cerca de la medianoche, el agotamiento nos venció.

Decidimos retirarnos a dormir con la esperanza de que, al despertar temprano, las criaturas decidieran que por fin éramos dignos de su presencia.

—¿Lies? —una voz se filtraba entre mis sueños, tirando de mí hacia la superficie.

—Lies, despierta... —susurró Gretchen.

—¿Qué? —mascullé, con los párpados pegados por el cansancio.

—¡Despierta ya! —insistió, esta vez con una nota de urgencia que me despertó de golpe.

—Mira —señaló Kersten hacia la pared de lona.

Una silueta colosal se proyectaba contra la tienda de campaña, ocultando la poca luz de la luna que lograba colarse entre la bruma del firmamento. Era una sombra imponente, coronada por dos grandes cuernos.

—¿Es un Séil? —pregunté, sintiendo cómo el frío de la madrugada me recorría la espalda.

—No. Es mucho más grande... y tiene cuernos —murmuró Gretchen—. Y no parece estar hecho de huesos.

Sentí un movimiento bajo las mantas. Blaz, que había pasado la noche fuera de su jaula, se escabulló hacia la entrada.

—Blaz, regresa aquí —le susurré, pero el hurón me ignoró. Con una agilidad desesperante, se coló por una pequeña ranura del cierre y salió al exterior.

—No... —exclamamos las tres en un coro silencioso.

—Lies, vas tú primero —sentenció Gretchen, empujándome ligeramente.

Tragué saliva y subí la cremallera con cuidado. Al salir, lo primero que vi fueron unos pies macizos que parecían raíces antiguas. Elevé la vista y ahí estaba: un ser tan alto como los árboles, un Slosen. Su cuerpo parecía una amalgama de corteza, musgo y tierra viva. Lejos de dar miedo, su presencia emanaba una paz profunda, la misma energía vibrante que recordaba de los Liewens. El Slosen no nos atacaba; simplemente observaba a Blaz, que correteaba a sus pies, completamente embelesado por el pequeño animal.

—Hola —dije, con la voz temblorosa por la timidez—. ¿Puedes entenderme?

Para mi sorpresa, la criatura asintió con un movimiento lento y pesado. Era fabuloso: alguien, además de Lucien, me escuchaba.

—Necesitamos tu ayuda para liberar a Lucien del edificio Affer —solté, pero el gigante permaneció estático—. Por favor... a cambio, dejaré que veas a Blaz durante un mes.

El Slosen no reaccionó.

—¿Dos meses? ¿Seis meses? —insistí, agarrando a Blaz para que dejara de escapar. Empezaba a perder las esperanzas cuando, de repente, el bosque se iluminó.

Una ráfaga de luces celestes inundó el claro. Decenas de Liewens aparecieron de la nada, ondeando alrededor del gigante de madera y posándose en sus hombros como fantasmas de neón.

—Por favor... los necesitamos —supliqué, casi entre lágrimas.

Un Liewen se desprendió del grupo y flotó hacia mí. Posó su diminuta mano sobre las mías, que aún sostenían a Blaz. En ese instante, mi visión se nubló. Imágenes de mi propia vida, mis miedos más profundos y mis episodios traumáticos empezaron a desfilar ante mis ojos como un torrente incontrolable. Entendí que estaba leyendo mi alma y abrí las puertas de mi mente por completo. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas sin aviso.

Cuando recuperé el sentido, el Liewen me sonreía. La criatura de luz voló hacia el Slosen y, junto a sus compañeros, le tocaron la frente, transmitiéndole lo que acababan de ver en mí: mis razones, mi dolor y mi anhelo. El Slosen asintió solemnemente, se dio la vuelta y se desvaneció entre los árboles con una pesadez silenciosa. Pero el pacto estaba sellado.




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