—Lamento romper su momento —interrumpió Lucien, su voz cortando como un cuchillo el aire cálido que rodeaba a la pareja en el muelle.
—Buen día, Lucien —saludó Gretchen, tratando de recuperar la compostura mientras se separaba ligeramente de Adler.
—Fascinante... cómo el amor cambia la actitud de las personas —comentó él, observándolos con una mezcla de cinismo y curiosidad antropológica.
—Deja de molestarlos —sentenció Kersten, colocándose entre ellos—. Vinimos por respuestas.
Lucien se encogió de hombros y se apoyó con elegancia en una de las columnas de madera del muelle. La luz gris de Duskwall acentuaba sus facciones ahora humanas, dándole un aire de autoridad antigua.
—Bien. ¿Cuáles son sus dudas?
—¿Es posible devolverle la vida a un Séil? —solté la pregunta antes de que terminara de hablar. Mi voz tembló más de lo que hubiera querido.
—¿A la vida? ¿Te refieres a revertir la conversión de la carne a hueso? —Lucien enarcó una ceja, pareciendo disfrutar de mi urgencia.
—Sí... eso.
—Es posible —afirmó.
Sentí como si el mundo se detuviera. Mis ojos se cristalizaron al instante y el nudo que llevaba meses en mi garganta empezó a aflojarse.
—¿En serio? —exclamamos Kersten y yo al unísono.
Al fin. Al fin alguien me decía que la muerte no era el final en esta ciudad marcada; que había una grieta en la oscuridad por la que podía recuperar a mi hermana. Todo el dolor, las mentiras a mi padre y las noches de miedo en el bosque cobraron sentido en ese segundo.
Lucien nos dedicó una mirada larga, analizando nuestra reacción con una intensidad casi inquietante.
—Sí, pero no es tan sencillo. Se necesita la sangre de dos voluntades. Y está de más decir que debe ser por elección propia; la obligación no tiene cabida en los rituales de Duskwall.
—Eso es mentira —repliqué, recordando cómo la ciudad parecía haberme arrastrado de vuelta contra mi voluntad.
—Sigues sin verlo completamente, Lies, pero lo verás —aseguró él con una sonrisa enigmática—. La voluntad es el motor de este lugar, aunque creas que eres una víctima.
—Continúa —exigió Kersten, impaciente.
—La sangre de los oficiantes debe puede o no pertenecer al mismo linaje que el convertido —explicó Lucien, contando con los dedos—. Y ambos deben haber pasado ya por la iniciación.
—No suena tan difícil —comentó Adler, rascándose la nuca con confusión.
—Hay un detalle más —añadió Lucien, y su tono se volvió inusualmente serio—. El vínculo con la persona convertida no debe basarse en la genética. El motor del intercambio no es la sangre, sino el amor.
—¿Y qué pasa si es por ambos? —pregunté, pensando en mi hermana.
—No funcionará si es puramente biológico. Debe haber un sacrificio nacido del afecto real. Al menos uno de los tres involucrados debe amar al otro más que a su propia existencia.
—Está bien, ¿no? Tú puedes hacerlo, Lies. Sabemos lo especial que era para ti —dijo Norbert, tratando de infundirme ánimos.
—¿De quién están hablando? —intervino Lucien, ladeando la cabeza con esa curiosidad felina que no lo abandonaba ni en su forma humana.
—¿Para qué quieres saberlo? —le cuestionó Gretchen, lanzándome una mirada cómplice antes de encararlo.
—Simple curiosidad —respondió él, encogiéndose de hombros.
—Mi hermana... —susurré. El nombre de Isabelle pesaba en el aire como el plomo.
Lucien se quedó callado un instante, procesando mis palabras. Su expresión se volvió inescrutable antes de soltar un balde de agua fría sobre mí:
—No podrás hacerlo tú.
—¿De qué hablas? —saltó Adler con evidente confusión. Todos nos tensamos al unísono.
—Dije que el motor no puede ser puramente biológico —aclaró Lucien con una frialdad técnica—. Aunque la ames profundamente, Duskwall tiene sus propias leyes de equilibrio. No suelen aceptarse sacrificios de retorno dentro de un mismo linaje; el intercambio debe ocurrir entre hilos que no comparten la misma genética.
—Eso no tiene sentido —replicó Kersten—. Isabelle se sacrificó por Lies para salvarla de las consecuencias de no hacer la iniciación a tiempo. El Lago de Hierro aceptó ese trato.
—Ese podría ser un caso aislado, una anomalía —insistió Lucien—. Según mis conocimientos, es casi imposible que existan uno y mucho menos dos sacrificios cruzados por las mismas personas. Y si fuese el caso, la ciudad no suele devolver lo que ya cobró como deuda de sangre.
—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Norbert, clavando su vista en mí.
—Debes completar tu iniciación —finalizó Gretchen, poniéndome una mano en el hombro.
—Está bien. De todas formas, ese era el plan —dije, aunque mis manos temblaban. Traté de ocultar mi nerviosismo tras una máscara de determinación.
—Perfecto. Aprovechemos el viaje y hagámoslo de una vez —sugirió Lucien, como si hablara de un trámite cualquiera.
—Solo si ella está lista —advirtió Gretchen con la mirada.
—Tan protectora como siempre —se mofó él, mientras se acercaba a la orilla del muelle para observar las aguas densas del lago—. ¿Y bien, pequeña Weber?
—Podemos intentarlo —respondí. Al final, no perdía nada más que mi ropa seca y un poco de dignidad.
—La ventaja es que el Verbindung Kraut crece en casi todas partes por aquí —comentó Lucien—. ¿Alguien puede ir por la hierba de conexión?
—Yo voy —se ofreció Kersten de inmediato.
—Te acompaño —agregó Norbert. Ambos intercambiaron una sonrisa rápida y se alejaron hacia la maleza para buscar la planta.
Me quedé a solas con Lucien y la nueva pareja. Él me observó de arriba abajo con una sonrisa de suficiencia.
—¿Y qué hay de ti, Lies? Al parecer, solo faltas tú —comentó con tono sugerente.
—¿A qué te refieres?
—¿Algún chico que te interese? Veo que tus amigas ya han encontrado su... "interés amoroso".
—Pues... no he tenido cabeza para pensar en eso —respondí, sintiendo una timidez repentina que me irritaba.
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Editado: 25.06.2026