Duskwall: La ciudad en penumbras. (borrador)

Capítulo 25: La red de Duskwall.

Pasaron algunos días sin grandes avances. Lucien se mantenía extrañamente "ocupado" y evitaba darnos los detalles finales sobre el siguiente paso. La espera era una tortura lenta.

—Lies, baja a comer —la voz de mi padre interrumpió mis pensamientos. No estaba haciendo mucho, solo alimentaba a Blaz, pero mi mente era un hervidero.

—Ya voy —respondí.

Bajé las escaleras con una duda royéndome las entrañas: ¿quién me estaba mintiendo? Por un lado, mi padre; por el otro, Luna. Ambos eran pilares en mi vida, pero sus historias sobre Isabelle no encajaban. Una de esas dos columnas estaba hecha de engaños, y la idea de descubrir cuál me resultaba insoportable.

—Siéntate, Lies. Comamos —dijo él.

El ambiente era tenso, una neblina espesa que se había instalado entre nosotros desde lo de Luna. Comíamos en silencio hasta que noté que a la carne le faltaba un poco de sal. Fue un detalle insignificante, pero ese mínimo gesto desencadenó el caos.

—¿Me pasas la sal? —le pedí.

—Ten —respondió, alargando el salero con su mano izquierda.

Mi mirada se fijó en su muñeca por inercia. Esperaba ver algo, una señal, un rastro. Pero no había nada. Su piel estaba limpia, vacía. Sentí un vacío idéntico en el estómago. Mi propia marca, un cuervo rodeado de hojas cayendo, quemaba en mi muñeca izquierda, un símbolo que solo el linaje iniciado podía ver. ¿Por qué la de mi padre no estaba allí?

—Hija, ¿qué tienes? —preguntó él, sacándome de mi estupor.

—¿Qué?

—La sal. Tómala.

—Ah, sí... gracias —traté de sonar calmada, pero mi voz me traicionó con un leve titubeo.

—¿Qué pasa? Te has quedado pálida.

Decidí lanzar un anzuelo, una prueba de fuego disfrazada de curiosidad casual.

—Me dijeron que, al realizar la iniciación, aparece una marca que solo los del mismo linaje pueden ver entre sí. ¿Sabes si eso es cierto?

—Es cierto —respondió él sin dudar—. Eso es lo que se dice por aquí.

—¿Y tú... tú la tienes? —pregunté, sintiendo que el aire se escapaba de mis pulmones.

—Claro que sí —afirmó con una seguridad que me heló la sangre.

Lo poco que quedaba de mi estabilidad se desvaneció. Él mentía. O peor aún, él creía que la tenía y yo, que ya estaba iniciada, podía ver la cruda verdad: mi padre no pertenecía a mi linaje.

—Entonces, ¿podré verla cuando complete mi ritual? —seguí preguntando, forzando una normalidad que ya no existía.

—Así es, Lies. Y eso pasará muy pronto. Lo intentaremos de nuevo, ya verás —dijo, convencido de que yo seguía siendo la chica desprotegida de siempre.

Cerré los ojos con fuerza, ocultando las lágrimas de rabia y confusión.

—Claro, papá.

Ya no podía concentrarme en la comida. Cada bocado me sabía a ceniza. Solo quería que el tiempo se acelerara, que la cena terminara para poder gritar o escapar.

—Lies, dime qué te sucede ahora mismo.

—No es nada... solo tengo cosas que hacer —dije, haciendo el amago de levantarme.

—Espera. Termina de comer.

—No tengo hambre —solté, a punto de desbordarme. Sabía que si me quedaba, él me daría una "mentira piadosa", una respuesta disfrazada de amor que solo serviría para ocultar la verdad un día más. Necesitaba otra fuente. Necesitaba una verdad sin adornos.

—Dije que terminaras —su tono se volvió severo, una orden directa que no admitía réplicas.

—Está bien —acepté, bajando la cabeza. No tenía sentido discutir ahora; él tenía el control de la casa, pero yo empezaba a tener el control de la verdad.

Mientras terminaba el plato en un silencio sepulcral, una sola imagen se repetía en mi mente como una tabla de salvación en medio del naufragio: Luna. Ella era la única que podía decirme qué sangre corría realmente por mis venas.

Me escapé de casa después de fingir que me iba a dormir. No tenía forma de llevarme el coche; mi “padre” seguía en la sala, justo donde colgaban las llaves, así que decidí ir caminando hacia la casa de Luna. La brisa gélida de Duskwall me vendría bien para enfriar mis pensamientos antes de enfrentarla.

Sin embargo, al cruzar una calle solitaria, una figura emergió de las sombras, interceptándome.

—¿A dónde vas con tanta prisa? —su voz, siempre tan inoportuna, me sobresaltó.

—Buenas noches. ¿Cómo te va, Lucien? —respondí, cargando cada palabra con una amabilidad tan falsa que resultaba hiriente.

—Buenas noches, pequeña Weber. ¿Qué haces afuera a estas horas? —preguntó, analizándome con esa mirada que pretendía saberlo todo.

—Pensé que estabas demasiado ocupado en otras cosas —dije, enfatizando la palabra con veneno, recordando su misteriosa ausencia de los últimos días.

Lucien arqueó una ceja, visiblemente intrigado por mi cambio de actitud.

—¿Por qué tanta hostilidad? ¿Qué sucedió?

—Sucede que ya me cansé de esperar. ¿Cuándo te dignarás a cumplir con tu parte del trato?

—Me ofende que dudes de mi palabra —respondió él, fingiendo un dolor en el pecho—. Yo siempre cumplo lo que prometo.

—Pues, por lo que veo, te tomas demasiado tiempo para hacerlo. Te recuerdo que la parte difícil fue la nuestra; tú solo tienes que abrir la boca y decirnos cómo traer de vuelta a mi hermana —le espeté. Mi enojo bullía bajo la superficie; en realidad, no sabía si estaba molesta con él o simplemente con el mundo entero y sus malditas mentiras.

Lucien dio un paso hacia mí, suavizando su tono, algo que solo me irritó más.

—¿Qué ha pasado, Lies? No eres la persona tranquila de siempre. Cuéntame, puedo ayu...

—No tengo tiempo para esto —le corté, pasando por su lado sin siquiera mirarlo—. Enfócate en lo único que te corresponde hacer. Claro, eso si no estás demasiado ocupado.

Apresuré el paso, dejándolo atrás en medio de la calle. Me urgía resolver la incógnita de mi propia sangre, y Lucien, con todo su conocimiento antiguo, no era más que una distracción en mi camino hacia Luna.

Pasé unos minutos parada frente a su puerta. No estaba segura de lo que hacía, pero me aferraba a la esperanza de que lo de mi padre fuera un caso aislado, un error de mi percepción. Realmente deseaba con todas mis fuerzas que esa fuera la respuesta.




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