—Las cosas no son tan fáciles, Lies. Todo en este lugar tiene consecuencias y es mi deber detenerte —advirtió Luna. Pero yo ya no iba a dar ni un solo paso atrás.
—¿Detenerme? Desde que llegué aquí, todo ha sido una maldita mentira: mi vida, mi familia, mi sangre... ¿Eso no fue suficiente? Porque veo que para ti no. Decidiste sacrificar a mi hermana para salvarme de algo que pudieron haberme dicho desde un principio —le recordé, sintiendo cómo la rabia acumulada quemaba en mi garganta.
—Yo quise hacerlo —se defendió Luna, con la voz quebrada—. Pero tu padre siempre me detuvo. Después de todo, hay cosas que no me correspondía decirte.
—¡Ya deja eso! Estoy cansada de escuchar la misma excusa. Dime la verdad de una vez. Después de todo, soy tu familia, la única que te queda. Ya perdiste a dos; no me pierdas a mí también.
Luna se quedó estática. Mis palabras parecieron golpearla con la fuerza de un impacto físico. Sus ojos, antes severos, se cristalizaron por completo al procesar la realidad de su soledad.
—Perdóname... —susurró, dando un paso vacilante hacia mí—. Solo intentaba protegerte. Tienes razón, eres lo único que me queda y no soportaría que te pasara algo malo.
—Entonces apóyame. Porque, de todas formas, lo voy a hacer —sentencié.
Luna tragó saliva y asintió con lentitud, tomando una decisión que cambió el rumbo de todo.
—Está bien, lo haré. Prometí que haría lo que fuera necesario para hacerte feliz.
—¿Se lo prometiste a mi padre? —pregunté, recordando la vacía muñeca de este.
—Se lo prometí... a tu sangre —respondió ella.
No entendí del todo el peso de sus palabras, pero en ese momento, saber que la tenía de mi lado fue suficiente. Ambas giramos la cabeza hacia Lucien. Él se había limitado a observarnos en silencio todo este tiempo, con un semblante serio e indescifrable, como un espectador en primera fila de nuestra tragedia familiar.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó mi tía, con una voz que recuperó la seguridad y la firmeza.
Lucien estiró los labios en una sonrisa de lado, quebrando su rigidez y su silencio con una parsimonia casi insultante.
—¿Estás segura, Luna? Porque una vez que revele el método, no habrá marcha atrás para ninguna de las dos.
—Estoy segura. Le he mentido toda su vida; al menos ahora la ayudaré a ser quien debió ser desde un principio —hubo una pequeña pausa, un instante de absoluta calma en la sala—... la hermana de Isabelle.
—Bien. Entonces están listas para escuchar la explicación —finalizó Lucien, mostrando una sonrisa que me pareció perturbadoramente satisfactoria, como si cada discusión y cada lágrima hubieran marchado al ritmo exacto de sus planes—. Pero necesito la presencia de los demás. Entre más participantes tenga el ritual, mejor saldrá.
—Yo me encargo —afirmé de inmediato.
Ellos vendrían, estaba segura. Vendrían, aunque fuera de madrugada. Las verdaderas intenciones de Lucien seguían siendo un enigma oscuro, pero sabía que no pasarías mucho tiempo antes de descubrirlas.
—Mientras esperamos, iré a preparar algo de tomar —dijo Luna, rompiendo la tensión momentánea y dirigiéndose hacia la cocina.
Me quedé a solas con él. La duda me quemaba la garganta y no pensaba quedarme callada.
—¿Por qué estás aquí? —le pregunté a Lucien, cruzándome de brazos.
—Oh, pequeña Weber, tan curiosa como siempre —respondió él, ladeando la cabeza con una sonrisa de suficiencia que me crispó los nervios.
—¿Piensas responder directamente alguna vez a las preguntas que te hacen? —dije, fastidiada.
—La respuesta es simple: no es asunto tuyo.
—Estás en la casa de mi tía y ella formará parte del proceso para recuperar a mi hermana. Claro que es asunto mío —le recordé, dando un paso hacia él.
—No todo tiene que ver contigo ni con tu hermana, Lies. Entiende de una vez que el mundo no gira alrededor de tus problemas —respondió con una soberbia cortante. Sus palabras se clavaron directo en el centro de mi enojo.
—Deberías ser más agradecido. Gracias a nosotros estás libre.
—Y gracias a mí tendrán la respuesta a una pregunta imposible. Fue un trato justo.
—No fue para nada justo.
—Escucha —me interrumpió, dando un paso al frente y clavando sus ojos oscuros en los míos—. Me parece irrelevante contribuir a tu obsesión con tu hermana, pero un trato es un trato, y yo siempre cumplo con mi palabra.
—¿Obsesión? ¿Eso es lo que significa para ti?
—No significa nada para mí.
Mi corazón se contrajo, apretado y seco como una uva pasa. No esperaba que me escupiera todo eso con tanta frialdad. Fue un instante desilusionante y doloroso; me di cuenta, de golpe, de que cualquier atisbo de conexión o simpatía que hubiera sentido durante la iniciación solo había existido en mi cabeza. El sentimiento venía de un solo lado. Para él, yo solo era una herramienta.
Me quedé callada, incapaz de articular palabra. El pecho me ardía y la habitación comenzó a asfixiarme. Necesitaba salir de ahí. Sin mirarlo, di la vuelta, crucé el umbral de la casa y salí al porche, sentándome en una silla de madera a esperar a los demás bajo el frío de la madrugada. Estaba furiosa, pero tal vez mi enojo nacía de algo peor: en el fondo, sabía que él tenía razón sobre mi fijación, pero, tontamente, había esperado un poco de comprensión de su parte.
Dentro de la casa, el tintineo de las tazas anunció el regreso de mi tía.
—¿Dónde está Lies? —le preguntó Luna a Lucien al verlo solo en mitad de la sala.
—Afuera, esperando —contestó él, restándole la menor importancia.
—¿Por qué afuera? ¿Pasó algo? ¿Sigue molesta conmigo? —inquirió Luna, alarmada.
—Calma. Solo me preguntó qué hacía en tu casa.
—¿Y qué le respondiste? —el tono de Luna se volvió tenso, cargado de preocupación.
—No le respondí. Le dije que no era asunto suyo.
—Espero que no la hayas ofendido, Lucien.
—De hecho, fue exactamente lo que hice.
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Editado: 31.07.2026