—Ya estamos todos. Te escuchamos. —le dijo Adler a Lucien, rompiendo el espeso mutismo de la sala.
Lucien mantuvo su postura altanera y sarcástica, pero el tono de su voz denotaba una seriedad profunda. Algo muy raro en él.
—El punto central es el Lago de Hierro —comenzó, paseando la mirada por el grupo—. Pero les advierto que las cosas pueden salir muy mal. No les doy ninguna garantía de victoria; es un riesgo del que deben ser completamente conscientes antes de dar el primer paso.
—¿Qué clase de riesgos? —preguntó Kersten, cruzándose de brazos.
—Qué impaciente. Déjame iniciar —replicó él, ladeando la cabeza—. Se necesitarán dos voluntades; es decir, dos personas. Ya les había explicado antes que, en cuestión de vínculos, este debe nacer del amor. No importa si es sanguíneo o no, pero ese lazo lo deben compartir ambas personas. El proceso inicial es parecido al de la iniciación: se tendrán que cortar las venas. Sin embargo, si siguen los pasos correctos, sus muñecas no sanarán de inmediato; esa será la señal de que está funcionando.
—¿Ese es el gran riesgo? ¿Desangrarse? —inquirió Adler, incrédulo.
—En lo absoluto. Eso es lo de menos —soltó Lucien con ligereza—. Verán, la sangre de ambas personas comenzará a cubrir la superficie del lago. Esto creará una puerta directa hacia el subplano astral, el lugar donde habitan las almas perdidas de los Séils. Solo una persona podrá ingresar no físicamente a buscar, mientras que la otra deberá quedarse atrás para mantener la puerta conectada entre ambos planos. Es crucial estar conscientes del tiempo; al cruzar, no se cuenta con demasiado. Si se tardan más de la cuenta... —Lucien hizo una pausa dramática, clavando sus ojos en la nada—... el alma deambulante se quedará atrapada ahí para siempre. Ya no podrá volver.
Un frío glacial recorrió la habitación.
—Pero... ¿cómo estaremos conscientes del tiempo allí dentro? —pregunté sin mirar a nadie, con la voz apenas despegándose de mis labios, casi en un susurro.
—Puedes hablar más alto, pequeña Weber. No hay razón para mantener ningún secreto aquí —respondió Lucien, cargando sus palabras con esa misma frialdad cortante de hace un rato.
—¿Qué te pasa? —lo encaró Gretchen de inmediato, poniéndose de pie de un salto—. Responde a las preguntas y ya. No nos estás haciendo un favor, Lucien; estás pagando una maldita deuda.
Agradecí internamente su intervención. Sabía perfectamente que Gretchen se había molestado por la forma tan despectiva en que él me había respondido.
—¿Y bien? Esperamos la respuesta —exigió Kersten, respaldando a Gretchen con una mirada afilada.
—De acuerdo —dijo Lucien, encogiéndose de hombros como si la furia de mis amigas no le importara en lo más mínimo—. En realidad, la persona que pase a través de la puerta puede, o no, recibir la ayuda de un Liewen. Sin embargo, la probabilidad de que eso ocurra es de apenas un cincuenta por ciento.
Las cartas estaban sobre la mesa. Las cosas parecían tan fáciles y tan condenadamente difíciles a la vez. Teníamos el método, pero el peligro era inmenso y aún quedaban demasiadas incógnitas por resolver en mitad de la madrugada.
—Suena complicado porque en realidad lo es —continuó Lucien, rompiendo el tenso silencio que había dejado la mención de los Liewen—. Sin embargo, si todo sale bien, se toparán con las almas perdidas. Ellas tendrán el aspecto físico que poseían antes de ser convertidas. Es fácil reconocerlas, pero es sumamente difícil encontrarlas en ese vacío.
—Nadie aquí esperaba una solución fácil —habló Norbert por primera vez, con la voz grave y analítica.
—Es bueno oírlo. Luego de encontrar al alma buscada, la tienen que llevar de regreso al punto por donde entraron, el reflejo del Lago de Hierro, y ambas almas serán arrastradas de vuelta a esta realidad.
—¿Alguna otra cosa? —preguntó Norbert, cruzándose de brazos, pensativo al igual que el resto de nosotros.
—Deberían llevar un reloj. Si el tiempo se va acabando y la persona en el subplano no regresa por sí misma, la persona que se quedó afuera sosteniendo la puerta puede forzar su retorno ahogándola en el lago real. Es una señal física clara y desesperada, pero efectiva. El tiempo límite son 3 minutos.
—¿Cuántas oportunidades tenemos? —preguntó Kersten, con un hilo de voz.
—Solo una —sentenció Lucien. Su frialdad nos cayó como un balde de agua helada.
—¿Habrá algún diálogo necesario o algún conjuro para activar el ritual? —quiso saber Adler.
Lucien estiró los labios en una sonrisa enigmática antes de dar su respuesta.
—Duskwall no existe por palabras. Existe por hechos y por lazos.
—¿Eso qué se supone que significa? —replicó Gretchen, exasperada por sus rodeos.
—Significa que las palabras sobran; la seguridad y la intención son las que rigen.
—Sigo sin entender del todo —admití, sintiendo la frustración acumularse en mi pecho.
—Se refiere a que lo que es parte de Duskwall tiene el poder innato de manifestar lo que se desea —intervino Luna, interviniendo de manera firme—. Plantas, tierra, agua, almas y sangre. Esos elementos hablan por sí mismos.
—Eso significa que debemos mezclar todos esos componentes en el lago —dedujo Kersten, asimilando la información.
—Exacto. Les deseo suerte —soltó Lucien, dando un paso hacia atrás con la clara intención de desentenderse.
—¿No vendrás con nosotros? —le reclamó Luna, con la mirada seria.
—No fue parte de nuestro trato. Me limito a dar las instrucciones —respondió él, con una parsimonia insultante.
Un silencio incómodo volvió a instalarse en la sala. El método estaba claro, pero faltaba la decisión más difícil.
—Y… ¿quiénes lo harán? —Adler lanzó la pregunta que todos en el grupo intentábamos evadir. ¿Quiénes pondrían sus vidas en la línea?
—Seré yo —dije de inmediato, sin dar espacio a que nadie me detuviera. Había venido a Duskwall por esto.
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Editado: 31.07.2026