La mañana en casa había pasado demasiado lento, como si las manecillas del reloj se negaran a avanzar para prolongar la agonía de la espera. Por fin, la tarde cayó tiñendo el cielo de un tono azul grisáceo. Esa era nuestra señal.
—¿A dónde irás? —cuestionó mi papá, deteniendo su mirada en mí al verme abrir la puerta principal.
—Iré con mi tía Luna, tenemos algunas cosas que hablar sobre la iniciación —contesté. Esforcé cada músculo de mi rostro para sonar lo más natural posible, y pareció dar resultado.
—Está bien, no tardes —respondió, volviendo a lo suyo.
Salí de la casa con el pecho apretado. El trayecto hacia el Lago de Hierro lo hice a paso firme, cruzando los dedos para no toparme con Lucien ni con ningún otro ser antiguo y cruel en los senderos de Duskwall.
Cuando llegué, me acerqué a la orilla. Mi reflejo en el agua oscura me devolvía una mirada cansada y pensativa; el viento soplaba con fuerza, agitando la superficie, pero no lograba aminorar el temor que se había instalado en mi corazón.
—¿Estás lista?
—¿Qué? —Volteé de golpe, saliendo de mi distracción.
—Sé que te sientes nerviosa, todos lo estamos. Pero tranquila, estamos contigo —me reconfortó Gretchen, esbozando una sonrisa sincera.
—Gracias por estar aquí conmigo —agregué, sintiendo un nudo en la garganta.
Nos fundimos en un abrazo estrecho, uno tan cálido y reconfortante que el miedo helado del pecho se desvaneció casi por completo.
—¡No me dejen afuera! —gritó Kersten, corriendo hacia nosotras con tanta fuerza que terminó embistiéndonos.
El impacto nos tumbó a las tres sobre la hierba. Caímos torpemente y soltamos una carcajada limpia, pero de inmediato nos unimos en el suelo en un bello abrazo de tres; un instante suspendido en el tiempo que supe, en ese mismo momento, que iba a recordar por el resto de mi vida.
—Chicas, es hora —nos avisó mi tía Luna desde unos metros atrás. Su voz cortó la burbuja y los nervios regresaron de golpe, como una marea fría.
—Claro, ya vamos —respondió Kersten, poniéndose en pie y tratando de sonreír.
Pero era una mueca rígida, cargada de ansiedad. De hecho, al acercarnos a los demás, noté que todos compartían ese mismo gesto tenso, un intento fallido por aligerar la densidad del ambiente. Nos juntamos los cinco en un círculo cerrado.
—Las últimas especificaciones que me dio Lucien antes de irse son claras —comenzó Luna, mirándonos con solemnidad—. Mientras Lies y yo estemos en el agua, ninguno de ustedes debe interrumpir la conexión por ningún motivo. Eso significa que en ninguna circunstancia pueden entrar al lago, a menos que sea estrictamente necesario. Lies estará del otro lado espiritualmente y yo entraré en un trance profundo para mantener la puerta abierta entre ambos planos.
—¿Y si se tardan demasiado? —preguntó Gretchen, con los ojos fijos en su silueta.
—¿Cómo sabremos el momento exacto para ahogar a Lies y forzarla a volver? —completó Norbert, yendo directo al grano de la mecánica de emergencia.
—Con la hierba de conexión —explicó Luna, mostrando un manojo de hojas oscuras—. Ellos deben masticarla y, al mismo tiempo, cortar ambas muñecas. Lies y yo comeremos un poco de esta misma planta dentro del lago; así es como reuniremos la tierra, el agua, las plantas y la sangre, los elementos esenciales que Duskwall requiere para abrirse. ¿Entendido?
—Sí —contestamos todos al unísono, un coro de voces firmes a pesar del miedo.
Luna sacó con cuidado el resto de la hierba de su bolso y me tendió una parte. Ambas nos giramos hacia el muelle de madera desgastada, listas para adentrarnos en el Lago de Hierro. A nuestro alrededor, el viento comenzó a silbar con una violencia inusual, como si el pueblo entero estuviera murmurando un secreto, mientras el cielo, ahora gris y la vibra gélida del agua terminaban de tensar el hilo de nuestro destino.
—¿Lista? —me preguntó Luna, sosteniendo mi mano con una firmeza que pretendía borrar todas nuestras diferencias pasadas.
Di un largo suspiro, llenando mis pulmones con el aire gélido de Duskwall por última vez.
—Sí —dije con seguridad.
Y ambas saltamos al agua.
El cambio de temperatura fue notorio e inmediato. Al contrario de lo que dictaba la lógica de la tarde, el agua estaba tibia y viva, exactamente como la última vez. Ambas salimos a flote, sacudiéndonos las gotas del rostro, y comenzamos a completar los pasos del ritual sin perder un solo segundo.
Masticamos una porción significativa de la planta oscura. El sabor que desprendía era sumamente extraño; no era desagradable ni amargo, pero sí extrañamente metálico, como si estuviéramos consumiendo la propia esencia del bosque. Justo después, Luna sacó el filo y procedió a cortar ambas muñecas. Esta vez, a diferencia de la iniciación ordinaria, el trazo fue vertical, profundo y definitivo.
—Hay que colocarnos espalda contra espalda —indicó con voz contenida.
Lo hicimos de inmediato, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío a través de la ropa empapada, y después estiramos los brazos hacia atrás para tomarnos de las manos con fuerza. El agarre era doloroso, pero necesario.
—Cierra los ojos y deséalo. Manifiéstalo. Duskwall te escuchará —susurró mi tía.
Eso fue lo que hice. Cerré los párpados y, desde lo más profundo de mi ser, lo supliqué.
Por favor.
Supliqué con el alma poder traer a mi hermana de regreso. Recordé cada momento a su lado, sus risas en el jardín, el vacío de su ausencia, todo lo que ella significaba para mí. Entonces, una fuerza invisible emergió de las profundidades; sentí cómo el agua elevaba la mitad de nuestros cuerpos sumergidos, empujándonos hacia la superficie hasta dejarnos flotando boca arriba, suspendidas en horizontal, como si el propio lago nos sostuviera en su regazo para evitar que cayéramos al fondo.
—Ya comenzó.
Esa fue la última palabra que escuché salir de la boca de Luna.
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Editado: 31.07.2026