—¿Qué está pasando aquí?
Todos giraron la cabeza de golpe al escuchar la voz ronca que aumentó la crisis.
—Señor Christopher… —murmuró Gretchen, conmocionada, dando un paso atrás.
—Gretchen, ¿qué está sucediendo? —exigió el hombre, acelerando el paso directamente hacia la orilla del muelle.
Gretchen se quedó paralizada un segundo, pensando desesperadamente qué mentira o verdad decir. Sin embargo, en cuanto Christopher llegó al borde y enfocó la vista en el agua, el color desapareció de su rostro.
—¿Qué rayos…? —increpó en un grito, viendo con horror los cuerpos inertes de su hija y de Luna flotando boca arriba mientras la sangre se expandía a su alrededor.
—Escuche, le puedo explicar todo… —trató de calmarlo Gretchen, alzando las manos.
—¡Lies! —gritó Christopher fuera de sí, lanzándose hacia adelante para meterse al lago.
De inmediato, los chicos reaccionaron y se abalanzaron sobre él para frenarlo.
—¡No entre! Si lo hace, puede arruinarlo todo —advirtió Kersten, sujetándolo con fuerza de un brazo.
—¿Tú quién eres? ¿Ustedes quiénes demonios son? —exigió respuestas Christopher, forcejeando contra ellos con el pecho agitado.
—Somos amigos de Lies —respondió Adler, imponiendo su estatura para bloquearle el paso.
—¡Dos minutos! —gritó Norbert desde el extremo del muelle, con la vista clavada en los números digitales.
—Se termina el tiempo… —murmuró Kersten. Soltó el brazo de Christopher y corrió a toda prisa hacia la orilla junto a Gretchen.
—No debe entrar al agua bajo ninguna circunstancia, o ellas dos podrían morir allí dentro —sentenció Adler, firme, quedándose junto al padre para contenerlo si volvía a intentar saltar.
—El tiempo se acaba, ¡rápido! —apuró Norbert, agachándose torpemente para buscar la bolsa con la hierba de conexión.
—¡Maldición! ¡¿Dónde está?! —gritó Gretchen, escarbando entre las mochilas con desesperación.
Su propia ansiedad hacía que la sensación del tiempo se agotara todavía más rápido, volviendo el aire pesado e irrespirable.
—¡Treinta segundos! —anunció Norbert con la voz rota.
—¡No! —gritó Kersten, con los ojos cristalizados por el pánico y las lágrimas bordeando sus pestañas.
Íbamos a perder. El cronómetro estaba a punto de llegar a cero sin la hierba para sacarme, pero justo en ese segundo crítico, un fuerte chapuzón resonó del lado izquierdo del lago.
Alguien acababa de saltar al agua helada y nadaba a una velocidad impresionante directamente hacia mi cuerpo inerte.
—¿Quién es? —preguntó Norbert, con la voz ahogada por la incredulidad, sin apartar la vista de la figura que cortaba el agua con brazadas potentes.
El nadador ignoró la mancha de sangre carmesí que se expandía a su alrededor.
—No pueden hacer absolutamente nada sin mí —aseguró Lucien, emergiendo con una parsimonia insultante.
Con un movimiento brutal y preciso, colocó una de sus manos frías sobre mi coronilla y la otra directamente en mi boca para forzar su apertura, empujando mi cabeza con fuerza hacia el fondo del lago tibio.
En el subplano anaranjado, mis piernas perdían cada vez más fuerza, cediendo ante el calor abrasador y la falta de oxígeno real. Por suerte, parecía que al fin habíamos llegado al destino. Pero para mi absoluta sorpresa, nos encontrábamos de nuevo cerca de la orilla del lago, en el mismo punto exacto por donde había entrado.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, sintiendo cómo una punzada de molestia atravesaba mi fatiga. Sin embargo, debido a la falta de fuerza, mis palabras salieron como un susurro apenas audible, desprovisto de tono.
—No desesperes, Lies. Tu camino ha llegado justo donde debe detenerse —dijo el Liewen. Flotó un poco más hacia adelante y se detuvo donde debería estar el muelle del mundo real; parecía haber algo allí, algo que mi mente había pasado por alto por completo al salir.
—¿Qué es? —inquirí, avanzando los últimos metros.
Al estar enfrente, al principio parecía ser solo una masa blanca, amorfa y resplandeciente. Pero al acercarme lo suficiente, logré distinguir la forma de un cuerpo hecho ovillo, recostado sobre una roca de aspecto antiguo.
—Es un alma. Es tu linaje —declaró el Liewen, con una tranquilidad pasmosa.
Intenté distinguir su rostro, pero era imposible; parecía casi desvanecido, como si la niebla misma hubiera cobrado cuerpo y estuviera a punto de disiparse bajo ese cielo naranja.
—Llévala al lago —ordenó el Liewen.
Me acerqué con el corazón latiéndome con fuerza y sostuve su mano para levantarla. Pero el tacto era extraño, y las facciones que adivinaba no encajaban con la imagen mental que traía.
—Esta no es mi hermana —dije, girándome hacia la criatura azul que flotaba a mi lado.
—Es la única alma que pertenece a tu linaje en todo este subplano. No encontrarás otra —me aseguró con una firmeza gélida.
—Pero… —seguía dudando. Algo estaba terriblemente mal en todo esto.
—Sostén su mano. Guíala hacia el lago. Las cosas están cambiando muy rápido, Lies —dijo, antes de marcharse sin dar más explicaciones.
Me quedé sola. Seguí observando la figura, tratando desesperadamente de distinguir un rasgo, una señal de Isabelle, pero no pude. De pronto, una sensación de ardor insoportable comenzó a carcomerme el estómago, extendiéndose hacia mis pulmones como si estuviera a punto de explotar. Mis reflejos físicos actuaron por sí solos y comencé a vomitar agua tibia y metálica sobre la tierra árida.
Mi tiempo se estaba acortando de forma drástica. Si el Liewen había dicho que esta era la única alma con mi linaje, entonces debía ser Isabelle. No tenía otra opción.
Tomé una decisión. Agarré la mano de la figura etérea con todas las fuerzas que me quedaban y corrí con ella hacia el lago, cerrando los ojos y esperando, con cada fibra de mi ser, que todo saliera bien.
El agua seguía brotando de mi boca y las fuerzas parecían abandonarme con cada paso, pero necesitaba llegar. El muelle era mi única salida.
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Editado: 26.08.2026