Duskwall: La ciudad en penumbras. (borrador)

Capítulo 30: Entre la oscuridad y el agua.

Otra vez. La misma agonía de siempre.

Encontrarme a alguien esperándome en el umbral de la sala sepultó cualquier vaga esperanza de que aquello hubiese sido una pesadilla.

—Al fin despiertas. ¿Cómo te sientes? —inquirió Lucien con una docilidad inusual en él.

—¿Qué pasó? ¿Dónde están todos? —exigí, sintiendo que el pánico me sofocaba—. Necesito que me digan qué ocurrió.

—Lo sabrás, pero debes mantener la calma —pidió.

—¿Mantener la calma? ¡Después de lo que acaba de pasar! No me pidas eso… —espeté, esquivándolo con brusquedad.

—Lies… —mi padre se puso en pie desde el sofá, extendiendo los brazos para contenerme.

—¿Dónde está Isabelle? —lo aparté sin miramientos—. Quiero respuestas. Las exijo.

Recorrí la habitación con la mirada hasta clavar la vista en la intrusa.

—Siéntate, te lo explicaré todo —intervino Luna. Comprendí que no ganaría nada peleando, así que obedecí.

Un silencio denso cayó sobre la sala. Luna tomó aire, pesadamente, mientras mi padre se colocaba tras de mí como una sombra.

—Ella es Ernestine —dijo Luna al fin—. A quien trajiste de vuelta creyendo que era Isabelle.

El llanto me quemó los ojos. Brotaron lágrimas de impotencia y rabia: mi sacrificio no había bastado para traer a mi hermana de regreso.

Gretchen se agachó a mi lado.

—No llores, mi Lies. Hiciste cuanto pudiste, esto no es tu culpa —intentó reconfortarme.

—Pero no sirvió de nada —la encaré, antes de girarme hacia la desconocida—: ¿Y usted quién es? ¿Por qué ella no estaba ahí?

Ernestine no respondió de inmediato. Aunque guardaba silencio, ya no tenía el rostro ido y desorientado que le había visto en el muelle.

—Era el único vínculo de tu linaje disponible en ese plano. No había nadie más —intervino mi tía con frialdad.

—¡Eso no puede ser! ¿Dónde está Isa entonces? No tiene sentido, ¡yo vi cómo el agua se la tragaba! —exclamé, fuera de mí.

—Ella no es tu hermana —dijo Ernestine por primera vez. Su voz sonó clara y tajante.

—¡Claro que es mi hermana! Usted no sabe nada de nosotros.

—Lo sé muy bien —sostuvo la mirada con firmeza—. Isabelle es solo tu media hermana.

Sentí un pozo helado abrirse en mi estómago.

—Papá… ¿de qué está hablando? —busqué su rostro, esperando que acabara con esa locura.

Mi padre bajó los ojos, incapaz de sostenerme la mirada.

—Perdóname, hija… Pero dice la verdad. Ella es tu media hermana.

—No puede ser… —fue lo único que logró salir de mi boca. Ni siquiera podía pensar con claridad.

—Christopher te ha estado mintiendo toda la vida, Lies. Deja de buscar respuestas en alguien que jamás te las dio —intervino Ernestine, dejando entrever un profundo rencor hacia mi padre.

—¿Y usted qué sabe de mi padre o de mí? No es más que una extraña a la que salvé pensando que era mi hermana.

—Tienes razón: no puedes comprender lo que digo mientras sigas ignorando tu propio pasado —hizo una pausa antes de continuar—: Lies, tu nombre no es una casualidad. Tu historia entera ha estado manchada de mentiras. Me presento: mi nombre es Ernestine Schmidt, nací en Duskwall y me sacrifiqué por ti hace muchos años.

—¿De qué habla? Yo ni siquiera la conozco —repetí, molesta por la forma en que se refería a mi papá.

—¿Vas a dejar que termine de hablar? —me cortó, desprendiendo un aura fríamente autoritaria.

—Está bien.

—Apenas ibas a cumplir un año de vida. Christopher quería sacarte de aquí, al igual que a Isabelle, tu media hermana. Se enteró de lo que los habitantes de Duskwall debían hacer, sintió miedo y, para poder huir con ustedes, me entregó como ofrenda.

—No entiendo… ¿Por qué usted?

—Porque era la única que podía hacerlo. Tu padre me obligó.

—¿Qué? —miré a mi padre, atónita—. Me estás mintiendo. Mi papá jamás sería capaz de hacer algo tan horrible, ¿verdad? —busqué su mirada, esperando desesperadamente una señal de que yo tenía razón.

Pero él solo bajó la cabeza. Ernestine esbozó una sonrisa irónica.

—Nunca has dejado de ser un cobarde.

—¡No le hables así a mi papá! Tú no eres nadie.

—Dime, Lies… ¿él también lleva la marca?

—¿Cuál marca?

—Esta marca —dijo Ernestine, descubriéndose la muñeca para enseñarme el símbolo de Duskwall.

—Eso significa que… ¿somos familia?

—Soy tu madre, Lies. Eres mi hija. Conocí a Christopher cuando él llegó aquí junto a Isabelle.

—No... mi madre está en Canadá. Ella es mi madre, no tú —dije con la voz quebrada; las palabras se atoraban con dolor en mi garganta, amenazando con ahogarme.

—Ella es tu madre, hija. Es hermana de Luna —confirmó mi papá; era lo único que había dicho.

—No… yo no entiendo. ¿Por qué? —comencé a llorar.

—Te dijimos que yo era hermana de Christopher para evitar cualquier duda, porque no sabía si algún día volvería a ver a mi hermana. Pero ahora ya no es necesario seguir ocultando los detalles de esta familia —habló Luna.

—¿Y qué más? —pregunté enojada, pero aún con lágrimas desbordándose por mis ojos.

—Eso es lo más importante por ahora —afirmó Ernestine, o mi madre; no sabía cómo decirle ahora.

—Gracias por decírmelo —fue lo último que dije antes de subir corriendo a mi habitación.

Escuchaba los pasos detrás de mí, pero no me detuve; seguí hasta entrar y cerrar la puerta.

—Lies, ¿estás bien? —preguntó Kersten, quien había subido junto con Gretchen.

—Estoy harta. Me duele mucho que ni siquiera sepa quién soy —me quebré, esta vez por completo. Trataba de entenderlo todo, pero ya no podía seguir.

—Te entendemos. Sabemos que es difícil para ti, por eso nos quedamos contigo —dijo Gretchen, acercándose a mí.

—Gracias —agradecí profundamente. Gracias a ellas no me sentía tan desvanecida del todo.

Sentir su calor evitó que me desvaneciera por completo. Ambas me estrecharon con fuerza, lo que desató un nuevo torrente de llanto, aunque esta vez el desahogo me trajo un rayo de alivio.




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