Durante mucho tiempo evité preguntarme si el destino me guiaba o si simplemente avanzaba por inercia, sin un propósito real. Pero desde que pisé Duskwall, el caos tomó el control. Al principio juzgué mi origen como una maldición; hoy comprendo que este lugar me concedió un regalo inesperado: sentimiento de pertenecer, y eso era algo que valoraba profundamente.
El reloj marcó las ocho de la mañana y mi efímera reflexión fue sustituida por la melodía odiosa que desprendía el diminuto aparato. Bostecé antes de salir de la cama y observar el último recuerdo de lo que alguna vez fue una vida normal en Canadá.
—Buenos días, Blaz —saludé con una sonrisa.
El pequeño llevaba rato despierto, de modo que lo dejé corretear por el cuarto mientras me arreglaba para bajar a desayunar.
Las dinámicas de mi peculiar familia se habían vuelto espantosamente monótonas. No es que no apreciara la normalidad, sino que no había nada de normal en nosotros, pero nos esforzábamos por aparentarlo, y eso era lo que realmente se convertía en mi calvario. Mi relación con Ernestine se resumía a unas cuantas palabras al día. Su recelo hacia mi padre se había estado alimentando todo el tiempo que estuvo atrapada en el subplano de los Séils; podía decirse que era un odio tan fuerte que casi se volvía puro.
—Vamos, Blaz, vienes conmigo —murmuré, tomando al animalito. Necesitaba sentir algo auténtico a mi lado.
Bajé sin muchas ganas, pero la cantidad de platos puestos sobre la mesa del comedor me pareció exagerada.
—Buenos días, tía. ¿Por qué hay tantos platos en la mesa? —pregunté. Luna repasaba la posición de los cubiertos con delicadeza; no había rastro de mi padre ni de mi madre.
—Buenos días, mi niña. Esperamos visitas —anunció radiante.
Al menos algo bueno salía de todo esto: la tía Luna lucía renovada, desbordante de vida desde que rescatamos a su hermana.
—¿Visitas? ¿Quiénes?
—Tus amigos —soltó con naturalidad.
—¿Mis amigos? ¿Por qué no me dijeron nada?
—Queríamos darte una sorpresa.
—Y vaya que lo lograron... Pero no entiendo. No es ninguna ocasión especial —dije, repasando mentalmente el calendario por si hubiese pasado por alto alguna fecha.
—Es solo para compartir un buen momento —explicó—. No han sido semanas fáciles para ti, así que quisimos organizar una reunión amena para apaciguar los ánimos.
—Comprendo... ¿Y mi papá y Ernestine?
—Tu madre, Lies —me interrumpió Luna, dirigiéndome una mirada que combinaba afecto y firme corrección—. Es tu madre y es hora de que comiences a nombrarla como tal.
—Lo sé, pero no es fácil para mí —confesé. Era lógico pensar así.
—Te entiendo, pero ambas deben hacer el intento. Ninguna de las dos se esfuerza en lo absoluto por entablar una conversación; hablaré también con mi hermana, ¿de acuerdo? —pidió con calidez.
—Está bien —cedí con un suspiro—. Supongo que no pierdo nada con intentar.
Me quedé ayudándola a completar la mesa. El timbre sonó y me dispuse a ir a abrir.
—Espera —me detuvo mi tía—. Iré yo. Tú espera aquí, no debes hacer esfuerzo alguno.
—Claro —dije en un tono enrarecido; tampoco es que fuera de cristal.
Alguien llegó por detrás y me cubrió los ojos con las manos. Sin embargo, reconocería esas pulseras en cualquier parte.
—Sé que eres tú, Kersten —dije entre risas.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó, exagerando la sorpresa.
—No te lo diré —afirmé mientras le daba un abrazo.
—Buenos días para mí también —dijo Gretchen, haciéndose la ofendida.
—No nos olvidaríamos de ti —respondió Kersten mientras corríamos a abrazarla.
—Oye, Lies ya aprendió a reconocerme —comentó Kersten, sorprendida.
—Es fácil, eres la única de las tres que usa tantas pulseras —señaló Gretchen.
—Ey, tenía que ser un secreto —le recordé, fingiendo indignación.
Las tres nos reímos.
—Debo reconocer que sí es algo muy mío —dijo Kersten, presumiéndonos sus muñecas llenas de accesorios.
—¿Qué dice aquí? —pregunté, observando una que tenía un nombre grabado.
—¿Quién es Danielle? —inquirió Gretchen, luciendo tan confundida como yo. Al parecer, tampoco sabía a quién le pertenecía.
Kersten resopló antes de responder:
—Es mi segundo nombre —dijo, entrecerrando los ojos a la espera de nuestras burlas.
—¿Qué? No es un nombre feo, no nos vamos a burlar —aclaró Gretchen.
—Para mí un poco... Aunque da igual, a mí tampoco me gusta mi segundo nombre —confesé.
—¿Cuál es? —preguntaron ambas al unísono.
—Wanda —solté, y esta vez las carcajadas de las dos sí resonaron en la sala.
—Parece nombre de señora —dijo Kersten entre risas.
—Sí, por eso no lo uso —admití con una sonrisa.
—Ese sí que es peculiar —apoyó Gretchen.
—Calma, Georgette —dije, esperando que las risas disminuyeran.
—¿Quién es Georgette? —Kersten volvió a quedar descolocada.
—Yo —levantó la mano Gretchen en señal de paz.
—¿Ese es tu segundo nombre? —cuestionó Kersten, riéndose de nuevo.
—Sí. Oye, ¿cómo lo supiste? —preguntó Gretchen, curiosa.
—Lo vi en tu identificación una vez, pero no quise decirlo hasta ahora —respondí, encogiéndome de hombros.
—Ah, con razón —aceptó Gretchen.
—¿Y los demás? —pregunté; necesitaba saber quiénes más venían.
—Adler y Norbert vienen en camino —aclaró Gretchen.
—¿Solo ellos? —cuestioné, confundida.
—Sí, ¿esperabas a alguien más? —preguntó Kersten, arqueando una ceja. Sabía perfectamente a quién se refería.
—Ay, no puede vivir sin su amor —suspiró Gretchen.
—Ya quiero que sea la boda. Espero que la hagan en el muelle o en el edificio Affer —le siguió el juego Kersten.
—No, solo era curiosidad —traté de excusarme, pero la mentira no convenció a nadie.
—Lamento desilusionarte, pero él no vendrá. Desapareció, no lo hemos vuelto a ver —me informó Kersten.
—No importa. Vengan, vamos a sentarnos —las invité, necesitando con urgencia cambiar de tema y dejar de pensar en él.
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Editado: 26.08.2026