Dynasty Of The Damned

CAPÍTULO 3: LA NACIÓN DEL SOL

Solmara, el reino conocido por sus habitantes como la Nación del Sol, gozaba de un gran prestigio y se encontraba bajo el dominio de Solan Solvaris. Fue allí donde, por medio de la voz de su hermano mayor, Sereth Solvaris, recibió la noticia de que en Korynthia circulaban rumores sobre una aberración de la naturaleza que amenazaba la paz entre los reinos y Solmara.

Por ese motivo, había enviado a sus informantes para obtener más información al respecto.

—¿Ya tienen noticias? Hace dos semanas que pedí actualizaciones y nadie me dice lo que espero escuchar.

Sereth se posicionó al lado del monarca y respondió:

—Sí, han llegado noticias desde Korynthia. Se hacen llamar híbridos: bastardos nacidos de la unión de dos razas distintas. Uno de ellos es mitad varkai y mitad valen. Ese detalle no parecería un problema hasta que nos enteramos de que estos... híbridos poseen nuestras habilidades. Hay valen, varkai y hemaryn puros que jamás desarrollan esos dones, pero ellos sí. O al menos eso parece. Según los informes, ese híbrido puede utilizar la energía del sol como fuente de poder y, además, posee el vínculo animal característico de los varkai. Y eso sí representa un problema.

—¿Un valen? ¿Me estás diciendo que un valen engendró un hijo con una varkai y que ahora ese descendiente está causando caos?

—En resumen, sí.

—¿Qué opinan los otros reinos? Imagino que ellos también tienen noticias al respecto.

—Según mis fuentes, se ha visto a soldados de Valacryn patrullando las calles de Korynthia. También avistaron a Dren participando en una persecución, así que supongo que ellos están más informados que nosotros.

Uno de los miembros del consejo de Solmara se unió a la conversación.

—¿Y qué medidas tomaremos, majestad?

Solan permaneció pensativo durante unos instantes. Luego observó a los presentes y apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Dile a Aeurelion que movilice a sus tropas. Realizaremos un tamizaje en Solmara y en la región de Velkyn, que se encuentra bajo nuestra jurisdicción. Si encontramos algún híbrido, será aislado hasta determinar si realmente representa una amenaza.

Sereth asintió, redactó el mensaje y lo envió con un mensajero.

—Hay algo más que nos llama la atención, majestad. Una situación que se ha estado reportando durante años.

—Hablas de los secuestros, ¿no es así?

—Así es. Es un asunto que preocupa a los habitantes. Y si lo analizamos con detenimiento, surge la misma pregunta de siempre: ¿Quién está secuestrando a esas personas y con qué propósito?

—Lo sé. He investigado el asunto durante años, pero aún falta una pieza del rompecabezas. Y ahora debemos lidiar también con este problema de los... híbridos.

—Es mucho trabajo, majestad.

—Así es. Pero sé que lo resolveremos.

Solan sonrió levemente.

—La luz siempre llega, ministro.

El hombre inclinó la cabeza.

—La luz siempre llega, majestad.

*

Aeurelion se encontraba con el ejército cuando recibió la orden de iniciar la búsqueda de los híbridos.

Un joven de apariencia impecable y uniforme reluciente se acercó a él.

—General, escuché que enviará una tropa a Velkyn. Quisiera pedirle que me permita acompañarlos.

Aeurelion ni siquiera levantó la vista de los documentos que estaba revisando.

—No puedo hacer eso, Theron. Tu padre te quiere en Solmara.

—Es una misión importante. Prometo no causar problemas.

—Ya dije que no, Theron. Ve a patrullar.

El joven asintió.

Se retiró manteniendo la postura firme de un soldado disciplinado, pero la expresión de su rostro reflejaba claramente su descontento.

*

Mientras tanto, en otra parte de Solmara, una joven llamada Nyra Solvaris caminaba por las calles acompañada de dos damas de compañía. La muchacha observaba con gran interés unos brazaletes expuestos en un puesto y no pudo evitar preguntar por su precio.

—Solo cincuenta drakhs. Pero puedo regalárselo a usted, princesa.

La joven sonrió con amabilidad, aunque no se sentía cómoda con el evidente trato preferencial que recibía por parte del vendedor.

—Me lo llevo, pero no como un regalo. Déjeme pagar lo que vale.

Dicho eso, sacó unas monedas y se las entregó al comerciante, quien las recibió con respeto, inclinando la cabeza y juntando ambas manos en señal de agradecimiento.

Nyra tomó el brazalete y se lo colocó en la muñeca.

—¿Qué dicen? Me queda bien, ¿no es así?

—Sin duda, majestad. Ese brazalete le queda muy bien.

Respondió una de las damas, recibiendo inmediatamente una mirada de disgusto por parte de la otra.

—Bien, regresemos. Parece que todo el mundo está alterado.

Miró a su alrededor. Al ver varios guardias y soldados marchando por las calles, mientras numerosos comerciantes cerraban apresuradamente sus puestos, supuso que algo estaba ocurriendo.

—Escuché que emitieron una alerta. No sé exactamente sobre qué, pero creo que su padre está considerando imponer un toque de queda para proteger a los habitantes de Solmara.

Explicó la dama que momentos antes había desaprobado las palabras de su compañera.

—¿Peligro? ¿No se supone que Solmara es la nación más segura de toda Elyria?

—Y así es, majestad. Su padre y su hermano trabajan arduamente para convertir a Elyria en un lugar seguro. Pero, como bien sabe, siempre existe alguien dispuesto a arruinar esa paz.

—No entiendo por qué alguien haría algo así. ¿Qué gana alterando la vida de los demás?

—Tiene razón, majestad. Nadie en su sano juicio lo haría.

—Quizá los hemaryn sí —intervino la otra dama—. Son seres llenos de resentimiento. No desean más que causar conflictos. Si Su Majestad Solan los controlara como controla a los varkai, viviríamos sin problemas.

Nyra frunció ligeramente el ceño.

—Recuerdo la reunión para reanudar el acuerdo de paz entre Valacryn y Solmara. Los hemaryn que asistieron no fueron groseros. De hecho, fueron bastante educados y corteses.




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