Dynasty Of The Damned

CAPÍTULO 5: MEJOR SOLO QUE MAL ACOMPAÑADO

—¿Hice algo que no le gustara?

Preguntó Seraphine, sentada en su silla mientras sujetaba en su mano una muñeca de tela que tenía un brazo roto.

—Claro que no, mi niña.

dijo la nana de Seraphine para luego abrazarla.

—Entonces, ¿por qué mamá es así conmigo? Siempre me regaña, como ahora.

—Bueno, si usted no la obedece y...

—¡Esa no es la razón! Siempre obedezco, sigo las reglas y protocolos. Todos lo dicen, incluso mi padre lo nota, pero es ella quien... no acepta nada de lo que hago. Veo la forma en la que me mira.

Seraphine se limpió las lágrimas que iban cayendo por sus mejillas.

—Ella solo quiere a Alaryk. A mí no me trata como a su hija.

La nana no pudo mencionar palabra alguna y solo se limitó a consolar a la niña que se cuestionaba y sufría por la indiferencia de su madre.

—Mi niña, en el futuro tú serás la reina de Valacryn, y las reinas no lloran.

Seraphine abrazó a la nana y se preguntó: ¿así de cálido sería el abrazo de una madre? Pero con el tiempo dejó de preguntarse cómo se sentiría y dejó de llorar por la indiferencia que le ofrecía su madre.

A veces solo se paraba frente al retrato familiar.

—¿No tienes nada que hacer?

Seraphine reconoció la voz y, sin quitar la vista del cuadro, habló.

—¿Acaso no puedo admirar el retrato familiar?

—¿Por qué hacer algo sin sentido? El retrato ha estado ahí por diez años.

mencionó molesta Serene, la esposa de Vlad.

Seraphine por fin se giró para verla. Tenía quince años cuando notó que ya podía mirarla sin elevar la vista. La observaba de frente, con la cabeza en alto. Le dedicó una sonrisa actuada.

—Querida madre, he escuchado que muchos mencionan que saqué tu belleza, pero siendo honesta no lo creo. Me pregunto de qué mujer la habré heredado.

Serene tensó la mandíbula para no decir algo que quizás causaría un problema y, en su lugar, dijo:

—Deberías ir a tus lecciones. No puedes perderlas.

Seraphine asintió y se retiró aún calmada.

—¡Hermana!

Seraphine miró a su hermano menor y le sonrió de manera dulce.

—¿No tienes lecciones?

—Ya las terminé. ¿Me enseñarás a montar a caballo?

—Tienes maestros para eso.

—Es más divertido si lo haces tú.

—Mmm... quizás puedo dejar mis lecciones para después. Vamos, te enseñaré.

Seraphine no podía culpar a Alaryk del rechazo de su madre hacia ella. En verdad lo apreciaba. Así que atribuyó el rechazo a que quizás nunca quiso una hija, pero el género es algo que no se puede elegir, y tampoco a los progenitores.

Así que vivió sin derramar una lágrima nuevamente, hasta ahora.

*

Séraphine se dirigió a buscar a su tío Zaleska, quien se encontraba en su despacho revisando cartas procedentes de Morvakar.

—Necesito preguntarte algo.

—No voy a convencer a Vlad de que te deje ir a una misión.

Respondió sin siquiera mirarla, lo que solo consiguió impacientarla aún más.

—¿Podrías al menos mirarme?

Zaleska levantó la vista y, al hacerlo, no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Qué estás haciendo? Arregla tu cabello ahora mismo.

—Vi al híbrido.

Séraphine avanzó hasta quedar frente a él.

—Su cabello es como el mío. Similar... Soy una híbrida.

—No. Eres la hija de Vlad.

—¡Soy una híbrida! —replicó ella—. Ahora todo tiene sentido. No entendía por qué me obligaban a usar mi don para ocultar algo que para mí era normal, como mi cabello. Pero ustedes ya lo sabían. Sabían cómo luce un híbrido. Por eso mi padre tampoco quería que me involucrara. Ahora todo tiene sentido.

Zaleska guardó silencio durante unos segundos.

—Vamos. Hablaremos con él.

—¡No!

Séraphine se apartó de inmediato, mirándolo con enojo.

—No me dirán lo que necesito saber. Solo me dirán lo que ustedes consideran que debo saber.

Zaleska intentó decir algo, pero ella ya se había dado media vuelta.

—Séraphine...

La joven abandonó el despacho sin detenerse.

Cuando llegó a su habitación, se percató de que la noche ya había caído sobre Valacryn.

Todavía furiosa, se negó a derramar una sola lágrima.

Llorar no había cambiado nada.

Nunca consiguió respuestas.

Nunca logró que la miraran como ella deseaba.

Siempre existía algo que no le decían.

Algo que otros conocían mientras ella permanecía al margen.

Observó la habitación en silencio.

Durante dieciséis años había llamado hogar a aquel lugar.

Ahora las paredes parecían más estrechas.

El aire más pesado.

De pronto comprendió que no era el castillo lo que había cambiado.

Era ella.

La niña que aceptaba explicaciones a medias ya no existía.

Si realmente era una híbrida, si todos habían conocido la verdad excepto ella, entonces estaba cansada de permanecer donde otros decidían qué podía saber y qué debía ignorar.

Miró la puerta.

Por primera vez, Valacryn no se sintió como un hogar.

Se sintió como una jaula.

Y Séraphine no pensaba permanecer encerrada.

Tomó una bolsa y comenzó a guardar algunas pertenencias.

Mientras lo hacía, los recuerdos acudieron a su mente uno tras otro.

Recordó a aquel hemaryn que le enseñó a utilizar su don de modificación.

Recordó las interminables correcciones.

«Otra vez.»

«Ocúltalo mejor.»

«Nadie debe verlo.»

Siempre con el mismo objetivo.

Ocultar aquel mechón rubio.

Con el paso de los años se había acostumbrado tanto a hacerlo que terminó convirtiéndose en un acto inconsciente.

También recordó cómo había pasado gran parte de su infancia lejos de los demás niños hemaryn.

Las excusas siempre eran distintas.

Que necesitaba un entrenamiento especial.

Que debía permanecer bajo observación.

En aquel momento nunca lo había cuestionado.

Ahora comenzaba a preguntarse si alguna vez había sido por su bienestar.




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