Dynasty Of The Damned

CAPÍTULO 10: TODOS BUSCAMOS ALGO

Dren desembarcó en Corven, el puerto más conocido por los viajeros y el principal de Draeven.

Bajó del barco sosteniendo su bolsa y mirando a los alrededores, esperando encontrar alguna mirada sospechosa que lo llevara a donde quería.

—Espera... Primero buscaremos un lugar para quedarnos y luego daras un paseo por los alrededores.

Dijo mirando a Koa, que estaba inquieto por correr por los alrededores.

—Si te dejo suelto será un problema. Sabes que se asustan cuando ven tu tamaño.

Koa gruñó, dejó de moverse y caminó a la par de Dren.

Llegaron a una posada.

—Es pequeña, lo sé, pero es lo que tenemos. Bien, puedes ir a dar vueltas. Avísame si ves algo.

El lobo agitó la cola y, sin más, salió de la habitación en cuanto Dren la abrió para darle paso.

Mientras tanto, él sacó sus documentos para estudiarlos. Marcó rutas que tomaría en los próximos días y lugares donde posiblemente encontraría la información que necesitaba.

No se percató del paso del tiempo. Su vista estaba enfocada en los papeles, pero un pensamiento constante rondaba su mente: la imagen de aquel hombre que mató a sus soldados y a su amigo de batalla, Soren.

Tenía presente la imagen del valen que lo hizo. No por completo, porque la distancia le había impedido verlo con detalle, pero sí había memorizado algo: el brazalete de oro que iba desde su muñeca hasta la mitad de su antebrazo. Sabía que ese brazalete no lo poseía cualquier valen, sino únicamente aquellos que se dedicaban a los estudios o la enseñanza.

Miró el colgante de Soren, que ahora llevaba en el cuello.

Conoció a Soren a los quince años, cuando se había unido al ejército de Morvakar en contra de su voluntad y bajo las órdenes de su padre, Kaedor Varek, para apoyar a los Hemaryn durante la Guerra de los Malditos.

Era un chiquillo con miedo a morir.

Había visto a algunos varkai más jóvenes que él y a otros mayores morir a manos de los solmarences.

Se encontraba en medio de una pelea. Logró derribar a un solmarence, quien suplicó clemencia. Vio el miedo en su rostro. Nadie quería morir.

Dudó.

Bajó la espada y se dio la vuelta para dirigirse a otra parte, pero entonces vio a Koa tendido en el suelo y corrió hacia él.

—¡Koa! ¡Resiste, amigo!

Miró a los alrededores desesperado por encontrar a algún hemaryn sanador, pero no había nadie. El lobo perdía sangre.

Dren no sabía qué hacer, pero cuando estaba dispuesto a levantarlo, algo lo golpeó en la cabeza.

Cuando intentó incorporarse, vio la sangre goteando por su frente. Miró hacia atrás y encontró al solmarence al que había perdonado la vida. Tenía una piedra en la mano.

Lo había golpeado.

El solmarense soltó la piedra y tomó la espada de Dren, dispuesto a matarlo, pero Dren solo utilizó su cuerpo para cubrir a Koa.

Apretó los ojos esperando que su muerte fuera rápida. Su corazón latía a mil.

Sin embargo, esa muerte nunca llegó.

Abrió los ojos y vio a un oso grizzly soltando el cadáver del solmarence.

Alguien se acercó a él.

—Está herido. ¿Te hirieron en alguna otra parte? ¡Responde!

Él negó con la cabeza, pero su mirada solo buscó a Koa.

—Mi lobo está herido.

—Bien.

Respondió el varkai que acababa de rescatarlo.

Hizo que el lobo fuera llevado sobre el lomo de su grizzly y cargó a Dren sobre su espalda.

Lo llevó hasta el campamento, donde fueron tratadas sus heridas.

Al despertar, Dren miró a su alrededor y, como pudo, se puso de pie.

—¿Y mi lobo?

—Se dice: "Gracias, Soren, por salvarme".

Dren lo miró con cara de pocos amigos. Solo pensaba en su lobo.

—Gracias... Ahora, ¿dónde está mi lobo?

Preguntó de forma demandante.

—Comiendo. Reaccionó antes que tú.

Dren volvió a recostarse, aliviado, soltando un suspiro.

—Qué bueno.

—¿Por qué no mataste al solmarence?

Dren lo miró, pero no respondió.

—Iba a matarte.

—No soy un asesino. No puedo arrebatarle la vida a alguien. Solo el dios Mortis puede quitártela.

—Esa regla no aplica aquí.

Dren no respondió.

Al día siguiente, cuando ya se sentía mejor, Dren se levantó dispuesto a regresar a la tienda de campaña de su hermano Kaelor. Fue acompañado por aquel varkai que, para él, resultaba algo irritante.

—Veo que te sientes mejor. Mira, esta es tu espada.

Dren la tomó.

—Ya me voy.

—¿Por qué tan cortante?

Dijo en tono amigable mientras se acercaba y apoyaba una mano sobre su hombro, como si fueran amigos de toda la vida.

—Mira, la vida es corta. Tienes que relajarte un poco. Eres muy joven para estresarte tan pronto.

Dren lo miró como si estuviera loco.

—Es una guerra.

—Pero eso no quita el hecho de que los días siguen pasando y debemos vivirlos, así todo se desmorone.

Dren negó con la cabeza y apartó su brazo.

—Estás loco. ¡Koa!

Gritó, y Koa apareció de inmediato. Dren se marchó junto a él hacia la tienda de campaña de su hermano.

Los días fueron pasando y muchos murieron.

Dren permanecía observando el cadáver de su padre. Según la tradición varkai, había sido enterrado vistiendo la ropa con la que murió: su uniforme de general y el emblema que lo identificaba como rey de Morvakar.

Miró a sus hermanos. Kaelor observaba al frente con expresión seria, liderando el funeral. Lyara, a su lado, mantenía la compostura.

Pero Dren...

Dren hacía un esfuerzo enorme por no derramar lágrimas. Sus ojos ardían, amenazando con romper en llanto, y sentía un nudo en la garganta.

Cuando el funeral terminó, salió corriendo.

Solo se detuvo cuando sus piernas flaquearon y cayó al suelo. Permaneció allí, boca arriba, mirando el cielo.

Y entonces lloró.

No comprendía por qué sus hermanos no expresaban tristeza alguna. Recordaba a su padre como un hombre amable y sabio, alguien que siempre lo consolaba cuando se sentía mal.




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