Dynasty Of The Damned

CAPÍTULO 13: UN PASO MÁS CERCA DE ...

—¿Cómo fue que te hiciste esto?

Preguntó aquel hemaryn que cubría la herida en la pierna de un pequeño de siete años, quien limpiaba sus lágrimas.

—Me caí.

Respondió para luego hacer una mueca de dolor.

—Ya está, no era nada grave.

El pequeño miró su pierna cubierta por una tela.

—Ya no me duele mucho.

—Como te dije, no era nada grave. Ahora, escúchame; ¿debemos empacar, bien?

—¡¿Por qué?! A mí me gusta mucho vivir aquí.

—Lo entiendo, pero te gustará el otro sitio al que iremos.

El niño lo miró con curiosidad.

—¿Hay niños?

El hemaryn asintió.

—Muchos. Podrás jugar, aprender y, si tú quieres, puedes comenzar a ser un soldado.

El niño sonrió y comenzó a dar saltitos.

—¡Sí, sí, sí!

—Bien, ahora empaca. Partiremos esta noche.

—¡Sí!

—Iré por comida para el viaje. Tú empaca y no olvides nada. Ahora regreso.

El niño comenzó a empacar.

Estaba ilusionado por vivir en un lugar con más personas y no solo él y su cuidador, a quien solía llamarlo papá, aunque sabía que no lo era.

—¡Eryx!

El niño levantó la vista al escuchar su nombre. Se dirigió a la ventana. Se trataba de un niño varkai que había conocido una vez que fue al pueblo y con quien había entablado una amistad.

—¿Qué pasa?

—Vamos a jugar. Invité a mis amigos y aceptaron.

Eryx miró la casa. Su papá le había dicho que saldría y no tardaría, mientras él debía estar alistando las cosas para irse de ahí.

Miró el cielo. Al ver que la luz del sol aún iluminaba el cielo, aceptó la invitación.

—¡Bueno!

Se fue a jugar.

Disfrutó de la tarde que perdió la noción del tiempo.

Hasta que vio a algunos varkai susurrando entre ellos, como si algo malo estuviera pasando.

—¡Niños! ¿Qué hacen ahí? ¡Vayan a sus casas!

Dijo una varkai.

—¿Qué pasa?

Preguntó Eryx.

—Los soldados valen invadieron nuestro territorio, pero el general Jarek Oren se encargará.

Le sonrió con amabilidad, pero luego escuchó algo que lo asustó.

—Creo que fueron a la casa del hemaryn que vive en el bosque.

Al escuchar eso, Eryx sintió algo que le puso la piel de gallina. Para Eryx, saber que los valen estaban en Morvakar no era nada bueno, ya que su padre le había dicho que, si veían a un hemaryn cuidar de un niño valen como él, los separarían.

Eryx corrió hacia la casa donde vivía. Corrió hasta que los pies le fallaron y cayó en repetidas ocasiones. Sentía cómo le ardía la garganta; su respiración agitada lo frenaba para tomar bocanadas de aire.

Se detuvo cuando logró ver la casa. Se escondió tras un árbol al verla rodeada por soldados valen.

Quería salir, pero no lo hizo. Estaba asustado. Entonces vio a su padre: lo habían atado a un árbol. Escuchó a uno de los valen hablar.

—Ha pasado tiempo... Minhea.

—... Felicidades, aún no me olvidas.

—Me parece que tenemos algo pendiente.

—Esperaste todo este tiempo para encontrarme. Me halagas. ¿Qué me harás? ¿Exponerme al sol hasta morir, como a mi padre?

Aquel valen se rio sin gracia.

—No.

Borró su sonrisa.

—No cometo el mismo error dos veces.

Dijo para luego indicar algo a los soldados. Eryx no pudo ver qué pasaba, tampoco pudo ver el rostro del hombre que hablaba con su padre.

Lo único que vio fue fuego, seguido de gritos ahogados de su padre.

En ese momento quiso salir. Iba a gritar, pero alguien lo tomó por detrás, cubriendo su boca y evitando que se moviera.

Eryx vio la fogata creciendo, pero su padre no gritó, como si no quisiera darle ese gusto a su asesino. Pero Eryx era quien gritaba, aunque no podía ser escuchado.

Abrió los ojos. Despertó de golpe, llevó su mano al pecho y sintió su corazón agitado, pero vio alrededor y volvió a recostarse. Sin embargo, cerró los ojos al sentir la luz del sol sobre su piel.

—¡Agh!...

Soltó un suspiro y miró el techo de la posada en la que estaba durmiendo tras su llegada a Morvakar.

—Ya volví... papá...

Se levantó de la cama y salió a comer. En una pensión en Morvakar, si había algo que podía conseguir más que comida, era información. La mejor forma de actualizarse sobre las cosas que estaban pasando en Morvakar.

—Escuché que vieron a la princesa y al príncipe de Valacryn cerca del sur.

—El soldado de Valacryn ya se fue. Me pregunto si habrá encontrado a los príncipes.

—Escuché que el híbrido se fue junto al príncipe Kaelor. No me parece seguro.

Eryx levantó la cabeza. Terminó de comer su plato de carne y papas hervidas. Dejó dinero y salió del lugar. Miró a los alrededores, como si intentara buscar algo familiar, aunque vivió en Morvakar parte de su infancia, realmente no vivió entre los varkai.

Caminó hasta adentrarse en el bosque. Caminó hasta que llegó a un lugar donde solía estar su casa; en su lugar solo estaban plantas que habían ocupado su espacio.

Se acercó al árbol donde habían atado a su padre y posó su mano sobre el tronco.

—Ha pasado tiempo.

Eryx se sentó a los pies del tronco y miró al cielo... Cerró los ojos.

—Pasaron diez años y nunca pude decirte que lo sentía... Si me hubiera quedado en casa, quizás nos hubiéramos ido antes de que ellos llegaran. Pero tranquilo, si encuentro a los príncipes pagaré mi deuda. Iré a Solmara y buscaré al valen que te asesinó. Lo juro.

Se quedó ahí, bajo la sombra de aquel árbol. Se durmió. En ese momento no le preocupaba el tiempo que corría; él solo quería descansar y sentir la presencia de su padre.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Matarán a mi papá!

Eryx se movía en aquellos brazos que lo tenían preso y lo alejaban del lugar donde estaba su padre.

—¡Ya te dije que te calles! Si te encuentran, te van a matar.

Eryx hacía caso omiso a las palabras y se removía, agitaba los pies y golpeaba con sus pequeñas manos a quien evitó que los soldados de Solmara notaran a Eryx.




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