Dynasty Of The Damned: The Fallen Sun

CAPÍTULO 1: SOLMARA

En una nación, conocida como la nación del sol y llamada Solmara, lugar donde habitaban los valen, humanos con la habilidad de manejar formas de la energía del sol, vivían en completa armonía teatral junto a los hemaryn, humanos que tenían control sobre el cuerpo. Había alguien que se encargaba de mantener aquella, si así podemos llamarla, paz.

Tras el golpe de Estado de los hemaryn y, a consecuencia de ello, el ascenso de Aereth Solvaris al trono de Solmara, aquella nación se vio dividida entre sus habitantes, principalmente entre los valen y los hemaryn. Siendo estos últimos apartados a vivir en una región de Solmara, casi a la frontera oeste, en Vaelis, zona donde ellos vivían sin problema alguno, ya que, a pesar de pertenecer a la misma nación, no esencialmente significaba que eran tratados como iguales.

En otra parte de Solmara, en su capital, para ser específicos, en la arena de entrenamiento, el choque de las espadas resonó por todo el recinto. Mientras dos cuerpos se encontraban dedicando ataques uno contra el otro de manera simultánea.

Uno de ellos, un valen de cabello rubio, casi rozando el blanco, piel clara y ojos verdes cual jade, pero con notables problemas para mantenerse aún en la pelea. Su nombre era Nyros Solvaris, hijo de Aereth.

Y su contrincante, un joven hemaryn y de los muy pocos en ser admitidos en la capital, un muchacho de piel clara y algo pálida, cabello oscuro cual noche y ojos negros profundos que podían hipnotizar. Su nombre era Vaelion Draevenor, quien está de más mencionar que era quien se encargaba de tener a Nyros al borde de la arena.

Nyros retrocedió un paso.

Luego otro.

Aereth se encontraba observando el combate entre su hijo Nyros y un soldado de las tropas de Solmara.

Aquellos al lado de Aereth susurraban a favor de Nyros, en su mayoría valen, expectantes de una victoria por parte del joven valen.

Sin embargo, cuando Nyros cayó al suelo y este tenía la respiración agitada por el cansancio de la pelea, todos miraron a Aereth esperando su reacción.

El monarca se veía como de estatura, sin expresión alguna.

Por otro lado, en la arena...

Aquel soldado le extendió la mano a Nyros.

—Arriba, majestad.

Nyros tomó la mano del soldado y se puso de pie.

—Fui un desastre.

Espetó molesto por su rendimiento, dijo mientras arrojaba la espada y acomodaba su ropa.

El soldado se puso a su lado, se paró firme con las manos hacia atrás.

—Lo hizo bien, majestad.

Nyros lo miró y luego rio, dándole un empujón juguetón al soldado hemaryn. Este presionó los labios, intentando evitar reír y conservar su postura.

Nyros se puso frente a él.

—Ya quita esa máscara de soldadito.

Dijo esperando la reacción del soldado.

—Estamos frente a su padre, majestad.

Dijo el soldado entre dientes.

—¿Y? Mi padre sabe que somos amigos, Vaelion.

—Aun así, ahora párate firme.

Nyros rio una última vez para luego ponerse al lado de Vaelion. Al hacerlo, vio el rostro de su padre.

Aereth frunció ligeramente el ceño. Este se puso de pie.

—Nyros... ¿Has estado practicando?

Cuestionó a Nyros, quien soltó un suspiro y pasó su brazo por el hombro de Vaelion.

—Sí lo hago, papá, pero es difícil pelear contra Vaelion.

Miró alrededor.

—Es más, te aseguro que si me haces pelear con cualquiera, puedo hacerlo... pero contra Vaelion... solo pierdo.

Aereth asintió.

—Tienes suerte de que Vaelion estará hasta que asumas el trono.

—Sí, padre.

Aereth se retiró, siendo seguido por sus aduladores, como los llamaba Nyros, dedicando una última vista a los jóvenes en la arena.

Una vez que el monarca se fue...

Vaelion relajó su postura y le dio un pequeño empujón a Nyros.

—Tú podrías ganarme, solo no te esfuerzas en hacerlo.

—Qué te digo, da igual cuánto me esfuerce, nadie me quitará el trono.

—Eso es verdad. ¿Y me nombrarás general del ejército de Solmara?

—Mmm, déjame pensar...

Dijo dando pasos mientras hacía como si lo pensara.

—Quizás...

Miró a Vaelion con una sonrisa juguetona.

—¡Si me ganas hasta llegar al Arco del Sol!

Dijo para salir disparado, dejando a Vaelion detrás suyo.

—¡Oye! ¡Nyros!

Vaelion corrió tras Nyros.

Ambos jóvenes causaban revuelo por las calles de Solmara. Algunos habitantes los miraban con desagrado, pues en ese tramo ya habían chocado con varios puestos, habían hecho caer a algunos valen y, aunque se disculpaban, todos ya sabían que probablemente mañana pasaría lo mismo.

Nyros miraba al frente, divisando el Arco del Sol, que se situaba en la plaza al centro de la ciudad de Solmara. Creía haber dejado a Vaelion atrás con una distancia favorable para él. Una sonrisa se comenzaba a formar en sus labios en son de victoria.

Sin embargo, logró ver una sombra que aparecía sobre su cabeza. Cuando alzó la vista, vio a Vaelion cayendo por delante suyo. Esa distracción hizo que Nyros tropezara y cayera, dando algunas vueltas por el suelo empedrado.

Vaelion cayó al suelo de cuclillas y rápidamente retomó la carrera hasta tocar uno de los pilares del Arco del Sol.

Alzó la mano en un puño y gritó eufórico por llegar.

—¡Woo! ¡Gané! ¿Viste eso? ¡Fue como volar!

Nyros, que ya se había puesto de pie, caminó hasta llegar a Vaelion con una sonrisa dolorida, sujetándose el hombro.

—Sí, volaste... pero ¿cómo?

Vaelion apuntó a un camino alterno que subía hacia el santuario.

—Salté desde el borde de ahí.

Dijo con una sonrisa.

—¿Te lastimaste?

Preguntó a Nyros, quien no escondía la mueca de dolor en su rostro, además de que con su brazo sujetaba el hombro que, se notaba, le dolía.

Nyros asintió, un poco adolorido. Vaelion llevó su mano al hombro de Nyros. Enseguida, los ojos negros de Vaelion cambiaron a un rojo vivo como la sangre. Vaelion era un hemaryn que tenía la habilidad de controlar la recuperación rápida del cuerpo. A estos hemaryn se los llamaba sanadores, pero Vaelion no se consideraba uno de ellos.




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