Dyrkka

000.

DYRKKA:

Sigue marchando, soldado sin rostro.

POR HARU.

El aire huele a hierro. El amanecer no llega y la niebla no es natural. Es densa, blanca, suspendida sobre el cielo como una condena. Porque en Nordka, cuando alguien es ejecutado por traición, el sol tiene prohibido salir hasta que la sangre del traidor gotea en la tierra.

No recuerdo haber caminado hasta aquí. Solo sé que estoy en el balcón más alto, vestida de blanco, con las manos cruzadas tras mi espalda, esperando su llegada. A mi lado, Kael es una estatua con piel. El lazo de obediencia lo mantiene erguido, rígido… pero no oculta el temblor en su mandíbula ni el sudor que se desliza por su cuello. El silencio es el peor verdugo. Nadie habla. Nadie se mueve. Excepto ella. Nuestra madre.

Mi corazón golpea dentro de mi pecho con violencia, como si buscara una salida. No se me permite llorar. Tampoco hablar.

Mi madre sube los escalones sin que le tiemblen las piernas. Sin lágrimas. Sin expresión. El vestido rasgado y sucio se arrastra por los peldaños, recogiendo el polvo de otros traidores. Sus manos están atadas al frente con cuerdas finas, casi elegantes. Es una reina convertida en espectáculo.

Cuando la luz proyecta su sombra sobre ella, el juez habla:
—Por traición a la corona, por cuestionar el lazo que nos une a la voluntad real, se le condena a la pena más alta que dicta la ley: la decapitación. Tiene derecho a hablar por última vez.

El mundo se vuelve una jaula de humo y mármol. Y en el centro, ella resiste. Los grilletes marcan sus tobillos y su cuello, pero no se encorva. Mantiene la cabeza erguida con una gracia insoportable. Inquebrantable. Ni siquiera así pueden arrebatarle el orgullo. Su cabello, manchado de tierra y sangre seca, cae sobre sus hombros. Y sus ojos —gris tormenta, como los míos— arden con una lucidez feroz.

Entonces habla. Y su voz me atraviesa como una cuchilla.
—¿Creen que esto termina conmigo? Yo sostuve este trono con mis propias manos. Le di herederos. Le di sangre que ustedes consumen como si fuera derecho. Viví entre ustedes. Los escuché. Los entendí. Y ahora los veo. No son un reino. Son un mecanismo. Fabrican obediencia y la llaman honor. Encadenan a sus hijos antes de que aprendan a hablar… y lo celebran como destino. El lazo no es lealtad. Es mutilación. Los herederos no gobiernan. No eligen. No viven. Son cuerpos que respiran órdenes. —mira a los nobles, uno por uno.

El silencio pesa.

—Y ustedes… ustedes aplauden mientras los vacían.—una pausa— Ejecuten mi cuerpo si eso los calma. Pero escúchenme bien…El lazo que veneran no es eterno. Es una jaula. Y toda jaula… aprende a romperse desde dentro.

Mi garganta arde. Si parpadeo, tal vez no la vea morir completa. Pero mis músculos no responden. Por supuesto que no responden. Estoy atada al lazo de obediencia. La mirada de Kael permanece fija al frente, con los ojos abiertos y dilatados. Un hilo de saliva se desliza por la comisura de sus labios, pero no lo limpia. No puede.

—Mi voz ya está en el aire, en la tierra, en el cielo y en estas malditas paredes.

Mi madre derrama un par de lágrimas.

—No fui yo quien traicionó este reino —dice—. Fueron ustedes, el día que decidieron que obedecer vale más que ser humano.

El verdugo avanza antes de que lo ordenen, empujado por los murmullos de los nobles. Quiero gritarle que no, que aún le quedan minutos. Pero no puedo. Quiero gritar. Pero la orden es clara.

Obedece.

Siento la presión en mi pecho, como si una garra invisible intentara torcer mi cuello hacia la escena. Respiro hondo. Me obliga a mantener la postura. A mirar cómo asesinan a mi madre.

Obedece.

No es una voz. Es una certeza. Algo antiguo. Inamovible. Enterrado en la sangre antes incluso de tener nombre. La orden no llega a mis oídos. Se cierra alrededor de mi pecho. Aprieta. Hunde sus dedos invisibles entre mis huesos, buscando un punto exacto donde quebrarme. La orden no suena. Se clava. Aprieta desde dentro, como si mis huesos recordaran algo que yo no. Mi cuello intenta girar por sí solo. Mis ojos arden. El aire se espesa en mis pulmones.

Obedece.

Kael no parpadea.

Entonces ocurre. Un fallo. No grande. No heroico. Mínimo. Mi párpado tiembla… y cae. Un parpadeo. Breve. Imperdonable. El lazo se tensa al instante. Reacciona. Como si me hubiera visto. Como si entendiera lo que acabo de hacer.

Obedece.

Esta vez duele. No en la piel. Más adentro. Como si algo tirara de mí desde un lugar que no puedo alcanzar. Me empuja. Me dobla. Intenta cerrar esa grieta antes de que exista. Pero ya está ahí. La siento. No como una idea… como un rechazo. Mi sangre retrocede. No quiero. El pensamiento no es una elección. Es un reflejo. Y el lazo… falla. No por completo. Lo suficiente. El mundo no se rompe. Yo sí. Algo cede dentro de mí. Sin ruido. Sin aviso. Y por primera vez en mi vida… no obedezco.

El mundo no cambia. El balcón sigue ahí. Mi madre sigue de rodillas. La espada sigue cayendo. Todo sigue igual. Excepto yo.

Me sangra la nariz.

Y entonces, todo se tiñe de rojo. Pero el rojo no desaparece. Se mueve. Se quiebra en destellos bajo la luz. Respiro. El aire es distinto. No. Ya no hace frío. Es denso. Seco. Caliente. El hierro sigue ahí… pero huele diferente.

—Otra vez.

La voz cae como un golpe.

Parpadeo. El mundo tarda en recomponerse. El mármol ya no está. La niebla tampoco. Pero el rojo… el rojo sigue.

—Selene.

El nombre no es un susurro ahogado. Es firme. Cercano. Vivo. Giro apenas la cabeza y veo a Kael adulto, de pie frente a mí. Intacto. Perfecto.

Mi agarre sobre la lanza es demasiado fuerte. Los nudillos tensos. Blancos. No recuerdo haberla levantado. No recuerdo haber adoptado la postura. Pero ahí está. Lista. Siempre lista.




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