25
Departamento de Javier.
La puerta de su departamento se abre. Entra Javier, con una bolsa de compras.
Se dirige hacia la cocina para guardar lo que compró.
Cuando cierra la heladera queda cara a cara con el único imán que tiene.
El imán es la silueta de un mono de color rojo.
Javier se le queda mirando un rato.
Recuerda unas palabras.
—¿Es más una excusa que una razón?...
Agarra el paquete de papas que dejó en la bolsa y camina hasta su sillón.
Se acomoda y prende la tele.
Sintoniza el canal deportivo, un partido de fútbol en específico.
Mientras come comienza a observar detenidamente un punto fijo en su tele.
El ruido de lo que está viendo.
El ruido de los pocos autos que pasan por su calle.
El ruido de los pájaros cantando.
Comienzan a mezclarse.
Javier recuerda ese conjunto de ruidos perfectamente.
Las imágenes empiezan a materializarse.
Primero recordó las tardes que pasó con Zang sin hacer absolutamente nada.
Ambos en el mismo sillón.
Aquella vez el club de fútbol que siguen ambos perdió cinco a cero.
No recuerda las palabras que dió el capitán post partido, pero…
—Qué excusa de mierda— exclamó Zang.
Javier no se acuerda si él estaba triste o no.
—Su único trabajo es jugar a la pelota y vienen a perder contra los que ya están en descenso… no sigo más a éstos muertos— finalizó su queja Zang.
A pesar de sus palabras, Zang desde la semana siguiente, comenzó a asistir al estadio.
Borroso, un rostro comienza a aparecer.
Ahora Javier es un niño.
La figura que está sentado al lado apenas tiene un rostro visible.
Aunque el sillón estaba muy desgastado y visiblemente la construcción de la sala era precaria, la sensación era cálida.
Javier mira a aquella figura apenas reconocible.
El hombre se pone de rodillas frente al televisor.
—¡Tánto tiempo y al fín se nos volvió a dar!.
Aquel equipo había salido campeón de la liga.
—¿Ese día… fui feliz?— piensa Javier.
Uno de los ruidos comienza a hacerse más fuerte. El de los pájaros.
Está en la plaza central, en su adolescencia.
Sentado en un banco.
Unas manos tapan sus ojos.
—¿Quién soy?— pregunta una voz femenina entre risas.
—Vos.
Aquella chica se sienta al lado.
—Así no funciona esa adivinanza… pero creo que ya me rendí— se burla la chica.
Javier la observa.
Javier observa a ambos desde otro banco.
Apenas puede escuchar la conversación, solo murmullos.
Aquella chica está sonriendo.
Contándole algo de manera emocionada.
Le da un beso.
Ambos se ven.
La chica parece confundida por la nula reacción a su beso.
Un grupo de chicos pasa.
No entiende qué le dicen.
El recuerdo comienza a distorsionarse.
Otra vez el punto de vista vuelve a ser en primera persona.
Uno de esos chicos está noqueado en el suelo.
Javier está enojado.
Sus nudillos rojos.
Todos se desvanecen.
Está en una habitación de blanco infinito.
—¿Y ésto?— se pregunta confundido.
—No quisiste ver más— menciona una voz detrás de él.
Se da vuelta, pero no conoce a aquella persona.
Aunque está vestida de forma elegante y sus ojos rojos resaltan por su piel blanca.
—¿Vos quién sos?— le pregunta Javier.
—Nadie importante… un simple viajero— responde y camina lentamente hasta Javier.
Una mesita con dos sillas salen desde el suelo.
Unas tazas se forman desde la mesa.
Líquido cae desde el techo hasta llenar las tazas.
—¿Y vos… quién sos?— pregunta el ente mientras toma asiento.
—Alguien menos importante que vos— responde y también toma asiento.
—Si eso fuese verdad yo no sería el que estuviera más sorprendido de la presencia del otro.
—Creo que… nunca entendí la sensación real de sorpresa.
Ambos toman el líquido.
—¿Qué es éste lugar?— pregunta el ente.
Javier lo mira.
Mira a su alrededor.
—Es… una parada para viajeros— responde.
—Qué bien, ya me estaba cansando.
El ente se toma toda su taza.
—¿Por qué no quisiste recordar todas las veces que sentiste ira?— le pregunta Javier.
El ente empieza a pensar.
—Creo que… no hay una respuesta real— responde aquel blanco ser.
—¿Por qué esa ambigüedad? Algún día tus respuestas van a tener que ser sinceras.
Javier frunce el ceño.
—¿Por qué estás bloqueando tus mejores recuerdos?.
—¿Por qué quisiera recordar esos días?.
—Porque querías ser alguien.
—Qué estupidez.
—¡No digas eso!.
—Pero es verdad.
—¿Quién querías ser?.
—No importa.
—¡¿Quién?!.
—No tiene sentido decirlo.
—¡¿Quién mierda querías ser?!.
—¡No!.
—¡Decilo!.
—¡El que las hiciera felices!.
—¡¿Estás llorando?!.
—¡Es que… me da tristeza!.
—¿Qué todo haya terminado mal?.
—No…
—¿Entonces?.
—No haber hecho nada para evitarlo.
—¿Eras feliz antes?.
—No.
—Que estupidez…
—¿Por qué sigo mintiendo?.
—Vos sos el único que sabe eso.
—Supongo que sí era feliz.
—¿Y ahora?.
—Creo que… nunca me lo puse a pensar como para saberlo.
—Deberías, seguro te sorprende la respuesta.
Ambos se quedan en silencio.
Las tazas vuelven a llenarse desde abajo de la mesa.
El líquido ahora va desde las tazas hacia el techo.
La mesa con las sillas comienzan a desaparecer.
Ambos se paran y se dan un abrazo.
—¿Qué acaba de pasar?— pregunta Javier confundido.
—Tal vez exageré un poco con el método que usé— dice el ente entre risas.
—¿Sos un dios?.
—No, no… soy un viajero, como todos los voceros de Patrix.
—¿Vocero? ¿Ésto fue como una misa?.
—Fue más un regalo, parece que le caíste bien.