Echoes of the Forgotten

Capítulo 2 — Bajo la lente

Los días comenzaron a mezclarse unos con otros hasta convertirse en una rutina casi mecánica.

Cada mañana era exactamente igual.

A las seis en punto sonaba el celular, su madre la llamaba, como si existiera una obligación invisible de recordarle todos los días que, a sus veintiséis años, todavía no tenía un trabajo que ella considerara "decente". Kellie apenas escuchaba la mitad del sermón antes de colgar, prepararse y salir rumbo al restaurante de Estela para ayudar durante toda la jornada.

Cuando no estaba atendiendo mesas o limpiando el local, hacía trabajos para la pandilla de la zona.

Algunas veces consistían en transportar pequeñas cantidades de droga entre distintos puntos de la ciudad. Otras en cobrar deudas mediante amenazas y en las ocasiones mejor pagadas, eliminar a algún objetivo y recuperar el dinero o la mercancía que llevara encima.

Para Kellie todo aquello había dejado de ser extraordinario hacía mucho tiempo, simplemente era otra parte de su rutina.

Así transcurrió casi un mes entero, un mes de días repetitivos, de llamadas incómodas por las mañanas, largas jornadas en el restaurante y encargos nocturnos que rara vez salían mal.

Aun así, había momentos que rompían esa monotonía.

Siempre encontraba un hueco para visitar a Evan, lo conocía desde la primaria. Él era un año menor, pero esa diferencia nunca había significado nada para ninguno de los dos. Con el paso de los años se había convertido en la única persona con la que Kellie podía bajar la guardia por completo.

Con Evan no necesitaba fingir, no tenía que ocultar quién era ni inventar excusas.

Él conocía perfectamente el tipo de vida que llevaba y, aunque nunca dijo estar de acuerdo, tampoco intentaba cambiarla. Simplemente la escuchaba cuando necesitaba desahogarse.
Quizá por eso era el único lugar donde Kellie podía sentirse, aunque fuera por unos minutos, como una persona completamente normal.

Aquella tarde entró en el pequeño bar donde Evan trabajaba, el local estaba relativamente vacío, apenas ocupado por un par de clientes habituales que conversaban mientras bebían cerveza.

Kellie caminó directamente hasta la barra y dejó caer medio cuerpo sobre la madera con un profundo suspiro.

— Un jugo de naranja... Bien frío.

Evan levantó la vista apenas la vio entrar.

Ni siquiera necesitó preguntarle si podía sentarse, era una costumbre entre ambos, mientras tomaba un vaso limpio y comenzaba a partir las naranjas, habló con absoluta tranquilidad.

— ¿Qué pasó ahora? ¿Otra vez te pegaron un tiro como hace cuatro meses?

Kellie soltó una pequeña risa por la nariz.

— No... Esta vez no.

Permaneció con la cabeza apoyada entre los brazos, observando distraídamente cómo Evan exprimía las naranjas.

— Solo estoy aburrida... Vine un rato a molestarte.

Hizo una breve pausa antes de añadir con evidente fastidio.

— Aunque todavía me sigue jodiendo que esos imbéciles hayan querido cobrarle derecho de piso a mi abuela.

Evan terminó de preparar el jugo y lo dejó frente a ella.

— Entonces sí fuiste tú quien se cargó a esos tipos.

No era una pregunta, sonaba más como una confirmación.

— La verdad no me sorprendió. Esa banda ya había intentado hacer lo mismo por esta zona hace unas semanas. Solo que terminaron encontrándose con otra pandilla y el barrio parecía una zona de guerra, hubo un tiroteo justo enfrente del bar.

Después de limpiar sus manos con un paño, tomó una bolsa de papas fritas del estante y la dejó junto al vaso.

— Invita la casa.

Kellie levantó una ceja.

— Qué considerado eres

Tomó la bolsa y comenzó a abrirla con más fuerza de la necesaria.

El empaque cedió de golpe y varias papas salieron disparadas, cayendo sobre la barra y el suelo.

Ella observó el desastre durante unos segundos.

— Creo que las maltraté un poco.

Evan soltó una risa.

— No te preocupes, luego pasa la chica de limpieza.

Apoyó ambos codos sobre la barra mientras la miraba con una sonrisa divertida.

— Y sí... Tienes razón. En esta ciudad pasa absolutamente de todo. Lo raro sería tener una semana tranquila.

Kellie tomó un sorbo del jugo mientras recogía una papa que había quedado sobre la barra.

Por un instante, el ruido de la ciudad, los encargos de la pandilla y las llamadas de su madre parecieron desaparecer, solo eran ella y Evan conversando de cualquier tontería, como cuando todavía eran dos niños que salían de la escuela sin preocuparse por nada más.

La conversación continuó durante un buen rato, entre bromas, comentarios sobre el barrio y uno que otro cliente que entraba al bar, el tiempo pasó casi sin que ninguno de los dos lo notara. Hacía mucho que Kellie no disfrutaba de un momento tan tranquilo.

El sonido de una vibración sobre la barra rompió aquella calma.

Su celular acababa de recibir un mensaje.
Kellie bajó la mirada y leyó el contenido sin cambiar la expresión de su rostro, era una dirección acompañada de una hora y una única instrucción

"Asalto, capturar al cabecilla. Preséntate de inmediato."

Guardó el teléfono en el bolsillo mientras soltaba un pequeño suspiro.

— Me toca volver al trabajo.

Evan levantó la vista mientras secaba un vaso con un paño.

— Procura volver con la misma cantidad de agujeros con la que entraste.

Kellie dejó escapar una pequeña risa.

— No prometo nada.

Sacó unos billetes del bolsillo y los dejó sobre la barra.

— Quédate con el cambio.

— Eso es demasiada propina por un simple jugo.

— Considéralo el pago por aguantarme.

Con una sonrisa de despedida abandonó el bar.

Después de casi una hora atravesando distintos barrios de Miami, Kellie llegó a la dirección indicada.

El lugar era una vieja casa de dos plantas que, desde el exterior, parecía completamente abandonada, las ventanas estaban cubiertas con tablones de madera, la pintura llevaba años descascarándose y el pequeño jardín se había convertido en un montón de maleza.



#389 en Fanfic

En el texto hay: cinco máscaras, un destino

Editado: 03.08.2026

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