Echoes of the Forgotten

Capítulo 3 — Límite de Tolerancia

El lento rechinar de unas cadenas rompía el silencio del sótano. El sonido metálico se mezclaba con el tenue zumbido de un viejo foco LED que parpadeaba intermitentemente sobre el techo, bañando la habitación con una luz fría y enfermiza.

El lugar estaba casi vacío.

Una mesa metálica llena de herramientas descansaba contra una de las paredes. Sobre ella había martillos, llaves de tubo, alicates, cuchillos, vendas manchadas y un botiquín improvisado. En un rincón podían verse varios baldes y un desagüe cubierto por una rejilla oxidada.

Suspendido desde ambas muñecas mediante gruesas cadenas se encontraba el cabecilla de la banda rival.

Su enorme cuerpo colgaba apenas unos centímetros por encima del suelo. Solo vestía un short desgastado; el resto de su cuerpo permanecía completamente expuesto. Todavía tenía marcas de golpes recibidos durante el asalto y pequeños cortes provocados al arrastrarlo hasta aquel lugar.

Frente a él, sentada con absoluta tranquilidad sobre una vieja silla plegable de metal, estaba Kellie, a un costado permanecía el recluta que había participado en la operación. Sostenía una libreta y un bolígrafo entre las manos, aunque apenas podía ocultar el temblor de sus dedos.

Kellie se puso lentamente de pie.

Tomó un balde lleno de agua helada que descansaba junto a la pared y, sin pronunciar una sola palabra, vació todo su contenido sobre el prisionero.

El hombre despertó sobresaltado.

Su cuerpo se sacudió violentamente mientras jadeaba intentando recuperar el aire.

Kellie dejó el balde en el suelo con un suave golpe.

— Por fin despiertas.
Se cruzó de brazos mientras lo observaba.

— Bienvenido. Solo necesito que respondas unas cuantas preguntas. Si colaboras, esto terminará mucho antes de lo que imaginas.

El hombre levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos recorrieron primero a Kellie y después al muchacho que permanecía detrás de ella.

Entonces soltó una carcajada.

Una carcajada ronca, burlona y llena de desprecio.

— ¿Eso es todo lo que mandaron?

Escupió sangre al suelo antes de continuar.

— ¿Una prostituta pelirroja... Y un mocoso para interrogarme? ¿Qué pasa? ¿No les quedaba nadie con huevos?

El recluta tragó saliva.

Kellie simplemente permaneció inmóvil.

Se acercó a la silla donde había estado sentada, la tomó con ambas manos y volvió a caminar hasta quedar frente al prisionero, lo observó durante unos segundos.

Su voz seguía siendo igual de tranquila.

— ¿Qué negocios tienen con la mafia italiana?

El hombre sonrió con soberbia.

— ¿Y si no te respondo qu...?

El estruendo metálico hizo temblar toda la habitación.

La silla impactó de lleno contra uno de sus costados, doblándose parcialmente por la fuerza del golpe, las cadenas comenzaron a balancearse mientras el hombre soltaba un grito de dolor.

— ¡Maldita hija de puta!

Escupió entre jadeos.

— ¡Cuando me suelten te voy a arrancar la cabeza!

Kellie dejó la silla deformada a un lado como si acabara de romper un objeto sin importancia.

Luego caminó hacia la mesa, tomó una pesada llave de tubo.

Antes de regresar, giró apenas la cabeza hacia el recluta.

— Anota todo lo que diga.

El muchacho asintió de inmediato.

— Y si decide no hablar...

Kellie levantó ligeramente la llave de tubo.

— También escribe por qué terminó muerto.

El hombre comenzó a forcejear inútilmente con las cadenas.

— ¡¿Me están ignorando?!

Su voz retumbó por todo el sótano.

— ¡Los voy a matar a todos!

Kellie volvió a detenerse frente a él.

Ni siquiera parecía molesta.

— Te haré la pregunta una vez más.

Hizo una pequeña pausa.

— ¿Qué hacía la mafia italiana en tu edificio?

El hombre levantó la cabeza, con una sonrisa desafiante le escupió directamente al rostro.

El silencio volvió a llenar la habitación.

El recluta abrió los ojos con sorpresa, esperaba que Kellie reaccionara.

Ella únicamente pasó el dorso de la mano por su mejilla para limpiarse el escupitajo.

Miró unos segundos la saliva mezclada con agua sobre sus dedos.

Después levantó lentamente la vista, sin cambiar la expresión del rostro.

Balanceó la llave de tubo.

El impacto resonó como un disparo.

Dos costillas cedieron inmediatamente.

El hombre soltó un alarido tan desgarrador que el recluta tuvo que cubrirse los oídos.

Kellie permanecía inmóvil, esperando.

— ¿Ahora sí?

El prisionero apenas podía respirar, cada bocanada de aire parecía atravesarle el pecho.

Aun así, consiguió gritar.

— ¡No voy... Adecirte... Una mierda!

Tres golpes más, exactamente en el mismo lugar.

El hombre volvió a gritar mientras su cuerpo se balanceaba violentamente colgado de las cadenas.

La llave de tubo cayó al suelo con un estruendo metálico. Kellie regresó caminando hacia la mesa, esta vez tomó un pesado mazo de hierro de mango largo.

Ni siquiera lo levantó.

Simplemente comenzó a arrastrarlo por el suelo, el chirrido del metal contra el cemento hizo que el prisionero dejara de gritar.

Por primera vez, sintió miedo, de verdad.

— Es-espera...

Su voz comenzó a quebrarse.

— Ganaste...

Tragó saliva con dificultad.

— Te diré todo.

Kellie se detuvo.

No sonrió.
No celebró.
Solo esperó.

— Los italianos...
Respiró con dificultad.

— Quieren quitarle a Big G todo el territorio de la playa... Los clubes... Los bares... Quieren vender su propia mercancía ahí...

El recluta escribía frenéticamente cada palabra.

Kellie permanecía completamente inmóvil.

—¿Solo por droga?

Preguntó.

El hombre dudó unos segundos, fue suficiente, con un movimiento desesperado lanzó un cabezazo.

La frente impactó contra la de Kellie.

Ella retrocedió dos pasos.



#389 en Fanfic

En el texto hay: cinco máscaras, un destino

Editado: 03.08.2026

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