Cinco expedientes descansaban perfectamente alineados sobre una mesa de madera oscura.
El silencio reinaba en la habitación.
Una suave corriente de aire se coló por la ventana entreabierta, recorriendo lentamente el escritorio.
El primer expediente fue el primero en ceder.
La hoja se deslizó abruptamente hacia el borde, como si alguien la hubiera empujado con fuerza. Al abandonar la mesa, cayó de golpe contra el suelo, produciendo un seco chasquido que rompió el silencio.
Marcus Holloway — 38 años.
Debajo del nombre únicamente figuraba una dirección exacta.
Nada más.
Un instante después, la segunda hoja comenzó a desplazarse. Giró sobre sí misma varias veces en el aire antes de doblarse por una esquina y estrellarse violentamente contra el piso.
Daniel Álvarez — 29 años.
Solo un nombre.
Solo una dirección.
La tercera no cayó de inmediato.
Permaneció unos segundos suspendida sobre el borde de la mesa, temblando ligeramente por la corriente de aire, hasta que finalmente perdió el equilibrio y descendió de punta. El papel golpeó el suelo con fuerza y terminó deslizándose varios centímetros, quedando lejos de las otras dos hojas.
Tyler Brooks — 22 años.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Entonces, la brisa volvió a soplar.
La cuarta hoja apenas se levantó unos centímetros. Se dejó llevar por el aire con una delicadeza casi hipnótica, balanceándose lentamente hasta posarse sobre el suelo sin hacer el menor ruido.
Naomi Sato — 24 años.
Por último, el quinto expediente abandonó la mesa.
Descendió con una calma impropia, como si la propia corriente lo sostuviera en el aire unos segundos más. Giró suavemente antes de reposar junto a la hoja de Naomi.
Kellie Miller — 26 años.
Cinco nombres.
Cinco direcciones.
Cinco personas que todavía ignoraban que sus vidas ya habían sido elegidas por alguien más.
A pocos metros de la mesa, cinco cajas de cartón completamente idénticas aguardaban abiertas.
En el interior de cada una descansaba una máscara cuidadosamente envuelta.
Un búfalo.
Un cuervo.
Un coyote.
Un zorro.
Y un oso.
Sobre cada caja había una pequeña etiqueta escrita a máquina con el nombre de su destinatario.
Sin pronunciar una sola palabra, varios hombres vestidos como ciudadanos comunes comenzaron a guardar los expedientes y cerrar cuidadosamente las cajas.
No llevaban uniformes.
No tenían insignias.
Parecían simples trabajadores cargando una mudanza cualquiera.
Cuando terminaron, acomodaron las cinco cajas en el maletero y los asientos traseros de un sedán gris completamente corriente, un automóvil incapaz de llamar la atención entre el tráfico de Miami.
Al otro extremo de la habitación, un hombre permanecía sentado frente a un escritorio.
La oscuridad ocultaba por completo su rostro.
Solo podían verse sus manos sosteniendo uno de los expedientes mientras la otra sujetaba una taza de café de la que aún escapaba vapor.
Observó el nombre durante unos segundos.
Luego dio un lento sorbo a la bebida.
Sin levantar la voz, habló.
— Cuando esas cajas lleguen a su destino, déjenlas sobre una mesa.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
— El refugio que les estamos proporcionando es temporal. Después de eso, deberán encontrar un lugar donde quedarse por su cuenta. Si realmente sirven para lo que fueron elegidos... Sobrevivirán.
El ayudante permaneció inmóvil, esperando alguna otra orden.
El hombre dejó la taza sobre el escritorio.
El leve sonido de la porcelana al tocar la madera fue lo único que volvió a escucharse en la habitación.
Entonces chasqueó los dedos una sola vez.
El ayudante inclinó la cabeza en silencio y abandonó la sala.
La puerta se cerró lentamente.
El hombre volvió a quedarse solo.
Frente a él permanecían los cinco nombres.
Cinco desconocidos.
Cinco futuros ejecutores.
Cinco personas cuyo destino ya había comenzado a escribirse, incluso antes de que ellos mismos supieran que alguien los estaba observando.
El mediodía transcurría con total normalidad. El aroma a masa recién horneada y queso fundido inundaba la pequeña pizzería mientras Kellie terminaba una pizza personal de pepperoni. Con una mano sostenía una rebanada y con la otra deslizaba el dedo por la pantalla de su celular, leyendo noticias sin demasiado interés.
El sonido de una voz conocida hizo que levantara la vista.
— ¿Todavía no terminas?
Kellie sonrió de lado.
— Ya era hora. Pensé que te habían puesto a amasar pizzas hasta la noche.
Frente a ella apareció Evan, vistiendo el uniforme de la pizzería, una camiseta roja, un delantal y una gorra con el logo del local.
Él se quitó la gorra con evidente fastidio mientras dejaba escapar un largo suspiro.
— No vuelvas a recordarme que llevo esto puesto.
Kellie soltó una pequeña risa.
— Al menos cuando trabajabas en el bar no parecías un anuncio publicitario con patas.
— Créeme, acepté este trabajo únicamente porque pagan un poco mejor. Cada dólar cuenta.
Se dejó caer en la silla frente a ella, estirando la espalda como si llevara horas sin sentarse.
— ¿Sabes? Hay días en los que solo quisiera no trabajar. Quedarme en mi apartamento, dormir hasta el mediodía y cocinar algo rico sin preocuparme por nada.
Kellie lo observó durante unos segundos con esa expresión seria que siempre llevaba encima.
Después negó lentamente con la cabeza.
— Qué vida tan aburrida.
Evan soltó una carcajada.
— No, señorita, es una vida tranquila.
— Aburrida.
— Tranquila.
— Aburrida.
— Sin estrés.
— A
Hizo una pausa exagerada.
— B
Otra.
— U
Evan ya comenzaba a reír.
— R
— No empieces..
— R