Eclipse Ascendente

Capítulo 11.1: Bajo el signo del asedio

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Dormimos poco. O fingimos dormir, porque en realidad todos pasamos la noche alerta, con un ojo puesto en nuestras mochilas y el otro en las sombras que proyectaban los faroles de Lysae incrustados en la roca. La cueva olía a humedad rancia, a metal viejo… y a tensión contenida.

—Despierten. Nos movemos en quince minutos —anunció Darkel al amanecer, con la voz firme y la mirada dura.

Ylwen me alcanzó una pequeña hoja de papel plegada mientras preparaba su equipo. La leí de reojo: "Giber me dijo que algo no cuadra con los mapas. Te explico después."
La miré, asentí apenas, y seguimos con la rutina como si nada. Sabía que si Ylwen sospechaba algo, era por algo importante.

La marcha hacia el sur no fue sencilla. El terreno era escarpado, húmedo, y más de una vez casi rodamos colina abajo. Íbamos divididos en tres unidades: dos de Falhmer y la nuestra, mezcladas para “fomentar confianza”, según Darkel. Pero para mí era claro: lo hacían para vigilarnos más de cerca.

Mientras bajábamos una ladera empinada, Darlon, que iba a mi lado, murmuró:

—No me gusta esto. Nos mandaron de cabeza al punto de fuga, donde seguro tienen a sus mejores hombres… o a una trampa.

—Lo sé —dije sin mirarlo—. Pero si retrocedemos ahora, confirmamos cualquier sospecha. Y si vamos, al menos podemos ver con nuestros propios ojos qué demonios están ocultando.

—¿Y si nos matan apenas crucemos el río?

—Entonces, al menos nos llevamos a varios con nosotros.

La conversación quedó en eso.

Dos horas más tarde, llegamos a una zona boscosa cerca del límite con Gorgol. Un viejo templo de piedra, ya en ruinas, marcaba el punto de reunión. Las raíces habían devorado las columnas, y los grabados estaban cubiertos de musgo. Pero aún conservaba una extraña sensación de solemnidad… y peligro.

Mientras más avanzábamos por la zona, más tenebroso se volvía todo. Los árboles despedían un olor peculiar, y mi presentimiento crecía con cada paso. Mis pisadas retumbaban como estruendos de gigantes, no porque fueran fuertes, sino porque no se escuchaba nada más: solo el susurro del viento y el crujir de las hojas secas.

—¿Aún no hemos llegado? Creí que no estábamos tan lejos —pregunté, frunciendo el ceño.

—¿Por qué esa cara? Estamos tomando un pequeño desvío. ¿Viste el estado del camino por el que íbamos a ir, o no? —dijo Darkel, mirándome de reojo.

La tensión en el grupo se volvió densa. Maro y Darlon estaban claramente nerviosos, más aún por la presencia constante del grupo del clan Falhmer. Ylwen, por su parte, no se separaba de mi lado ni un milímetro, como si estuviera dispuesta a dar su vida para protegerme.

—Ylwen, si te pegas tanto y los miras de esa forma, seguirán sospechando. Será más difícil mantener la calma. Recuerda que tenemos señas para comunicar cualquier cosa que necesitemos —dije, dedicándole una pequeña sonrisa.

—Está bien… es solo que no quiero dejarte solo —respondió, con una expresión de sincera preocupación.

—No te preocupes. La única que tiene derecho a matarme eres tú —susurré, con una sonrisa ladeada y las cejas arqueadas.

Con eso, ella parece haberse calmado y se alejó unos centímetros. Yo por mi parte, decidí acercarme a Darkel para hacerle unas preguntas acerca de lo que estaba sucediendo. Pero cuando intenté acercarme un centinela desde la cima de un árbol vociferó la vista de los enemigos. Parece que ya habíamos llegado.

—¡Oye! Nos estamos acercando demasiado. Si seguimos así, nos van a descubrir. Tenemos que esperar al equipo de ataque —dije, deteniéndolo por el hombro.

Él se detuvo, miró mi mano y la apartó de un golpe.

—No vuelvas a hacer eso… —dijo, con una expresión siniestra.

En ese momento, di dos señales: una para que se agruparan, y otra para que se prepararan para escapar… y, si era necesario, que mataran.

Al voltear a ver a Darkel, le lancé una mirada, y le pregunté a Giber si tenía un equipo de rescate en caso de que él se volviera en nuestra contra. No me respondió, pero su mirada me dejó en claro que estábamos rodeados de aliados... por si hacían alguna estupidez.

—Darkel, entiendo que estamos a punto de entrar en una zona hostil, pero si no tratas con respeto a tus aliados, no esperes nada positivo después —dije, mirándolo con el ceño fruncido.

—¿Tú de qué me hablas? Mejor prepárense para el asedio. Estamos a punto de avanzar contra los ene—

—¡Darkel! ¡Imbécil! —lo interrumpí en seco, dando un paso adelante—. Te dije que esperes a los aliados. Ellos harán la entrada, no tú. No tardan en moverse, así que no lo arruines por actuar sin pensar.

En ese momento hubo un enorme estruendo, y cuando nos percatamos, Darkel mandó a alguien a la copa de un árbol para investigar si los aliados ya estaban atacando la base enemiga. Él y yo subimos también y observamos con atención… hasta que lo vimos.

—Están corriendo hacia nuestra dirección. Parece que tienen una salida de emergencia cerca de nosotros —dijo Darkel, girando hacia mí.

—Eso quiere decir que estamos en la mejor posición —respondí, antes de lanzarme al suelo.

—¡Prepárense! Cerca de aquí hay una salida de emergencia del enemigo, y es posible que su líder aparezca por ella. ¡Debemos capturar vivo a ese bastardo! —vociferé mientras me ponía en pie.

—¡Todos escuchen! Todos aquí son importantes. No quiero que nadie muera, y quiero que trabajen en equipo sin importar su clan. ¡Recuerden que el campo de batalla no es un juego! —gritó Darkel, animando a sus aliados.

—¡Prepárense, alguien se acerca! —alertó un chico de cabello gris y largo.

Al darnos vuelta, una manada de ellos ya había salido de entre los árboles, y Darkel, sin perder el tiempo, gritó:

—¡Ataquen!

Al son de su grito, todos se lanzaron. Eran un grupo de cuarenta. Nosotros éramos apenas veinticinco. Nos superaban ampliamente.



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En el texto hay: violencia, escenas sensibles, lenguaje fuerte

Editado: 22.06.2025

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