7
Esperanza
Jay Knight
He estado esperando este momento desde antes de saber que iba a suceder. Desde antes de mudarme. Desde antes de convertirme en lo que hoy soy. En lo que hoy me arrepiento. No me merezco que me pase algo bueno, pero sin embargo, aquí estoy, disfrutando mi vida al máximo. Y, aunque a veces me hunda, todo se acaba solucionando. Porque yo nunca he perdido la esperanza. Nunca. Porque eso es lo último que me permito hacer.
—Hoy vas a conocerla, chaval—declara Noah desde el otro lado de la sala de estar—. Tienes que ponerte guapo, vaya a ser que se te escape—bromea, pero no puedo forzar ni siquiera una sonrisa, porque estoy nervioso de verdad. Me arreglo la camisa como puedo, y meto los bolsillos en el pantalón, ya que estaban por fuera. He esperado a que llegara este momento cientos de años. He esperado una eternidad. No sé si le voy a causar una buena impresión. O si le voy a gustar. O si me va a odiar. O si…—. No estarás nervioso, ¿no? Esa chica es una presa fácil. —Noah interrumpe mis pensamientos. Una de las pocas cosas que ha hecho bien; interrumpirme. Mi cabeza siempre le da vueltas a la misma cosa, una y otra vez, y gracias a eso no puedo dormir del todo bien.
—Cállate, cabrón. Tú no tienes ni idea—sentencio, mirándome al espejo una vez más. Se encoge de hombros y desvía la mirada de mí. Paso de él una vez más. No tiene ni idea de cómo es ella. Me alegro de que no se lleven bien. Noah no es una buena persona. No porque lo diga yo, sino porque él mismo se denomina así. Y creo que no es algo sano. No puede decirse eso a sí mismo, incluso aunque sea verdad. Algún día le va a destrozar mentalmente, hasta el punto de no querer seguir aquí, en esta casa, en esta ciudad, en esta vida. Solo espero que no siga así. Vale que te juzgues un par de veces, pero no más. A veces está bien hacerlo, sí. Pero no puede estar constantemente repitiendo esas palabras tan feas en su cabeza. Llegará un punto en el que no le dejen respirar. O incluso vivir—. Me voy a ir ya. —Le miro por última vez en este día lleno de flores. Eso espero. Que esté lleno de flores. Quizá sea el peor de mi existencia. No creo que pueda ser peor que lo que pasó con Sarah. Me he auto cerrado muchas puertas. Ya es hora de pasar página y disfrutar de la vida. Después de quinientos años desperdiciados, algo tendré que disfrutar. Cualquier día puede ser el último.
Salgo al porche para que la fresca brisa me roce el rostro. Uno de los placeres de la vida. Me pongo en marcha hasta llegar a su puerta. Voy pasando carteles. Desde cafeterías, restaurantes y universidades hasta su casa. Su preciosa casa. Camino por el sendero de piedras que lleva hasta la entrada, decorada con coloridos lirios y miles de flores más. Pienso unas cuantas veces si debería de tocar al timbre o irme a casa, pero no hay vuelta atrás. Ya no puedo echarme atrás. Sin estar completamente decidido, toco con sutileza dos veces el portón. Puedo oír sin dificultades a alguien dirigirse hacia la puerta. Pero, para mi sorpresa, es Theo quien aparece.
—¿Puedo ayudarte en algo?—indaga el hombre que está apoyado en el pivote blanco, justo al lado de la puerta. No estoy preparado para sacar mis dotes artísticos, pero si no actúo ya, me va a dar con la puerta en mis narices.
—Me duele demasiado la cabeza y no llevo dinero encima. ¿Puede darme algo? —Asiente sonriente, y me invita a pasar con la mano, pero estoy atrapado aquí fuera. No puedo entrar ni aunque quisiera, como es el caso—. ¿Puedo pasar?
—Sí claro. Adelante—afirma con seguridad. Me adentro dentro de la casa y miro por todas partes a la razón por la que he venido aquí. No logro creer lo que mis ojos ven. La veo pasar por delante de mis narices, con sus diminutas pecas y rostro. Es, sin duda, la mujer más bonita que debo de haber visto. Y corazón se me acelera una vez más, como la última vez que vi a Sarah. Y eso me impide moverme.
—Por cierto, no me he presentado. Soy Jay.
Unos segundos de silencio aparecen. Lo raro es que no es incómodo.
—Theodore, encantado. —Se diga a hablar por fin.
—Ruby—responde seguidamente mi rostro favorito con toda la seguridad del mundo, sin pensarlo más de dos veces. Dedico una sonrisa a ambos. Theo abre el cajón y lo investiga con curiosidad. Toquetea todo lo que ve, hasta llegar a un medicamento rojo y blanco, al que no alcanzo ver bien lo que pone.
—Esto te vendrá bien—afirma este. Alza su mano para ofrecérmelo, y a continuación, su hermana me tiende un vaso de agua. Le agradezco a los dos el gesto que han tenido conmigo.
—Estoy un poco mareado, ¿os importa si me siento un rato?—miento si piedad. Necesito verla de cerca e interactuar con ella lo más que pueda. Sacuden la cabeza de lado a lado, pero solo uno de ellos enarca una ceja. Vuelvo a darle las gracias por lo que han hecho por mí—. Dado a que voy a estar aquí unos minutos, no quiero que haya silencios incómodos por mi culpa—hago una breve pausa, sin ser consciente de lo que acabo de decir—. Decidme, ¿qué hacéis por aquí?—curioseo, porque si no, esto no va a ir a ninguna parte. Ambas miradas se clavan en mí.
—Nuestra madre... falleció, y decidimos empezar una nueva vida. Desde cero.
Ruby se mantiene callada. He tocado la fibra sensible. Mierda. Soy un completo gilipollas.
—Tengo que hacer deberes—comenta ella—. Encantada, Jay.
Y se va. Se ha ido por mí. He vuelto a cagarla una vez más. Y, para colmo, se ha ido a llorar. Porque la conozco. Y sé lo mal que lo pasa cuando alguien menciona a su madre.
—Lo siento, yo...no tenía ni idea. —Me disculpo, sin saber muy bien qué va a pasar posteriormente. Antes de que se marche al completo y cierre la puerta, quiero decirle algo más, y dejar que el miedo me consuma no es una opción—. Encantado, Ruby.
—No pasa nada, no tienes por qué disculparte. No es tu culpa, tú no tienes nada que ver con ella. —Theo es un buen chico. Se ve que todavía no lo ha superado, pues ha pasado tan solo un mes. Y yo, más que nadie, sé lo que es vivir con ese nudo en el pecho.