13
Lirios
Ruby Windsor
Noah y Jay están aquí, con nosotros, en casa. El chico de ojos verdes no ha parado de hablar con mi hermano sobre chicas, y este le ha dicho que, al parecer, le atrae bastante una. Lheah, creo recordar que se llama. Y, aunque no me importe en absoluto su conversación, al menos me distraigo un rato. Creo que Theo y yo tenemos que ponernos al día. Se olvida de que yo existo. Ahora todo se lo cuenta a Noah. Y me fastidia más que nada.
—Voy a salir a comprar, así me despejo —digo en voz alta para que la única persona que me interesa que lo escuche. Mi hermano me da su aprobación, pero Noah niega con la cabeza.
—Tú te quedas aquí —dice él, que me arrebata del brazo tan pronto como me ve agarrando el bolso de la percha.
—¡Para, me haces daño! —grito, pero nadie parece escucharme. No me suelta hasta que Theo se acerca a nosotros y aparta la mano de Noah. Miro a mi hermano, que le ha pegado a su amigo en la espalda bruscamente. Pero, aún habiendo visto eso, sigo insatisfecha. Tendría que haber sido yo la que hubiera hecho eso. La marca roja del brazo ahora es más visible.
—¿Qué diablos te pasa, Noah? —chilla Jay alterado una vez está en el primer piso de la casa—. ¿Es que quieres matarla? —pone en duda él, que a la vez se pasa una mano por su pelo castaño.
—No pasa nada, Jay —sentencio antes de que todo se vuelva a liar parda. No quiero tener que vivir en una discusión constante. Esa no es la vida que quiero para mí. Y mucho menos para mi hermano, que está involucrado en todo esto. Pero lo sigo queriendo después de todo.
—Rub, para —me pide, empujándome ligeramente a un lado para encarar a Noah—. Sí que pasa —se gira para mirarme, pero después vuelve donde estaba antes, a pocos centímetros de rozar a Noah—. ¿Quién coño te crees que eres, cabrón? —Se acerca todavía más a él, intentando intimidarle. Frunce más el ceño a medida que habla, y la presión entre ellos es cada vez menor—. No vuelvas a tocarla.
Noah parece que disfruta la situación, porque lo que ha hecho ha sido esbozar una sonrisa despiadada cuando Jay le ha soltado lo que ha debido de ser lo mejor que jamás ha hecho alguien por mí.
—¿Eres su madre? —indaga él, con la intención de hundir a Jay, como si todo esto fuera una escena de una película y él fuera el ganador de ella. Supongo que ya estará acostumbrado—. Ah, es verdad, que no tiene—termina diciendo. Me quedo más callada que nunca. Lucho para que las lágrimas no inunden mis ojos. Tengo que ser fuerte e ignorar su estúpido comentario. No puedo dejar que vean lo débil que soy en realidad. Lo que oculto ser, y lo que al final todos acaban viendo. Porque nada es para siempre, y tarde o temprano todos acabaran descubriendo lo sensible y emocional que me pongo cuando la mencionan. Y es por eso que las lágrimas ganan la batalla. Ruedan de nuevo por mis mejillas. Jay no se queda quieto. Aprieta su puño y le pega en la nariz. Empieza a sangrar antes de poder ver si quiera cómo de fuerte le ha dado. O en qué zona ha sido exactamente.
—¡Noah! —interviene Theo por fin, que hasta hace dos segundos había estado espectando la conversación.
Avanzo un par de pasos hasta llegar a donde está Jay, ya más apartado de Noah. Le miro a los ojos, esperando una respuesta de el porqué de sus acciones. Pero solo veo unos ojos que dicen más que mil palabras. Lo abrazo lo más fuerte que puedo, desando que todo esto acabe ya. Theo se lleva a su amigo y cierra la puerta del baño.
—No tenías que hacerlo, de verdad. —Le coloco una mano en su rostro, y lo toco hasta que mi palma se resbala y deja de hacerlo.
—No podía quedarme callado —se sincera él, rompiendo el silencio—. Lo siento por cómo he actuado—se disculpa a la vez que me da la espalda.
—Mírame, Jay. —Toco su hombro, pero nada parece funcionar. Supongo que está frustrado por lo que ha hecho. Supongo que piensa que no ha estado bien. Y sí, no lo ha estado, pero es que lo he disfrutado más que nunca. Porque me ha destrozado el puto corazón. Más de lo que podría imaginar. Y eso es raro porque yo creía que no podía romperlo más, que ya estaba más roto que nunca—. Mírame y dime a la cara que no lo has disfrutado —me coloco en frente de él, dado que no hace ningún esfuerzo en darse la vuelta—. Jay —le llamo, impaciente por escuchar su respuesta.
—¡Sí, joder! —vocifera—. Y eso me hace peor persona de lo que ya soy.
—Si lo fueras, nunca hubieras hecho eso por mí —declaro, pero vuelve a darme la espalda y se va al sofá. Repito sus movimientos antes de coger su mano y llevarla a mi hombro—. A si que la próxima vez que dudes de ti, espero que sepas que yo estoy orgullosa de lo que haces —le digo con la mayor sonrisa que habré puesto alguna vez en mi rostro. Este sonríe con sinceridad, sin estar todavía muy convencido. Asiento dejándole claro que nada me hará cambiar de opinión, y este hace lo mismo. Ambos esbozamos una sonrisa mientras le guío hacia mi habitación para poder charlar un rato sin preocupaciones ni peleas.
🕷
—No entiendo por qué ha actuado de esa manera —me pregunto a mí misma, con Jay todavía junto a mi lado, sin separarse de mí ni por un instante—. ¿Qué le importa si salgo o no?
—Iba a decir que tendrá sus razones, pero no lo creo —afirma él, y su mechón de pelo aparece de nuevo para molestarle. Se lo aparta bruscamente con la palma de la mano, y me tengo que reír al ver su expresión—. Solo te ha fastidiado en lo que llevas conociéndolo —intenta distraerme para que no vuelva a soltar una carcajada, pero yo sigo riéndome al ver su frustración. Paro de sonreír cuando noto que le estoy agobiando.
—Perdón —susurro, y él finge no haberme escuchado, pero sé que lo ha hecho.
—Estás muy graciosa últimamente, ¿no? —dice con ironía, y trato de no volver a caer en la tentación de carcajear.