Eclipse de Verano

Pegaso

El corazon de Sarah se arrugo, comenzaba a tener un sentimiento distinto con Adrik, realmente le importaba. No sabia que contestarle, ¿Toda su preocupacion habia sido en vano? ¿Realmente habia confundido las cosas?.

Su voz sonó oscura, despojada de la calidez que Sarah había creído escuchar en la cinta. Se quedó mirándolo, esperando que soltara una risa, que hiciera una mueca, algo que le indicara que estaba bromeando. Pero Adrik solo mantenía la vista fija en el agua, con la mandíbula apretada y esa expresión indescifrable que solía usar para alejar al mundo.

—¿Lealtad al grupo? —dijo, sintiendo que las palabras le pesaban—. En el cassette no sonabas como alguien que solo cumple con un deber, Adrik. Sonabas como... alguien que queria decir algo que tenia guardado.

Adrik no la miró. Se encendió un cigarrillo con manos que apenas temblaban y soltó una bocanada de humo que el viento se llevo.

—La lluvia de esa noche me puso sentimental, Smith. Olvídalo. No le des más vueltas a algo que no tiene importancia —dijo él, y su indiferencia dolió más que cualquier insulto—. No deberías haber venido hasta aquí por una tontería así.

Sarah retrocedió un paso. Había cruzado media ciudad con el corazón en la mano, esperando una señal, una verdad, y Adrik acababa de tratar su confesión como si fuera un error de grabación. La depresión empezó a instalarse en su pecho, apagando la chispa de esperanza que había mantenido toda la semana.

—Entonces Scott tiene razón —murmuró ella, con la voz apagada—. Tú solo apareces cuando quieres y te vas cuando las cosas se ponen reales.

Al mencionar a Scott, Adrik finalmente giró la cabeza. No hubo gritos, pero sus ojos grises se oscurecieron, una sombra de celos que no pudo ocultar del todo.

—¿Scott? —repitió él—. ¿El mismo Scott que te dio esas entradas de The Outfield para el viernes?

Sarah se quedó helada. ¿Cómo lo sabía? ¿Acaso todo el mundo en West Valley se enteraba de sus movimientos antes que ella?

—Sí, esas mismas. Él al menos está presente, Adrik. Él no me hace sentir que estoy sola.

Adrik soltó una risa amarga y tiró el cigarrillo al agua. Se acercó a su moto, dándole la espalda de nuevo.

—Entonces ve con él, Sarah. Disfruta de la luz. Pero no esperes que me quede a ver cómo te conviertes en otro de sus trofeos brillantes. Algunos preferimos quedarnos en la sombra.

Arrancó el motor con un rugido violento, dejando a Sarah sola con el sonido del agua y una tristeza que la hacía sentir más pequeña que nunca.

Miró el horizonte gris y pensó en las entradas de Scott. Quizás, después de todo, el Sol era el único que no la dejaría tirada en un muelle abandonado.

Sarah tenia el corazon en las manos, sintiendo que la unica amistad que mas la conocia desde que tenia uso de razon se iba por la borda y al mismo tiempo sentimientos inaudibles por el la aturdian. Pero aun con todo ese dolor en el pecho y su desconciertacion volvio a casa. Ya era de noche y mientras subia las escaleras se paro por un momento en seco.

No habia nadie en casa, Steve tenia practicas extracurriculares de basket, su madre estaba en un club de cocina con la señora Anderson y su padre todavia trabajaba.

Toda la casa estaba a oscuras, la unica tenue luz que habia era la que entraba por las ventanas desde afuera. Y sintio un vacio enorme, mas profundo que cualquier otro. Perforaba su estomago haciendo que se retruja.

Y en ese momento, un llanto insonoro consumio a Sarah.

Se dejo caer en un peldaño de madera, permitiendo que con ella caiga su pesada mochila que en vez de llevar libros parecia que llevaba piedras. Pero en silencio, no permitio que su lanto pueda escucharse aunque nadie lo haria.

En la penumbra, Sarah sacó el cassette de Adrik del bolsillo. Lo apretó contra su pecho, sintiendo los bordes de plástico frío.

—¿Porque me confundes Adrik Stevens?—. Se pregunto, aun con frias lagrimas en las mejillas.

Subio a su habitacion y se acostó en la cama, mirando el techo. El vacío en su estómago no se iba, pero el llanto se detuvo, dejando lugar a una resignación fría. Adrik la había empujado hacia la luz, y ella, por puro cansancio, iba a dejarse quemar.

Afuera, la lluvia comenzó a caer con fuerza, mientras en el tocadiscos de su mente seguía sonando el eco de una guitarra acústica que ya no quería volver a escuchar.




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