La mansión del noble Guidel se alzaba en el corazón del distrito comercial como una declaración de guerra contra la modestia. Tres pisos de mármol y madera lacada, ventanales que brillaban con la luz de candelabros encendidos hasta la madrugada, y una veintena de guardias apostados en cada entrada. Guidel había pagado una fortuna por esa seguridad.
Y aun así, esa noche iba a morir.
En el segundo piso, detrás de una puerta de roble con cerradura reforzada, Guidel se servía una copa de vino tinto mientras su capitán de guardia, un hombre de hombros anchos y expresión severa, le informaba con voz tensa:
—Señor Guidel, debería considerar reforzar la seguridad del ala este. Con lo último que hizo en el Reino de Karusu, se ha ganado enemigos que no olvidan.
Guidel rio. No una risa nerviosa, sino una carcajada amplia, casi teatral, como si la idea de que alguien pudiera amenazarlo le resultara genuinamente divertida.
—¿Enemigos? —repitió, girando la copa entre sus dedos—. ¿Esos pobres diablos a los que estafé? No tienen para pagarme una espada, mucho menos para contratar a alguien que la use.
El capitán no sonrió.
—No me preocupan los pobres diablos, señor. Me preocupan los nobles. Usted estafó a tres casas del segundo escalón. Y los nobles no se quedan de brazos cruzados.
Guidel le palmeó el hombro con una confianza que rayaba en la arrogancia.
—Para eso te tengo a ti, capitán Kirana. Mientras tú y tus hombres estén aquí, nadie se atreverá a tocarme.
El capitán asintió, pero no se relajó. Algo en el aire de esa noche le erizaba la nuca. Un silencio demasiado profundo. Una quietud que no era calma, sino contención. Como un lago antes de la tormenta.
No dijo nada. Volvió a su puesto.
En el pasillo del tercer piso, tres guardias montaban la última línea de defensa frente a la puerta de los aposentos privados de Guidel.
Enzo, un joven de cabello corto y espada al cinto, se apoyó contra la pared con un suspiro. Pequeñas chispas de rayo danzaban entre sus dedos, un hábito nervioso que no podía controlar.
—¿No les parece que esto es absurdo? —murmuró—. Proteger a un hombre que se ríe de la gente a la que arruinó.
Marcos, el más alto de los tres, se encogió de hombros mientras ajustaba la correa de su espada. El aire a su alrededor vibraba levemente, como si una brisa invisible lo acompañara siempre.
—Cállate. Al menos es un trabajo fácil.
—Fácil y bien pagado —añadió Ikir, el tercero, un hombre robusto que hacía girar pequeñas piedras entre sus nudillos con la destreza de un malabarista—. No te quejes, Enzo. Hay gente que mataría por este puesto.
Enzo abrió la boca para responder, pero el sonido que llegó desde las escaleras lo detuvo.
Golpes.
No pasos. Golpes secos, rítmicos, como nudillos contra la madera. Luego, silencio. Luego, otro golpe. Más cerca.
Los tres guardias se irguieron. Las espadas salieron de sus fundas en un movimiento sincronizado, entrenado.
Enzo apuntó hacia la escalera.
—¿Quién anda ahí? ¡Identifíquese!
La respuesta fue una figura.
Emergió de la oscuridad como si la noche la hubiera parido. Capucha oscura, ropas ajustadas, una espada en la mano que no era de acero: era de hielo. Un hielo vivo, azulado, que desprendía un resplandor frío y partículas de escarcha que flotaban en el aire como ceniza invertida.
Enzo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Parece que no quiere hablar —dijo, y las chispas entre sus dedos se intensificaron.
Atacó primero. Su estilo era veloz, eléctrico, una embestida en línea recta con la espada cargada de rayo. Un ataque que habría partido a cualquier oponente en dos.
La figura encapuchada se hizo a un lado.
No un bloqueo. No un contraataque. Un simple paso lateral, mínimo, casi desganado. La espada de Enzo cortó el aire vacío.
Enzo se detuvo, los ojos abiertos de par en par.
—Me… me esquivó.
La voz de la figura fue baja, plana, sin inflexión:
—Los de elemento rayo siempre atacan en línea recta. Predecibles.
Marcos no esperó. Se lanzó con un barrido horizontal, la espada envuelta en una ráfaga de viento que amplificó el corte. Un arco amplio, diseñado para partir a la figura por la mitad.
La asesina saltó. No hacia atrás: hacia un lado, con una agilidad que no parecía del todo humana. El ataque de Marcos falló y la hoja de viento se estrelló contra la pared del fondo, cortando la piedra en una línea limpia que se desvaneció en una ráfaga de polvo.
Ikir, con las manos temblorosas, conjuró cuatro rocas afiladas que flotaron frente a sus palmas. Las lanzó todas a la vez, dirigidas a la cabeza de la figura.
La asesina no las bloqueó. Movió la cabeza. Solo eso. Inclinaciones mínimas, precisas, como si las piedras fueran moscas que no merecieran el esfuerzo de una mano. Las cuatro rocas pasaron rozando su capucha y se estrellaron contra la pared a sus espaldas.
Ikir retrocedió, el pánico dibujado en su rostro.
—¿Qué… qué eres?
La asesina formó una esfera de hielo en la palma izquierda. La escarcha que desprendía cristalizaba el aire a su alrededor. La lanzó contra el pecho de Ikir.
El impacto lo levantó del suelo. Su espalda golpeó la pared con un crujido sordo y se desplomó inconsciente, con fragmentos de hielo desprendiéndose de su túnica como astillas de vidrio.
Enzo volvió al ataque, más rápido esta vez, desesperado. La espada de rayo trazó un arco vertical.
La asesina se movió hacia él. No retrocedió: avanzó. Su puño izquierdo se hundió en el estómago de Enzo antes de que la espada completara el descenso. El joven soltó un gemido ahogado, los ojos en blanco, y se derrumbó.
Marcos no esperó más. Con un grito rabioso, lanzó cuatro cortes de viento afilados que trazaron arcos invisibles en el aire, dirigidos al torso de la figura encapuchada. El sonido era el de una hoja cortando seda, multiplicado por cuatro.
La asesina se movió. No retrocedió: se deslizó entre los cortes como si el viento fuera agua y ella una piedra. Los cuatro arcos pasaron rozando su capucha, cortando mechones de tela que cayeron al suelo como pétalos negros.
Contraatacó sin detenerse. Levantó la mano izquierda. Un rayo de hielo salió disparado de su palma, trazando una línea azulada en el aire. Impactó en el pecho de Marcos antes de que pudiera levantar la espada. El golpe lo arrojó contra el muro; la piedra se cubrió de escarcha al instante. Marcos se deslizó hasta el suelo, inconsciente, con el hielo extendiéndose por su túnica como una enredadera blanca.
Silencio.
Tres cuerpos en el pasillo. Ninguno muerto.
Entonces, la puerta de Guidel se abrió.
No con fuerza. No con prisa. Se abrió con la calma de quien ha estado escuchando cada golpe, cada caída, y ha decidido que es su turno.
El capitán Kirana salió de la habitación. Un hombre de hombros anchos, mandíbula cuadrada y ojos que brillaban con un calor anaranjado. Su espada estaba desenvainada, y la hoja no era de acero común: desprendía un calor intenso, visible, como si el metal estuviera vivo. El aire a su alrededor temblaba, distorsionado por las ondas de calor.
Miró a los tres guardias caídos. Luego, a la figura encapuchada.
—Así que tú eres la asesina de la Espada de Hielo.
La asesina no respondió. Pero en ese instante, la luna se desplazó detrás de una nube y un haz de luz entró por la ventana del pasillo, iluminando su rostro bajo la capucha.
Kirana la observó.
Cabello azul turqueza recogido en una cola de caballo alta, con mechones sueltos que la escarcha agitaba como hilos de luz congelada. Ojos celestes, intensos, con un brillo que recordaba al hielo recién formado: frío, limpio, sin fondo. Piel clara, marcada por cicatrices que desaparecían bajo el cuello de la túnica. Algunas antiguas. Otras no tanto. Manos callosas, firmes, aferradas a la espada como si fueran parte de ella.
Una mujer joven. Demasiado joven para el peso que cargaba.
—La asesina de la Espada de Hielo —repitió Kirana, y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. No una sonrisa de cortesía: una sonrisa de emoción. De hambre—. No tengo por qué contenerme contigo, ¿verdad?
La espada de Kirana se encendió. Llamas naranjas envolvieron la hoja, lamiendo el aire con un crepitar seco. El calor se intensificó, y la escarcha del suelo comenzó a derretirse, convirtiendo el pasillo en un campo de vapor.
Lyra no retrocedió.
Ambos se lanzaron al mismo tiempo.
El choque fue brutal. Hielo contra fuego. Las espadas se encontraron con un estallido de vapor que nubló el aire durante un segundo. Kirana empujó, rodeando su hoja con una envoltura de llamas que rugió al contacto con el hielo. Lyra sostuvo el bloqueo con una mano, los dientes apretados, los brazos temblando bajo la presión.
El calor era asfixiante. Lyra sintió el filo de su espada debilitarse, el hielo cediendo un milímetro.
—Tsk.
Kirana sintió una molestia en las muñecas. Esperaba que la espada de hielo se quebrara bajo el calor. No lo hizo. El filo helado resistió, intacto, devolviendo el frío contra las llamas.
Saltó hacia atrás, creando distancia. A su alrededor se formaron pequeñas esferas de fuego, flotando como brasas suspendidas. Las lanzó todas a la vez.
Lyra se cubrió con la espada, bloqueando las primeras. Las últimas impactaron a su alrededor, levantando una nube de polvo y vapor que oscureció el pasillo. El calor le mordió los brazos, la túnica.
Kirana aterrizó, firme, con la espada en alto.
No la vio venir.
Una estalactita de hielo surgió del suelo a su izquierda, disparada a una velocidad imposible. Kirana giró la cabeza, pero no lo suficiente. El filo helado le cortó la mejilla, una línea limpia que se cerró con escarcha antes de sangrar.
Kirana se tocó la mejilla. Miró sus dedos. Sonrió con más fuerza.
Antes de que pudiera reaccionar, Lyra emergió del polvo. Una patada seca al pecho lo golpeó con fuerza. Kirana salió despedido hacia atrás, arrastrando los talones sobre la piedra mojada, cinco, seis pasos, hasta que su espalda chocó contra el marco de la puerta de Guidel. El impacto le arrancó un gruñido.
Lyra no lo siguió. Se quedó en el centro del pasillo, espada en alto, creando distancia entre ambos.
Kirana, adolorido y molesto, aprovechó esa separación. Levantó la mano izquierda, apuntando a la mujer desde el otro extremo. Concentró poder en la palma: el aire se comprimió, se calentó, y una llamarada de fuego rugió desde su mano, iluminando el pasillo de naranja.
Lyra levantó la mano izquierda. Una energía gélida se concentró en su palma y, al instante, un rayo de hielo salió disparado hacia adelante.
Ambas energías chocaron en el centro del pasillo. Fuego contra hielo. Naranja contra azul. El aire gritó.
Kirana apretó los dientes. Empujó con todo lo que tenía. Las llamas rugieron, devorando el hielo desde los bordes, avanzando milímetro a milímetro.
Lyra sintió el calor morderle los dedos. La esfera de hielo se agrietaba.
No.
Apretó los dientes. Hundió los talones en la piedra mojada. Empujó.
El hielo creció. Las grietas se cerraron. El frío trepó por las llamas de Kirana, apagándolas desde dentro.
Kirana sintió el cambio. Apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas. Empujó más. Pero el hielo era más denso ahora. Más brutal.
El torrente de escarcha rompió la llamarada y lo golpeó de lleno. Kirana salió despedido hacia atrás, golpeó la pared de la habitación de Guidel y se desplomó inconsciente entre los escombros, con la túnica humeante y escarcha cubriéndole los hombros.
Lyra bajó la mano. Su respiración era entrecortada, más rápida de lo que habría querido. Un hilo de sudor le recorría la sien bajo la capucha. Los dedos de la mano izquierda le temblaban levemente. Cerró el puño hasta que el temblor desapareció. Avanzó hacia la puerta de Guidel.
Lyra pasó por encima del cuerpo inconsciente de Kirana sin mirarlo. Empujó la puerta con la punta de la bota.
El pasillo destrozado quedó atrás. La habitación estaba intacta.
Dentro, un hombre temblaba junto a la ventana. Los ojos desorbitados, las manos aferradas a una espada decorativa que le pesaba demasiado. Al verla, retrocedió hasta que su espalda chocó contra el cristal.
—¿Q-qui… quién eres? ¿Qué vienes a buscar?
Lyra dio unos pasos más. Guidel la observó, el miedo dibujado en cada línea de su rostro.
—Seguro vienes por el dinero, ¿no es así? —La voz se le quebraba entre sílaba y sílaba—. Tómalo. Está en el escritorio. Tómalo todo, pero por favor no me hagas daño.
Guidel cayó de rodillas. Las manos juntas. Suplicando.
Lyra lo miró desde arriba.
—Puedes decirme tu nombre completo.
Guidel parpadeó, confundido. Las lágrimas le surcaban las mejillas.
—G-Guidel… Guidel Kinerth Lasbook.
Lyra cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, su mirada era plana, absoluta.
—Guidel Kinerth Lasbook —repitió Lyra. Su voz no subió ni un tono—. Nunca lo olvidaré. Eres mi asesinato número veintinueve.
Guidel se quedó quieto. Las manos le temblaban contra el suelo. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, una última palabra.
No tuvo tiempo.
La espada de hielo trazó un arco limpio. La cabeza de Guidel se separó del cuerpo antes de que sus manos terminaran de caer. La sangre salpicó el suelo de mármol, las paredes, la alfombra. Manchó la túnica de Lyra. Manchó el filo helado de su espada.
Lyra miró la hoja. La sangre resbalaba por el hielo, roja y caliente contra el azul frío.
Y entonces llegaron.
No como sonidos. Como recuerdos. Manos extendidas. Bocas abiertas. Ojos suplicantes. Veintinueve rostros. El último aún tenía la sangre caliente en el cuello.
"Por favor, no me mates."
"Ten piedad, por favor."
"Por favor, ten misericordia."
"Por favor, tengo una hija."
"Maldita seas, maldita seas, maldita seas."
Lyra se llevó la mano a la frente y apretó con fuerza. Los nudillos blancos contra la piel. Las voces bajaron de volumen. No se fueron. Nunca se iban. Pero dejaron de gritar.
Lyra soltó el aire. Bajó la mano. Sacudió la espada. Caminó hacia la ventana.
El vidrio estalló en mil fragmentos cuando la atravesó. Su silueta se recortó contra la luna un instante, una sombra con escarcha, y luego cayó. Rodó al tocar el suelo, se incorporó sin detenerse y se internó en el bosque que rodeaba la mansión.
Detrás, la habitación de Guidel se cubría de escarcha. El cuerpo sin cabeza. La sangre congelándose. El silencio.
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Editado: 21.10.2026