Eco de las seis espadas

ecos de guerra y familia

En un lugar muy oscuro comenzaron a escucharse voces. La primera era la de un niño que lloraba:
—Por favor, mamá… no te vayas, por favor.
Luego se oyó la voz de una mujer anciana, cargada de tristeza:
—Mi niño… ahora tendrás que ser fuerte de aquí en adelante. Perdón por dejarte, mi niño.
De pronto, Kael abrió los ojos sobresaltado. Se encontraba en una cama, mirando el techo con respiración agitada. Poco a poco comenzó a reconocer su entorno: estaba dentro de la capital, en el lugar donde sus compañeros descansaban.
Al girar la cabeza, observó a una mujer dormida en una silla. La reconoció de inmediato.
—Carina… ¿qué está pasando? —murmuró con voz débil.
Intentó levantarse, pero un dolor intenso recorrió su cuerpo.
—¡Demonios… esto duele! —gruñó, apretando los dientes.
En ese momento escuchó cómo la puerta se abría. Al dirigir la mirada hacia ella, vio entrar a Damian. Kael, confundido y aún adolorido, no sabía qué estaba ocurriendo.
—Damian… ¿qué es lo que pasa aquí? —preguntó Kael con voz débil.
Damian se acercó con una mirada seria.
—Ayer causaste muchos problemas, Kael.
Luego dirigió la vista hacia Carina, que dormía en la silla, y después volvió su mirada a Kael, evaluándolo con atención.
—¿Recuerdas todo lo que sucedió?
Kael, con una expresión cansada, respondió:
—Recuerdo que estábamos en la catedral… todos agotados y heridos. Es todo lo que viene a mi mente.
Damian cerró los ojos un instante, los volvió a abrir y se cruzó de brazos.
—No sé exactamente qué ocurría en la capital, pero hubo un caos aparte del que provocaste. Se movilizó una gran cantidad de guardias en el muro que divide a las capitales.
Después miró nuevamente a Carina y añadió:
—Ella se enteró de lo que planeaban y se puso como loca. Me pidió que te rescatara, y aprovechamos el caos para hacerlo.
Damian lo miró directamente a los ojos y habló con firmeza:
—Kael, no sé qué querías demostrar ayer, pero creo que ya comprendiste que pusiste a todos en peligro con tus acciones. Además, preocupaste a Carina. Mira, Kael… sé que no somos tus padres, pero…
Damian bajó lentamente los brazos y continuó con voz grave:
—Preocupaste a Carina. Te criamos como si fueras nuestro hijo, y créeme, ella no quiere que te pase nada. Yo tengo que proteger a todos, incluyéndote. Pero si vuelves a cometer la misma tontería, si vuelves a poner en riesgo a todos… no me dejarás más opción que echarte del grupo.
De pronto, Carina comenzó a abrir los ojos. Sus párpados estaban pesados, y al ver a Kael, se levantó de inmediato. Tenía los ojos enrojecidos y la voz temblorosa. Kael y Damian se percataron, y Kael, con una sonrisa cansada, murmuró:
—Carina… ya despertaste. Estoy bien, jajaja.
Kael terminó con una sonrisa, pero Carina corrió hacia él y lo abrazó con fuerza. Sus manos temblaban mientras las lágrimas corrían por su rostro.
—¡Nunca más vuelvas a hacer esas estupideces! No sabes lo angustiada que estaba, Kael.
Damian, con una leve sonrisa que apenas suavizaba su seriedad, añadió:
—Carina se ocupó de curar a todos, pero a ti te cuidó especialmente.
Kael, aún con algo de dolor, respondió en voz baja:
—Carina, gracias por curarme… y también por ayudar a los demás. Pero todavía me estoy recuperando.
Carina se apartó y, con una sonrisa nerviosa, dijo:
—Discúlpame, pero realmente me preocupé. Compréndeme… Damian también se preocupó.
Damian apartó la mirada con gesto duro, su voz seca y firme:
—Carina, yo solo hice lo que me pediste. No confundas las cosas.
Kael los miró a ambos, y en silencio pensó:
Realmente… esta es mi familia.
Al mismo tiempo, en su oficina, Mireya Solenme permanecía sentada tras el escritorio. Con el anillo dorado brillando en su mano, escuchaba los informes de los guardias que habían interceptado los ataques, evaluando cada detalle con calma y mirada calculadora.
Mientras Rafael se acercaba hacia donde se encontraba Mireya, luego de escuchar los detalles de lo ocurrido anoche, dijo con voz firme:
—Bueno, quiero agradecerles por haber hecho un gran trabajo. Gracias a ustedes no hubo heridos ni muertos.
Mireya sonrió al terminar sus palabras. Los guardias, serios pero con un dejo de alegría, respondieron:
—Reina Mireya, usted hizo mucho más. Sin usted, posiblemente habría habido muertos.
Mireya los miró con tranquilidad y contestó:
—En verdad, ustedes hicieron mucho más por proteger a todos. Interceptaron todos los ataques; sin su ayuda, posiblemente habría habido un muerto o más.
Luego, Mireya se llevó las manos a la cabeza y comenzó a hablar con tono reflexivo:
—Ayer creí haber sentido tres energías poderosas, pero al parecer solo fueron dos: la de esa chica Lyra y la de Antonio.
Los guardias se miraron entre sí, sorprendidos, y preguntaron:
—¿Tres energías, reina Mireya?
Mireya levantó la cabeza, cruzó las manos y explicó con calma:
—Sí, tres energías: una en la capital y las otras dos en la capital de los nobles. Creí que ya estaban atacando, pero más bien fue solo una confusión.
Los guardias se miraron entre sí, preguntándose en voz baja:
—¿Tres energías?
Hasta que uno de ellos se atrevió a hablar:
—Reina Mireya, creo que ya sé a lo que se refiere.
Mireya y Rafael lo miraron con atención. Los otros guardias, al ver que quería hablar, comenzaron a interrumpirlo:
—No seas tonto, sabes que lo que dices es una tontería.
Mireya los detuvo con firmeza:
—Está bien, no me importa que sea una tontería. Continúa.
Su mirada reflejaba un interés genuino en el tema. El guardia respiró hondo y explicó:
—Anoche, la catedral donde se encontraba la Espada de Fuego fue asaltada.
Mireya, sorprendida, se levantó de su silla de inmediato:
—¿Qué dijiste? ¿Y por qué no me informaron? No me digas que la Espada de Fuego fue robada.
La tensión en la oficina se volvió palpable. El guardia respondió rápidamente:
—Sí, pero afortunadamente no fue robada.
Mireya se tranquilizó al escuchar aquello, aunque el guardia continuó con voz grave:
—Sin embargo, muchos de los que protegían la espada aseguran que un ladrón logró usar su poder.
Los guardias que se encontraban presentes murmuraban entre sí:
—Es una tontería. Todo el mundo dice que confiaron porque un simple ladrón jamás sería portador de la Espada de Fuego.
Mireya, con seriedad, respondió:
—Entonces, quiero que inicien una investigación sobre quiénes eran esos ladrones. Si es verdad lo que dicen, saben que cuando aparece un portador de la espada, es el único que puede usarla. No puede existir un segundo portador.
Los guardias quedaron sorprendidos por la decisión de Mireya.
—Está bien, reina. Iniciaremos una investigación.
Mireya continuó con firmeza:
—Cuando terminen la investigación, quiero que me informen de todo.
Y así, los guardias salieron de la oficina para comenzar a investigar a los ladrones que intentaron robar la Espada de Fuego.
Cuando los guardias se retiraron, Mireya permaneció mirando por la ventana, pensativa. Rafael la observaba en silencio hasta que, finalmente, comenzó a hablar:
—Las cosas se están poniendo difíciles, ¿no crees, Mireya?
Mireya respondió con cansancio:
—Sí, y creo que las cosas empeorarán. Ahora mismo las tensiones entre las capitales están muy altas; hay muchos rumores de que entraremos en guerra.
Rafael, que estaba de pie observándola, notó cómo Mireya ya mostraba agotamiento y respiraba con cierta agitación.
—¿No crees que necesitas un descanso, Mireya?
Ella negó con la cabeza.
—Estoy bien, Rafael, no te preocupes.
Rafael no podía dejar de preocuparse por ella.
—Mireya, hay algo que tengo que decirte: la capital de los nobles hizo uso de la cláusula ocho del tratado.
Mireya, sin una pizca de sorpresa, cruzó los brazos.
—Ya lo sabía. Estaba claro que lo harían; después de todo, se sienten amenazados. Nos llevamos a una criminal que también es usuaria de la Espada de Hielo.
Con una sonrisa maliciosa, añadió:
—Está claro que yo también lo iba a hacer. Pero ahora es hora de usar mis cartas.
Mireya caminó hacia la puerta para salir de la oficina.
—Rafael, tengo que hacer unas visitas. Quiero que te encargues de los asuntos de la capital.
Rafael asintió con la cabeza.
—¿No cree que necesita escolta?
Mireya sonrió con calma, aunque su tono tenía un matiz sarcástico:
—No la necesito. Iré a la iglesia de la diosa Isabel; es un lugar sagrado.




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