Mireya, encapuchada para cubrir su identidad, caminaba por las calles de la Capital Central. El bullicio del comercio, las voces de los vendedores y las conversaciones de la gente llenaban el aire, pero ella avanzaba con paso firme, ajena a todo. Finalmente se detuvo frente a la iglesia de la diosa Isabel.
Entró con calma. El olor a incienso impregnaba el ambiente, y la luz de los vitrales teñía el suelo de colores. Avanzó por los bancos donde los fieles rezaban en silencio, hasta que sus ojos se posaron en una gran pintura al fondo: una mujer con vestido blanco y una espada dorada, símbolo de la divinidad.
Mireya se dirigió al confesionario y se sentó. El sacerdote habló con voz serena:
—Buenos días, hija. Estoy aquí para escuchar tus pecados.
Mireya, con voz delicada y algo quebrada, preguntó:
—¿Es usted el sacerdote Miguel?
—Sí, hija —respondió Miguel con tranquilidad—. Estoy aquí para escuchar tus pecados.
Mireya sonrió, cruzó las manos y dejó de fingir:
—Primero, déjeme presentarme. Soy Mireya, reina de la Capital Central.
Miguel se tensó de inmediato. Aunque intentaba mantener la calma, Mireya notó su molestia. Ella continuó con firmeza:
—Y no sé si confesar… o revelar al mundo todos los actos de corrupción de la religión de la diosa Isabel: el desvío de fondos de la caridad, o la enseñanza prohibida del Diario de Apolo.
Miguel, con voz cargada de furia contenida, replicó:
—¿Qué es lo que quieres, Mireya?
Ella rió con burla, pero enseguida se puso seria:
—Primero, que dejen de hacer planes a mis espaldas. No sé qué pretendían… quizá una alianza con la Capital de los Nobles. Pero quiero que se detengan.
Miguel, nervioso, intentó negar:
—No sé de qué habla, mi reina Mireya.
Mireya lo interrumpió con dureza:
—Anoche me enfrenté a Antonio. Sabía demasiadas cosas sobre mí, y los únicos que conocen mi pasado son ustedes. Deduzco, entonces, que pretendían una alianza con la Capital de los Nobles.
Miguel suspiró, sabiendo que su plan había sido descubierto:
—Está bien, Mireya. Se lo haré saber al obispo Leo.
Mireya sonrió con calma, pero su voz se tornó implacable:
—Tengo una petición más. Quiero que me apoyen ciegamente en todo lo que haga. Su palabra tiene un peso decisivo en las decisiones finales.
Miguel apretó los puños, ocultando su gesto ya que Mireya no lo veía, y preguntó con voz contenida:
—¿Por qué necesita nuestro apoyo, reina Mireya?
Mireya, tranquila, comenzó a hablar:
—La Capital de los Nobles hizo uso de la cláusula ocho: “En caso de conflicto interno, cualquiera de las capitales tiene el derecho de solicitar una reunión inmediata con la presencia de todos los reinos para iniciar una solución diplomática.”
Miguel pensó un instante y suspiró:
—Creo que ya sabes de qué se tratará esa reunión.
Mireya, con tono serio, respondió:
—La custodia de la Espada de Hielo estaba en manos de la Capital de los Nobles, y que ahora se encuentre en la Capital Central es una razón suficiente para que quieran recuperarla. Además, la portadora que residía en la Capital de los Nobles… es obvio que también quieren juzgarla ahi por intento de asesinato.
Miguel la miró con severidad y habló con firmeza:
—Es por eso que quieres el apoyo de la iglesia. Para que intervenga. Pero, Mireya, está claro que tu plan respecto a la Espada de Hielo es excelente… lo que me intriga es si también intervendrías por esa mujer.
Mireya se sorprendió por la pregunta:
—¿A qué te refieres, Miguel?
Miguel, serio pero con voz tranquila, explicó:
—No sé mucho. Solo lo que me confió el obispo Leo. Pero esa mujer… es una asesina profesional que ha acabado con una cantidad de vidas que, por el momento, ni siquiera han podido calcular con exactitud; los registros oficiales apenas alcanzan a enumerar fragmentos de su rastro sangriento.
Miguel, ahora con un tono más grave, añadió:
—Así que dime, Mireya… ¿crees que vale la pena hacer todo esto por esa asesina, sabiendo que tu reputación podría quedar por los suelos?
Mireya se quedó sin palabras, sin saber qué responder. Finalmente, con voz seria, se dignó a hablar:
—en dos dias se llevará a cabo la reunión, y entonces te daré mi respuesta. Por el momento, solo concéntrense en la espada.
Se levantó, y cuando se preparaba para salir del confesionario, advirtió con firmeza:
—Ya quedan advertidos: cualquier actividad en mi contra, y revelaré todo sobre la religión de la diosa Isabel.
Mireya abandonó la iglesia. Mientras caminaba de regreso al castillo, sus pensamientos la atormentaban:
—Es una asesina que cobró tantas vidas… lo más seguro es que todos los reinos le dicten la pena de muerte.
Siguió su camino, inmersa en esas reflexiones, hasta llegar a su castillo.
Al llegar al castillo, Mireya caminaba por los pasillos sumida en sus pensamientos, preguntándose si realmente valdría la pena salvar a la asesina. Al abrir las puertas de su oficina, se detuvo al ver a Sofía esperándola. Mireya entró, y Sofía se acercó rápidamente; su rostro reflejaba cansancio, como si no hubiera dormido en toda la noche.
—Buenos días, Mireya —dijo Sofía con voz apagada.
Mireya la saludó de igual forma, y Sofía continuó hablando con urgencia:
—Mireya, sé que Lyra asesinó a nuestro informante… y que debe pagar por sus crímenes.
Sofía se acercó aún más, evitando mirar directamente a los ojos de Mireya, como si le costara sostener su mirada.
—Por favor… enciérrala por decadas años, o toda su vida si es necesario. Pero te lo ruego, no permitas que sea condenada a muerte.
Las lágrimas comenzaron a escaparse de los ojos de Sofía mientras su voz temblaba:
—Sé que tomar una vida es algo grave y que no debe permitirse. Es por eso que te pido… que la encarceles.
Mireya, al principio, guardó silencio. Pero luego, con voz firme, habló:
—Sofía, hay algo que debo contarte.
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Editado: 22.01.2026