Eco de las seis espadas

el eco de las cadena

El eco de las cadenas resonaba en los pasillos húmedos de la prisión, impregnados de frío y silencio. Sofía caminaba con el corazón golpeando en su pecho. Iba a reencontrarse con Lyra, la hija que había creído muerta. Mireya le había contado todo: los innumerables asesinatos, la condena que casi con certeza terminaría en ejecución. Sofía necesitaba confrontarla, necesitaba respuestas.

Al llegar a la celda, dudó por un instante, pero finalmente abrió la puerta. La penumbra reveló a Lyra encadenada de las manos, colgando bajo el peso del hierro y el frío de las piedras, apenas iluminada por un rayo de luz. Sofía avanzó paso a paso hasta quedar frente a ella.

Lyra la miró unos segundos, luego bajó la mirada.

Con voz contenida, Sofía habló con severidad:—¿Qué demonios hiciste, Lyra? ¿Por qué tomaste este camino? ¿Por qué?

El silencio fue la única respuesta. Sofía, presa de la furia, la tomó del cuello de la ropa y gritó:—¡Responde, Lyra! ¡Dime por qué!

Madre e hija estaban frente a frente, pero Lyra seguía callada. Sofía continuó, con reproche en cada palabra:—Tu padre Esteban y tu tía Elisa estarían decepcionados de ti.

Lyra levantó la cabeza con furia, los ojos ardiendo:—¿Y tú qué sabes si estarían decepcionados? ¡Tú nos abandonaste! Cuando mi padre se fue, tú también desapareciste. ¡Por tu culpa mi tía Elisa murió!

Apretó los dientes y los puños, las lágrimas asomando en sus ojos.—¡Gracias a que nos dejaste solas, ella murió! Cuando más te necesité, te fuiste y nunca volviste.

Sofía intentó responder, temblando:—Yo… yo…

Recordó el día en que regresó, demasiado tarde. Encontró el cuerpo de Elisa, la muñeca de Lyra, pero nunca a su hija. Había creído que estaba muerta. Las palabras se le atoraban en la garganta.

Lyra respiraba agitada, la rabia mezclada con dolor:—Si me convertí en esto fue por el infierno que pasé. ¡Cuántas veces ese hombre me golpeaba, buscaba todas las formas de torturarme!

Las lágrimas caían sin control.—Siempre me decía: “mi madre aparecerá, mi madre me salvará, me sacará de aquí”. Pero ese día nunca llegó. Las torturas siguieron, el dolor no cesaba, y cada vez que me aferraba a un poco de esperanza, ese maldito hombre me aplastaba.

Su cuerpo empezó a calmarse, pero la voz seguía rota:—No fuiste tú quien me rescató, ni el gobierno. Fueron unos simples asesinos que se apiadaron de mí. Creí que todo estaría bien… pero ellos también murieron.

Sofía escuchaba, paralizada, incapaz de hablar. Se apartó de Lyra, queriendo llorar, pero sabía que si se quebraba en ese momento no podría sostenerse. Solo alcanzó a decir:—Lyra… sabes que por los múltiples asesinatos te van a ejecutar.

Lyra sonrió con ironía, los ojos húmedos:—Hace mucho tiempo perdí la esperanza de vivir. Ya no me importa morir o seguir respirando.

Sofía salió de la celda con pasos vacilantes. Por dentro, ardía el deseo de salvarla a cualquier costo, aunque no sabía cómo. Caminó hasta encontrarse con Mireya. Al verla, corrió hacia ella, se arrodilló y, con lágrimas en los ojos, aferró su vestido blanco con desesperación.

—Por favor… por favor, ayúdame a salvarla. ¡Por favor, Mireya, sálvala!

Finalmente se quebró, sollozando:—No quiero volver a quedarme sola. Ya perdí a Esteban y a Elisa… no quiero perder lo único que me queda. Por favor… ayúdame a salvar a mi hija Lyra.

Mireya, al ver cómo Sofía —una mujer siempre fría y distante— se arrodillaba entre lágrimas para suplicarle que ayudara a salvar a su hija, se quedó pensativa.

"Las madres siempre buscan proteger a sus hijos, aunque sean culpables de sus actos… Ahora Sofía quiere que Lyra no muera. Esto me recuerda un poco a mi madre."

De pronto, pensamientos la invadieron:
"El pueblo donde nací… todos odiaban a mi familia. Pero recuerdo que, cuando alguien intentaba lastimar a Minerva o a mí, mamá siempre se ponía al frente, defendiéndonos."
Mireya salió de esos recuerdos con una leve sonrisa.

—Sofía, ponte de pie.
Sofía obedeció y la miró con esperanza mientras Mireya continuaba:
—Está bien, te ayudaré. Después de todo, tenemos la ventaja de que tu hija Lyra es portadora de la Espada de Hielo. Pero con esto me deberás un favor… un día tendrás que pagármelo.

Sofía, con lágrimas en los ojos, abrazó a Mireya. Y en ese instante, Mireya sintió un calor que había olvidado. Un recuerdo la envolvió: su madre abrazándola a ella y a Minerva, llorando mientras decía:
—Perdónenme… perdónenme por haberlas traído a este mundo, a un lugar donde nunca podrán ser felices.
La tarde cayó, y Mireya, sentada en su oficina, miraba por la ventana mientras pensaba:
"La desesperación de Sofía por salvar a Lyra… es la misma que mamá sentía al protegernos. Creo que ahora puedo comprenderla un poco más."

Unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Era Rafael, con documentos en la mano.
—Mireya, ya tenemos información sobre los ladrones que intentaron robar la espada de fuego.




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