Ecos

Prefacio

Las casas nunca son sólo casas. Tienen vida propia. En sus oscuros rincones y en las silenciosas esquinas, si se presta la atención suficiente, se pueden percibir los ecos y las sombras de todas las vidas que han pasado por esas paredes. Cada vez que se entra en una casa, se cruza el umbral al interior del pequeño mundo de quien resida en ella. Cada minúsculo detalle que conforma aquello que llamamos hogar, deja una huella imborrable, que se integra en las maderas de los suelos y en los ladrillos de las paredes, convirtiéndose eternamente en parte de la construcción.

Yo nunca creí en las presencias ni las sensaciones espirituales con las que mi madre parecía estar tan conectada. Ella solía decir que nací con el escepticismo ya formado desde el útero, aunque no podía adivinar de dónde pudo haber venido. Supongo que tenía razón, porque, desde que tengo memoria, las historias de espíritus, destinos y fuerzas invisibles que controlaban el mundo, siempre habían provocado en mí una mueca de desdén.

Nunca creí en nada y, no obstante, la primera vez que entré en esa casa, lo sentí. En ese momento no supe lo que era, y en mi ignorancia lo confundí con el nerviosismo y la intranquilidad que me habían acompañado todo el viaje hasta allá. Sin embargo, ese nudo en mi estómago fue sólo el preludio de lo que me esperaba.




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