Sandra se sentía como una invitada en su propio cuerpo. O como una espectadora en su propio sueño. De alguna manera, el mundo giraba a su alrededor, la gente caminaba y le hablaba y ella se oía responder, pero su mente se mantenía embobada, como si tuviera la cabeza bajo el agua. Esa sensación la había abordado el lunes pasado y la había acompañado hasta ese mismo momento.
El lunes por la mañana había sido un día normal. Se había levantado, duchado y vestido. Después había saludado a su madre que, como la diligente ama de casa que era, siempre se levantaba temprano para comenzar con los quehaceres, porque según ella una casa impecable se traducía en un espíritu impecable. Por último, había desayunado algo ligero acompañado de un café bien cargado y se había marchado a trabajar.
El turno de la mañana, en el bar-cafetería en el que trabajaba, duraba desde la hora de apertura hasta las cuatro de la tarde, cuando la hora de servir las comidas había terminado y la cocina estaba limpia y cerrada hasta las cenas. Sandra siempre prefirió el turno de la mañana, porque le daba la sensación de que podía aprovechar mejor el resto del día que con el turno de tarde. Por lo general, las semanas en las que le tocaba trabajar por la mañana eran sus favoritas, y esa semana había empezado como cualquier otra, hasta que volvió a casa.
El primer suceso que rompió su rutina fue la noticia que le dio su madre en cuanto cruzó la puerta de casa.
—Cielo, han llamado esta mañana de un despacho de abogados preguntando por ti.
La noticia era tan surrealista que Sandra tardó unos segundo en procesarla del todo.
—¿Un despacho de abogados? —preguntó, sólo para asegurarse de que lo había oído bien.
—¿Qué has liado para que te busque un abogado? —Desde el salón, la voz de su hermana Ana se dejó oír cargada de burla.
—Yo no he liado nada —respondió Sandra a la defensiva.
—Ya, ya —intervino su madre—. Ana, no te burles de tu hermana, seguro que no es nada serio. —Acto seguido, se acercó a Sandra con un papel en la mano—. Te he apuntado el número, me dijo que le devolvieras la llamada en cuanto pudieras.
Sandra estaba segura de que no había hecho nada, ni le había pasado nada, que provocara la llamada de un abogado. El estómago se le giró en un nudo de nervios, lo único que le faltaba era que le hubieran puesto alguna denuncia o algo así.
Se encerró en su habitación, con el móvil en una mano y el trozo de papel que le había dado su madre en la otra. Estudió con detenimiento los números escritos con bolígrafo en el papel, analizando cada trazo en un intento de retrasar lo inevitable. Después de marcar, cuando escuchó el tono por el auricular, sintió que el nudo de su estómago se apretaba más.
—Aguilar Abogados, ¿dígame?
La voz agradable de una mujer respondió a la llamada. Por un instante, a Sandra se le pasó por la cabeza que, el ser atendida por una voz así, era una especie de burla hacia los nervios que la carcomían por dentro a ella, y seguramente a cualquiera que llamara a ese número.
—Buenas tardes —dijo tratando de mantener a raya el temblor de su voz—. Me llamo Sandra Fernández, recibí una llamada esta mañana.
—Oh, por supuesto —respondió la mujer al otro lado de la línea—. Esperábamos su llamada. Si espera un segundo, le pasaré con el señor Aguilar.
Sandra sintió que los segundos pasaron con lentitud antes de que una voz masculina sustituyera a la amable recepcionista.
—¿Sandra Fernández? —Tras la afirmación de Sandra, el hombre continuó hablando —. Me llamo Gustavo Aguilar, le llamo por un proceso de testamentaría en el que está usted involucrada.
Durante los minutos que duró la conversación, Sandra sintió invadirla esa especie de entumecimiento mental que la dejó atontada y distraída. Recordaba vagamente haber salido de su cuarto y haber hablado con su madre y su hermana.
—¿Y bien? —preguntó su madre—. ¿Qué quería el abogado?
—Sí, Sandra —añadió su hermana—. ¿A quién tendremos que llamar para que te saque de la cárcel?
Sandra no hizo caso de la burla de Ana ni de la suave reprimenda que le soltó su madre, sino que simplemente reprodujo lo que el abogado le había dicho.
—El tío abuelo Alfonso ha muerto —dijo.
Y le resultaba muy curioso, porque no recordaba tener ningún tío abuelo. Desde luego, no recordaba haber hablado nunca con ninguno.
—¿El tío Alfonso? —preguntó su madre, consternada.
—¿Teníamos un tío abuelo? —dijo Ana con sorpresa—. ¿Por qué no le conocíamos?
—El tío Alfonso era el hermano de mi madre —explicó su madre—. No tenía una relación cercana con nadie de la familia, que yo sepa. Yo misma no le conocí hasta que vosotras dos nacisteis —dijo, para después mirar a Sandra con una sonrisa divertida—. Y ese día tú te divertiste bastante.
—¿Yo? —preguntó Sandra, sin la menor idea de a qué se refería su madre.
—Fuimos a visitarle una vez —explicó—. Ana era un bebé, pero tú tenías unos cinco años, jovencita, y nos diste un susto de muerte.
—¿Y eso? —Ana pareció repentinamente interesada, como cada vez que encontraba algún motivo para burlarse de su hermana mayor.
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Editado: 26.01.2026