Sandra se pasó los siguientes días haciendo vida normal. Durante ese tiempo, la realidad se terminó de asentar en su mente y la nube de aturdimiento se disolvió poco a poco. Decidió no pensar en el tema del dinero, o la herencia, hasta que todo el trámite y el papeleo estuvieran terminados, para lo que tenía que esperar las noticias del abogado.
Recordaba vagamente haberle escuchado decir algo sobre bancos, una oficina de registro e impuestos, pero la verdad era que le había estado prestando atención a medias, lo que ahora se le ocurría que había sido una idea horrible, así que simplemente lo dejó en sus manos.
Para cuando pasó una semana, había conseguido no pensar en el asunto, por lo que cuando sonó el teléfono en su casa, se sorprendió igual que la primera vez.
—¿Hola? —Cuando contestó el teléfono, la voz de un hombre desconocido, distinta a la del abogado, sonó por el otro lado—. ¿Sandra Fernández?
—Soy yo —respondió Sandra.
—Buenas, soy David García, el asistente del señor Aguilar. —A Sandra le llevó un par de segundos situar al hombre antes de que éste siguiera hablando—. La llamaba para concertar una cita para guiarla durante la visita a la propiedad.
—¿La propiedad?
—Sí, la casa que le dejó el señor Vila, su pariente.
Sólo después de que lo oyera de boca del hombre, Sandra recordó que, además del dinero, en el testamento aparecía algo sobre una casa o un piso. Lo cierto era que la enorme cifra que había visto la había impedido concentrarse en otra cosa aparte de eso.
—Sí, claro —dijo finalmente—. Creía que aún quedaban por hacer unos trámites antes de poder hacer nada.
—La oficina del registro de la propiedad tiene que finalizar el proceso para que la casa figure a su nombre —dijo él—, pero usted puede visitarla cuando quiera. Pensamos que querría verla cuanto antes para decidir qué quiere hacer con ella.
Teniendo en cuenta que ni se acordaba, no había pensado nada. Supuso que no estaba de más pasarse por ahí para ver el estado de la casa e ir pensando en ello. Podría usar su siguiente día libre, o pedir una semana en el trabajo.
David le dictó la dirección de la casa y las indicaciones de cómo llegar, que Sandra apuntó en un cuaderno, y acordaron encontrarse frente a la casa la semana siguiente, para que David la guiara y le mostrara el lugar. Al final tendría que hablar con su jefe esa tarde para pedirle un día libre y que le cambiara el turno del siguiente, en caso de que tuviera que de quedarse más de lo previsto.
Cuando colgó el teléfono, Ana no tardó en dejarse oír.
—¿Era el abogado? ¿Están ya listos los papeles?
—No, era su asistente. Va a enseñarme la casa del tío abuelo para que vaya pensando qué hacer con ella.
—¿También había una casa? —preguntó Ana—. ¿Cómo es que no lo habías dicho?
—No me acordaba —respondió Sandra—. De todas formas, no importa mucho, seguramente la venderé.
—No necesitas decidir ahora mismo —dijo su padre desde la sala—. Piénsalo después de verla.
—Sí, tal vez te guste —propuso su madre.
—Queda a dos horas de aquí, así que aunque me gustara, no tendría mucha utilidad para ella.
—Bueno, ya se verá —resolvió su madre, sonriendo enigmática desde la cocina.
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Tras algo más de dos horas de viaje, en las que Sandra había estado segura de haberse perdido, al menos, un par de veces, logró encontrar el lugar. El pueblo del que le había hablado David resultaba ser un pueblo costero, situado junto a una ría a poca distancia de la desembocadura del río hacia el mar, y rodeado por colinas y montes llenos de espesos bosques. Sandra tuvo que dejar atrás el núcleo urbano y adentrarse en una estrecha carretera que subía la montaña.
Justo al final del camino, pudo ver a un hombre de pie, detrás de una gran puerta de barrotes metálicos que debía de estar unida a un muro, pero que estaba tan rodeado de enredaderas, que las puertas parecían estar conectadas directamente con las ramas. Sandra aparcó su coche a un lado del camino, frente a la puerta.
—¿Es usted Sandra Fernández? —Sandra asintió a la pregunta del hombre mientras salía del coche—. Soy David —dijo él, mientras abría la puerta metálica.
—Encantada —respondió, acercándose a él y estrechándole la mano que David le extendía.
—Bueno, pasemos directamente. —David guió el camino hacia el amplio jardín que rodeaba la casa—. La casa es una preciosidad.
Sandra caminó tras él, y se encontró frente a ella con una visión como sacada de un cuento de hadas. Un camino empedrado se extendía recto hacia la casa, pero rodeándolo había una gran parcela con césped de color esmeralda y perfectamente recortado, del que brotaban una multitud de flores de distintos colores y árboles cuyas verdes hojas daban sombra al paisaje y, si se levantaba el brazo al caminar, acariciaban los dedos de quien paseara bajo ellos. Los espacios entre las hojas dejaban pasar pequeños rayos de sol que iluminaban la escena como si fueran luciérnagas.
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Editado: 26.01.2026