—¡No me creo que esa sea la casa que tienes!
La eufórica voz de Ana sonó por el altavoz del móvil de Sandra, quien se encontraba en el amplio salón.
Cuando volvió a entrar, Sandra había dejado sus llaves en la mesita del recibidor y había subido su mochila a la habitación de la tercera planta, haciendo fotos y vídeos de la casa por el camino y mandándolas a su familia. Para cuando volvió a la planta baja, pensando en hacer un viaje a la tienda del pueblo para comprar algunas cosas, su móvil ya estaba sonando con el tono de llamada que le había asignado hacía años a su molesta hermana.
—Parece que fue reformada hace poco —comentó Sandra, tratando de calmar los ánimos de Ana—, por eso tiene tan buena pinta.
—¡¿Hay una puñetera biblioteca ahí dentro?!
Parecía que tratar de calmar a su hermana iba a ser una batalla perdida, así que Sandra decidió dejar que Ana pasara por el torrente de emoción que quisiera.
—¿Es tu hermana? —Sandra oyó de fondo la voz de su madre y, por el ruido que se escuchó, debió de quitarle el teléfono a Ana—. ¿Cielo? He visto la casa, ¡es preciosa!
—Hola mamá —respondió—. Sí que lo es, pero sigo pensando que lo mejor es venderla.
—¡¿Qué?! —Oyó gritar a Ana de fondo.
—¿Estás segura? —preguntó su madre, después de chistar a su hermana.
—Bastante. Ni si quiera se me ocurre cuánto podría costar mantener una casa así, pero seguro que no podría hacerlo con un sueldo de camarera.
—El dinero es lo de menos, cariño. Si te gusta la casa, deberías quedártela.
“El dinero es lo de menos”. Cuántas crisis económicas habrán empezado con esa frase, pensó Sandra poniendo en blanco los ojos.
—Bueno, a mí es un tema que sí me preocupa —contestó, en lugar de lo que tenía en mente.
Escuchó unos ruidos, como si agitaran el teléfono, antes de que la voz de su hermana sustituyera a la de su madre.
—¡Ey! —dijo Ana—. Como se te ocurra vender esa casa, no volveré a dirigirte la palabra en la vida, ¿me oyes?
—¿Sabes? Eso es más un incentivo que una amenaza —respondió Sandra, divertida.
—¿Ah, sí? —insistió de nuevo su hermana menor—. Pues entonces, como vendas esa mansión, no dejaré de hablarte. ¡Te pondré la cabeza como un bombo el resto de nuestras vidas!
Sandra soltó una carcajada mientras oía a su madre recuperando el teléfono de nuevo.
—De verdad que a veces parecéis niñas pequeñas… —la escuchó decir—. ¿Sandra? No hagas caso de tu hermana, haz lo que quieras, pero permítete pensarlo bien primero.
—Bueno, voy a tener tiempo este mes, porque he decidido quedarme a recoger las cosas del tío —dijo—. Por cierto, necesitaré que me mandéis algo de ropa, yo sólo me he traído una muda.
—¿Ah, sí? Me parece estupendo, así podrás probarla a ver si te gusta —contestó su madre.
Tras darle la dirección a su madre para que le mandaran la ropa por correo, se despidió y colgó el teléfono. Después, se tomó un momento para mirar a su alrededor. Las baldosas claras del suelo eran tan brillantes que podía ver reflejada su silueta en ellas, y los muebles de madera estaban tan impolutos que reflejaban la luz. Normalmente, las viejas casas de piedra eran bastante oscuras, pero entre las amplias ventanas y la decoración, todas las estancias estaban llenas de luz.
El salón en el que estaba, quedaba justo a la derecha de la puerta principal, quedando ésta detrás del conjunto de sofá y sillones que miraban hacia el televisor, en la pared del fondo. A ambos lados de él, había estanterías llenas de maquetas, figuras y libros. Le pareció muy curioso, porque con el tamaño de la biblioteca, pensó que no quedarían más libros por la casa, pero aparentemente el tío Alfonso había sido un ávido lector.
Justo en el extremo izquierdo del salón, reposaba una robusta mesa de comedor de madera, lo bastante grande como para diez personas, con sus sillas a juego y un par de aparadores y vitrinas completando el conjunto.
Tanto en la pared de la fachada delantera como en la lateral, dividiendo el espacio del salón y del comedor, amplios ventanales dejaban una vista perfectamente despejada del jardín que rodeaba la casa.
Sandra había tenido un nudo de nervios en su estómago durante todo el día, y la sensación parecía haber aumentado en lo que David le mostraba la casa, pero al fin parecía estarse calmando.
Sin dejarse distraer más, decidió salir de una vez hacia el pueblo, antes de que se hiciera de noche, y poder tener algo que comer y objetos de aseo. Pensó también en buscar alguna tienda de ropa y comprar algo básico, ya que la que le enviarían tardaría unos días en llegar.
Tras ponerse la chaqueta y revisar que llevaba la cartera, extendió la mano hacia la mesita junto a la puerta principal en busca de sus llaves, pero estaba vacía. Sandra se quedó un momento mirando el mueble, segura de haber puesto las llaves ahí, aunque era obvio que no lo había hecho.
Volvió al salón y las buscó entre los cojines del sofá y los recovecos de los muebles: las estanterías junto a la tele, la mesa de café, e incluso los rincones de las esquinas, pero no había rastro de ellas.
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Editado: 26.01.2026