Ecos

Capítulo 4

Debía reconocer que el pueblo era un encanto. Había dos estilos notablemente diferentes en su diseño, separados en dos zonas. La primera, a la que llegabas en cuanto entrabas al pueblo, era la zona más nueva, con construcciones modernas y calles asfaltadas de doble sentido. Se extendía por la falda de la montaña, hacia el interior del territorio. La segunda zona era el casco antiguo, con calles más angostas y construcciones con fachadas de piedra y madera. Estaba situada justo frente al puerto, extendiéndose por el terreno llano que precedía a los barrancos, desde donde se podía ver la ría que llevaba sus aguas en dirección al mar. Sandra se prometió guardar un momento para visitar más adelante la zona antigua del pueblo.

No le costó demasiado encontrar un supermercado, así que aparcó lo más cerca que pudo y caminó hacia él. En general, por lo que pudo ver a simple vista, parecía el típico pueblo que, aunque tuviera un comercio relativamente sólido, la mayoría del trabajo estaba en el sector servicios. Por el aspecto cuidado de las calles, parecía que estaba recibiendo mucho turismo (era fácil saber por qué, viendo el paisaje), así que todo apuntaba a que la economía local no iba a caer pronto. Sandra pensó que no sería difícil encontrar un trabajo de camarera en algún lugar.

Una vez en la tienda, después de llenar la cesta con comida y algunas cosas de limpieza y de higiene, le preguntó a la mujer de la caja por alguna tienda de ropa. Tras apuntar la dirección y guardar la compra en el maletero, condujo hasta allí.

Resultó que el almacén estaba subiendo por la carretera principal, a las afueras del pueblo, justo en medio de una zona comercial donde había varios supermercados y tiendas de muebles y deporte. Le sorprendió que la zona estuviera mayormente vacía de personas, pero pensó que tal vez, en temporada baja, la mayoría de la gente iría a esa zona el fin de semana. Consiguió encontrar ropa interior y compró también un par extra de pantalones y camisetas básicas.

Cuando volvió a la carretera que conducía a la casa, decidió volver a dejar el coche fuera del recinto. En la parcela había espacio para meter el coche, pero le pareció una lástima arriesgarse a estropear el jardín con marcas de ruedas. Además, la distancia entre la verja y la casa tampoco era tan amplia. Justo cuando estaba pensando eso, una sombra grande se cruzó por el camino y Sandra frenó en seco, viéndose empujada hacia el volante por el impulso, y casi golpeándose la frente.

Se tomó un par de segundos para recuperarse de la impresión, antes de salir del coche e intentar ver qué había pasado. Cuando se asomó al parachoques y vio que no había ningún desperfecto, soltó un suspiro de alivio, antes de escuchar un fuerte ladrido desde el otro lado de la carretera. Cuando Sandra levantó la cabeza, vio lo que parecía un enorme oso negro corriendo hacia ella.

El grito de Sandra se quedó atrapado en su garganta, como si ésta se hubiera cerrado por completo a causa del susto, provocando que el aire se quedara retenido justo en esa zona, e impidiéndole emitir ningún sonido.

A pesar de su tamaño, el animal era rápido y, antes de lo que hubiese esperado, el oso se detuvo frente a ella, mirándola con sus redondos y oscuros ojos y moviendo su larga cola.

¿Larga cola?, pensó Sandra.

Fijándose bien en la criatura, se dio cuenta de que, a pesar de su tamaño, su apariencia no era del todo como debería ser la de un oso. La cola era larga y las orejas, en lugar de ser redondeadas, caían a los lados de su cabeza.

—¡Oso!

Por un momento, Sandra creyó que alguien estaba dando la voz de alarma por el animal que tenía delante, pero después se dio cuenta de que el hombre que había gritado se estaba dirigiendo precisamente a ese animal, que giró la cabeza en su dirección y corrió hacia él.

Cuando el perro (porque se dio cuenta de que eso es lo que era en realidad) se detuvo frente al hombre, comenzó a restregar su cabeza contra su pecho, moviendo la cola con alegría. Por su parte, el desconocido se limitó a reír y acariciarle la cabeza.

—Perdona si te asustó —le dijo el hombre—. Es grande, pero no es peligroso. Sólo es un juguetón que no es consciente de su tamaño.

Cuando la impresión del momento consiguió abandonarla del todo y sintió que podía sacar aire por su garganta de nuevo, Sandra pudo volver a articular palabras.

—Deberías tener cuidado con la carretera, he estado a punto de atropellarlo —dijo molesta.

Independientemente del susto que se había llevado, eso era lo que más la molestaba. Si hubiera atropellado al animal, además de haber tenido que gastar dinero que no le sobraba en una cara reparación en el taller, se habría quedado con un mal cuerpo horrible.

—Sí, lo siento también por eso —respondió él, con cara de disculpa—. Normalmente no hay tráfico por aquí, así que solemos quitar la correa para pasear.

—¿Soléis pasear por esta zona? —preguntó Sandra, repentinamente preocupada por la posibilidad de que las personas del pueblo paseasen con frecuencia alrededor de la casa. No le preocuparía si hubiera algún tipo de separación entre el bosque y el jardín, pero ambos se unían de manera natural, así que se le ocurrió que tal vez los senderistas perdidos iban a ser algo frecuente en la casa.

—Nosotros y algunas personas del pueblo —respondió el hombre, confirmando lo que Sandra se temía—. Hay una ruta de senderismo por esta zona del monte y algunos pasamos por los jardines de la casa que hay al final del camino. Al dueño no le molesta.




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