Ecos

Capítulo 5

La mañana siguiente la saludó con un cielo nublado, pero con el sol brillando en lo alto de las nubes, iluminando el día. La sensación que había tenido anoche, había desaparecido con el amanecer, lo que confirmaba que sólo era la falta de costumbre a la oscuridad y el silencio. Ahora, a la luz del día, lo que sentía era una paz como nunca antes había tenido en la ciudad. Disfrutando de esa sensación, Sandra se tomó un minuto para mirar el paisaje por las ventanas del tercer piso.

Desde esa altura, algunas de las copas de los árboles quedaban bajo ella, así que tenía una vista privilegiada de las ramas más altas, en las que podía ver a diferentes pajarillos revoloteando. No sabía de qué especies eran, porque Sandra no tenía ni idea de pájaros, pero se divirtió observándolos. Todos tenían colores pardos, como era común en esa zona, salvo una única ave, cuyo plumaje se destacaba de los demás por el brillo obsidiana que desprendía. Sandra sabía que había más especies de pájaros, además del cuervo, que tenían esos colores, así que se preguntó cuál sería ese. Se quedó mirándolo un rato hasta que el ave salió volando.

El día anterior vio un pequeño porche, con un par de sillas y una pequeña mesa, en la parte trasera de la casa. Mirando las blancas nubes que cubrían el cielo, decidió que podría desayunar allí.

Mientras se preparaba el desayuno, admiró la cocina con más detalle. La encimera era oscura y tenía una veta dorada que resaltaba y combinaba con la madera de los armarios. Los electrodomésticos eran nuevos y el horno y el microondas estaban dentro de un armario alto, como había visto en revistas de decoración. Siempre había sentido mucha curiosidad por ese tipo de diseños y, en ese momento, descubrió que le gustaba tenerlos.

No había ninguna puerta trasera, por lo que tuvo que dejar el plato con las tostadas y la taza de café en la mesa del recibidor para volver a buscar las llaves de casa, que aparentemente no dejaba de perder, para poder salir al jardín por la puerta principal. Después de cerrar con llave la noche anterior, había creído que las había dejado colgadas en la cerradura, pero debía de estarse volviendo descuidada, porque no dejaba de posarlas en los lugares más extraños. Finalmente, las encontró en el baño del dormitorio. Sandra pensó muy seriamente que tenía que tener cuidado, porque sólo tenía un juego y no quería terminar perdiéndolas. Ni pasarse el día recorriéndose la casa buscándolas.

Cuando al fin salió al jardín, puso rumbo a la parte trasera, donde estaba el porche. Se detuvo un momento en el camino cuando vio por primera vez que había un viejo pozo de piedra en el jardín delantero, en un rinconcito al abrigo de las copas de los árboles de alrededor, casi como si estuviera escondido. Era uno de esos pozos que tenían un par de postes de madera sosteniendo un pequeño tejadillo sobre él. Se preguntó si era solamente una decoración, o si en algún momento había sido funcional.

Al girar junto a la esquina de la casa, se topó de frente con la escena del jardín trasero. El porche de madera tenía un tejado, pero en sí no era muy grande, sólo lo justo para poder tomarse un desayuno o una merienda en él. Más allá, el césped estaba inundado de más árboles y flores silvestres (o al menos eso parecían), con un solitario columpio resaltando en un pequeño claro al que la luz del sol daba directamente. Sin embargo, lo que había en el columpio la hizo detenerse en seco.

Meciéndose con tranquilidad, con las piernas balanceándose y unos rizos castaños volando por el aire al ritmo del movimiento pendular del columpio, había una niña pequeña.

La niña no tendría más de seis años, y vestía un pulcro conjunto con una falda hasta las rodillas, unos leotardos y unos zapatos de charol. No era común ver conjunto así hoy en día, así que le llamó la atención.

Sandra dejó su desayuno en la mesita del porche antes de dirigirse al columpio. Era muy extraño encontrarse una niña allí, pero supuso que debía de ser una de esas personas del pueblo que solían pasar por la zona. Lo que le preocupó, más que cualquier otra cosa, era el hecho de que estuviera sola.

—Hola —saludó, tratando de llamar la atención de la pequeña, pero sin asustarla—. Soy Sandra, vivo aquí. Bueno, me estoy quedando aquí —corrigió rápidamente—. ¿Quién eres?

La niña dejó de columpiarse y la miró fijamente, sin decir nada. Sandra supuso que no se sentiría a gusto hablando con desconocidos, con lo que ella estaba muy satisfecha. Se quedó quieta a unos pasos, dejando un espacio entre ellas para que no se sintiese agobiada, y esperó a que la pequeña decidiera hacer algo.

—Soy Lucía —dijo finalmente la pequeña.

—Hola Lucía, ¿sueles venir aquí a jugar?

La niña asintió con la cabeza antes de hablar.

—El señor que vivía aquí antes me dejaba —respondió Lucía, con voz tímida.

—A mí tampoco me molesta —aclaró, para que la pequeña no pensara que la estaba echando—. ¿Estás sola? —ante el nuevo asentimiento de la niña, Sandra insistió—. ¿No te suele acompañar tu padre o tu madre?

Esta vez, Lucía negó con la cabeza.

—Yo puedo venir sola hasta aquí, conozco el camino —dijo ella, para después añadir con un toque de orgullo—. No me voy a perder.

Era obvio que, si iba a menudo, conocía el camino, pero aun así podían pasarle muchas cosas a una niña pequeña si caminaba sola. Lucía parecía muy orgullosa de ser capaz de ir y venir sin compañía, así que Sandra pensó que no sería buena idea ser muy directa con su desaprobación.




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