Ecos

Capítulo 6

Sandra entró sin cuidado a la habitación que hacía las veces de desván. Ese cuarto no tenía ventana, así que tuvo que encender la luz del techo para poder ver algo.

No había llevado cajas consigo cuando fue a ver la casa el día anterior, así que esperaba encontrar algo que la ayudara, porque no tenía ni idea si habría cerca algún lugar donde las vendieran, o si tendría que terminar comprándolas por internet. Sandra soltó un suspiro de alivio cuando encontró, en un rincón, un montón de cajas de cartón nuevas, metidas dentro de una bolsa. No eran muchas, pero le servirían para las cosas que decidiera llevarse consigo a casa. El resto podría meterlo en sacos para tirarlo, o contratar más adelante una empresa para que vaciara la casa. Ana no tenía clases en verano, así que podría venir ella para encargarse.

Repentinamente, la luz se apagó y Sandra se quedó a oscuras en el cuarto. Por suerte, entraba un poco de luz desde el dormitorio, a través de la puerta abierta, por lo que Sandra podría ver lo suficiente como para salir de la habitación. Justo cuando había terminado ese pensamiento, se percató de que ya no oía la televisión de abajo, y de que la casa estaba nuevamente en silencio.

Sandra sintió entonces un escalofrío extraño en el cuello. No había sido como el simple roce del aire cuando te llegaba una corriente, sino que era una sensación nacida directamente de su piel, como la piel de gallina que aparecía a veces cuando unos dedos te rozaban en un área sensible, como la parte interna del codo o, en este caso, la nuca. Sandra sabía que estaba sola en la casa, o debería estarlo, así que supuso que eran imaginaciones suyas. Sin embargo, un estremecimiento se extendió por todo su cuerpo y, agarrando la bolsa con las cajas, se apresuró a salir de ahí y volver al salón.

Cuando llegó, comprobó que la tele estaba, efectivamente, apagada. Volvió a encenderla y no hubo ningún problema con el aparato, así que pensó que se habría apagado al mismo tiempo que la luz de arriba, y que se debía a algún pico en la corriente eléctrica. Seguramente se había ido la luz un par de segundos y por eso se habían apagado los aparatos encendidos. Naturalmente, eso significaba que la luz de la habitación de arriba debería haberse vuelto a encender, dado que no había apagado el interruptor, pero Sandra obvió a propósito ese detalle, decidiendo no pensar en ello.

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Antes de ponerse a trabajar, Sandra llamó a su jefe para avisarle de que se quedaría más tiempo. La conversación no duró mucho, porque el hombre ya se lo esperaba.

“—Yo también he pasado por eso, así que ya lo imaginaba. Tómate el mes, Sandra, mejor ahora que en temporada alta.”, había dicho.

Después de haber solucionado eso, comenzó a revisar las estanterías y los cajones. Hacia la mitad de la tarde, Sandra había revisado todos los objetos de la planta baja. Había esperado encontrar álbumes de fotos o recuerdos de la persona que había vivido ahí, y lo cierto era que sí había elementos decorativos como figuras y maquetas, pero además de eso, sólo había libros, películas y música. Era cierto que la colección de lecturas y entretenimientos que había en una casa decía algo sobre quien vivía ahí, pero lo normal habría sido que también hubiera cuadros o fotos en algún lugar. Simplemente le pareció curioso no encontrar nada de eso.

Como consecuencia, no podía decir que hubiera avanzado mucho, porque no tenía intención de llevarse la colección de libros y películas del tío Alfonso. Tal vez podría donarlos a alguna biblioteca o librería local.

Sandra estaba pensando en tomar un descanso cuando vio, por el rabillo del ojo, una sombra negra corretear al otro lado de la ventana, en el jardín. Si no hubiera vivido el episodio del día anterior, se habría asustado bastante, pero por suerte ya había conocido al vecino que disfrutaba de correr por la zona.

Cuando se acercó a la ventana, vio a Oso corriendo contento hacia Marcos, que estaba de pie en los límites del jardín, donde comenzaba el bosque. Después de lanzar la pelota que le había dado su peludo compañero, Marcos le dirigió la mirada y la saludó con la mano. Sonriendo, Sandra le devolvió el saludo, decidiendo que no le vendía mal un poco de aire fresco.

Marcos no tardó en saludarla cuando se reunió con él.

—Hola —dijo—. Siento si te hemos molestado, la pelota rodó hacia aquí sin darme cuenta.

—No pasa nada, justo estaba pensando en tomar el aire —respondió Sandra—. ¿Te importa si os hago compañía un rato?

—Para nada, a Oso le encanta que haya gente a su alrededor. Cuánta más, mejor. —Como si lo hubiera invocado, el gran perro negro llegó agitando su cola y con la pelota en la boca. Esta vez, buscó la mano de Sandra para entregársela—. Es un chaquetero, me vende enseguida por cualquiera que sea nuevo.

Sandra no pudo evitar reírse por el comentario, pero aceptó la pelota y la lanzó de nuevo. Después de que el perro la recogiera y la tajera de vuelta, Marcos la lanzó hacia el bosque.

—¿No te importa acompañarnos por el bosque? —preguntó Marcos—. No quiero que se acostumbre demasiado a jugar en tu jardín, o terminará viniendo a vivir aquí.

—Para nada —respondió Sandra, completamente lista para dar un paseo—, a lo mejor puedes enseñarme esa ruta de senderismo que es tan popular.




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