Ecos

Capítulo 7

A la mañana siguiente, Sandra no se sorprendió al ver por la ventana a Lucía columpiándose. Esta vez salió directamente a hablarle, aunque continuó manteniendo la distancia de unos pasos para que no se asustara.

—Hola, Lucía —saludó—. ¿Quieres comer algo? También tengo algo de zumo, si quieres.

La niña la miró de manera tímida desde el columpio, antes de preguntar con voz trémula.

—¿Tienes galletas?

Sandra sonrió, alegrándose de haber cedido a su impulso cuando fue a la tienda.

—Las tengo con chispas de chocolate y de mantequilla. ¿Qué te parece si las saco y las comemos en el porche?

A pesar de su timidez, los ojos de Lucía brillaron con emoción y una pequeña sonrisa se formó en sus labios.

Sandra volvió a entrar para preparar el desayuno de ambas, colocando en una bandeja los dos paquetes de galletas acompañados de un café, un vaso de leche y un brik de zumo. La pequeña había seguido columpiándose en lo que Sandra estaba dentro de la casa, pero en cuanto la vio salir con la bandeja, se bajó del columpio y se sentó en una de las sillas del porche. Habiendo olvidado de pronto toda la timidez, Lucía extendió la mano hacia las galletas con chispas de chocolate en cuanto Sandra las posó en la mesa.

—¿Están buenas? —preguntó Sandra, después de que Lucía se comiera dos galletas prácticamente sin respirar.

—Sí, mucho —respondió la niña.

—Las de chocolate siempre fueron mis favoritas, mi hermana y yo siempre nos peleábamos por ellas.

Lucía dejó de comer para mirarla fijamente, con un brillo de curiosidad en su mirada.

—¿Tienes hermanos? —preguntó con interés.

—Sí, una hermana pequeña. Se llama Ana. —Sandra notó la curiosidad de la niña y supuso que debía de ser hija única—. ¿Tú tienes hermanos?

—No —contestó Lucía y, tras un momento de silencio, preguntó—. ¿Es divertido?

—A veces, pero mi hermana es más molesta que divertida.

El silencio de la niña, y su mirada perdida, hizo que Sandra pensara que, tal vez, su curiosidad se debía a que se sentía sola. Marcos había dicho que Lucía no tenía muchos amigos, pero a Sandra le pareció que la cantidad real era incluso menor que eso.

—¿Vienes siempre sola, Lucía? ¿Nunca traes amigos para jugar? —trató de tantear a la niña con sutileza.

—No tengo amigos aquí —contestó la pequeña, volviendo a comer las galletas—. Sólo hay adultos y están siempre ocupados.

—Entiendo —respondió Sandra.

—Pero no me hacen falta —añadió Lucía de repente, de manera enérgica—. Puedo jugar sola, no necesito a nadie más.

Sandra no pudo evitar enternecerse.

—Bueno, puedes venir sola hasta aquí, así que se nota que eres muy resuelta.

—¿Qué es resuelta? —preguntó Lucía, curiosa.

—Que no dudas y eres valiente —explicó Sandra, de la manera más simple que se le ocurrió.

—¡Sí! —asintió Lucía—. Soy muy resuelta.

Las dos continuaron comiendo las galletas un rato más. Al parecer, cuando Lucía se terminó el vaso de leche, decidió que era hora de irse, porque se levantó enseguida.

—Me voy ya.

—¿Quieres llevarte esto para el camino? —preguntó Sandra, extendiendo el brik de zumo sin abrir.

Un poco vacilante, la niña terminó por aceptarlo antes de marcharse corriendo.

Una vez sola, y habiendo limpiado lo que usaron en el desayuno, Sandra decidió que seguiría con lo que había comenzado el día anterior. Esta vez, decidió ir directamente al almacén del tercer piso, que parecía ser el cuarto más abarrotado de la casa.

Lo primero que hizo al llegar fue encender la luz y dejar la puerta completamente abierta, en caso de que volviera a irse la corriente como la otra vez. Después, se puso música en el móvil para combatir el silencio, y se prometió dejar de ser un bebé sólo por no estar acostumbrada a estar sola.

La habitación estaba abarrotada de cajas, apiladas unas sobre otras sin ningún orden aparente. Para su sorpresa, Sandra descubrió todos los objetos personales que había echado en falta en el resto de la casa.

En una de las cajas encontró peluches, de diferentes formas, colores y tamaños, un poco desgastados y con una pátina de polvo, a pesar de haber estado guardados. En otra caja encontró juguetes de madera, coches y muñecos pequeños. Sandra se preguntó si habían sido los juguetes del tío Alfonso cuando era pequeño.

En un rincón encontró un antiguo caballito de madera, de esos que iban sobre las mismas tablas que tenían las mecedoras, y con los que los niños jugaban en las típicas películas de época. A su lado, había una gran casa de muñecas de madera y con muebles a escala. A Sandra se le ocurrió que los muñecos de antes podían ser de esa casa.

Hubo otra caja que le llamó la atención, en la que encontró artículos de tocador antiguos, de color plateado y cerámica, como los que tendría una niña, o una joven, años atrás. También encontró un joyero y una caja de música con la típica bailarina dando vueltas en el centro. Imaginó que esas cosas debían de haber sido de su abuela, la hermana de Alfonso.




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