Lucía no apareció la mañana siguiente.
Sandra se sintió un poco agobiada en la vacía casa, así que decidió que sería buena idea dar un paseo por el pueblo. Podría seguir el consejo de Marcos y bajar al casco viejo, al puerto. Con esa nueva resolución formada, se preparó para salir. Tardó un rato en encontrar las llaves, que esta vez estaban dentro de una de las cajas que había revisado el día anterior, pero en cuanto lo hizo, salió sin perder tiempo y bajó al pueblo en el coche, aparcando a un par de calles de la zona de costa.
En el caso antiguo, las calzadas y los edificios eran de piedra y las carreteras, aunque estaban asfaltadas, eran de un solo carril y bastante más estrechas. Las calles no tenían tanta inclinación, dado que esa zona estaba construida en el terreno llano que se encontraba entre el monte y los barrancos que daban a la ría.
Cuando finalmente dejó atrás el último edificio y llegó a la zona abierta que precedía al acantilado, Sandra se encontró con un largo paseo, lo bastante ancho para peatones y bicicletas, que recorría todo el largo del pueblo. Al asomarse al vacío vio que, al final del paseo, unas escaleras conducían a una pequeña playa llena de rocas mientras que, en el extremo contrario, donde ella estaba parada, otras escaleras conducían hacia el puerto, en donde los trabajadores ya se encontraban haciendo sus labores y llenando la zona de actividad.
Había más personas que, como ella, parecían estar dando un paseo matutino, y Sandra decidió imitarles y recorrer toda la calle hasta el otro extremo. También consideró la idea de bajar a la playa.
Mientras caminaba, el sol matinal iluminaba con un resplandor dorado, incluso en esa época del año, y el viento traía un aroma a frescor. Sandra se entretuvo contemplando las tranquilas aguas que viajaban hacia el mar. Toda la zona tenía un encanto completamente diferente al resto del pueblo, y Sandra comprendió perfectamente la insistencia de Marcos en que la visitara. Sacando su móvil del bolsillo, decidió hacer fotos del paisaje para compartirlas con su familia después.
La sensación de agobio e inquietud que la había acompañado de una manera u otra desde que había llegado al pueblo, finalmente se había ido. Se sentía como si pudiera respirar profundamente de nuevo después de mucho tiempo, como si se hubiera quitado un peso de encima.
No tardó demasiado tiempo en llegar al final de la línea, o al menos a ella no le pareció que tardara mucho, así que su deseo de explorar no se había aplacado. Por ese motivo, decidió bajar las escaleras de madera, que bajaban por la pared de roca del acantilado, hasta la playa de abajo. El viento era considerable y los escalones estaban un poco resbaladizos por la humedad que había en el aire, así que bajó lentamente mientras se aferraba a la barandilla.
Cuando al fin llegó abajo, notó sus pies hundirse ligeramente en la arena. La playa no era muy extensa, pero el paisaje era tan bonito que le fue imposible resistirse a caminar por entre las rocas. Después de rodear la primera, oyó un ladrido familiar que llamó su atención. Más adelante, un gran perro negro corría desde la orilla hacia un hombre que le esperaba inclinado y acarició su peluda cabeza en cuanto le alcanzó.
Sandra se quedó quieta durante un momento, observando la escena en silencio y con la sorpresa de haberlos encontrado en ese lugar. Antes de que le diera tiempo de recuperarse y anunciar su presencia, Oso la miró directamente y trotó hacia ella para saludarla, haciendo que Marcos la notara y la mirara con la misma sorpresa.
—¿Sandra? —preguntó, acercándose.
—Hola —saludó, intentando parecer normal y no una rarita, teniendo en cuenta que el hombre la había pillado mirándole de lejos—. Decidí seguir tu consejo y venir a visitar el casco viejo. No creí que nos encontraríamos, pensé que siempre paseabais por el bosque.
—Ah, ¿sí? —La expresión de sorpresa en la cara de Marcos fue sustituida por una sonrisa—. Oso es algo grande, así que en realidad solemos salir por la mañana y por la tarde, y alternamos entre la playa y la montaña —explicó, antes de añadir—. ¿Qué te ha parecido la zona?
—Tenías toda la razón —respondió Sandra con su propia sonrisa—, es precioso.
—¿A que sí? —respondió sonriendo, antes de notar el teléfono en la mano de Sandra.
Al notar la mirada curiosa de Marcos, Sandra se apresuró a explicarse, temiendo que pensara que le estaba sacando fotos a escondidas, o algo así.
—Me he pasado la mañana sacando fotos al paisaje.
—Pues tendrás una buena colección —comentó Marcos con una sonrisa de medio lado.
Sandra no preguntó si podía hacerles compañía, y Marcos tampoco se lo propuso, pero ambos continuaron hablando un rato y, de manera natural, pasaron a jugar juntos con Oso. Cuando llegó el momento de volver, los tres subieron con cuidado las escaleras y continuaron caminando juntos por el paseo. Cuando llegaron a la altura del puerto, bajaron las escaleras y observaron a Oso corretear por los muelles, saludando a los trabajadores con los que se cruzaba, que le devolvían el saludo con sonrisas y algunas caricias.
—¿No les molesta? —preguntó Sandra.
—Qué va —respondió Marcos—, todos conocen a Oso. Es el enorme consentido del pueblo.
Frente al paseo, al otro lado de la carretera, había una línea de comercios y bares. Las pescaderías estaban repletas de producto recién traído, en donde las personas hacían cola para comprar, y los diferentes bares y cafeterías estaban llenos de gente que pasaba el rato entre conversaciones y aperitivos.
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Editado: 26.01.2026