Ecos

Capítulo 9

La mañana siguiente también fue tranquila. Sandra desayunó en la cocina e hizo la colada. Pensó que, si su ropa tardaba más tiempo en llegar, tal vez tendría que volver a la tienda a comprar algún básico más, aunque no le hacía ninguna gracia. Esperaba que el paquete no se hubiera perdido o que no lo hubieran entregado en la dirección equivocada.

Sandra estaba en el jardín, tendiendo la ropa en el tendal que había colgado en la parte trasera, junto al porche. Cuando se agachó para recoger una prenda de la palangana, notó por el rabillo del ojo un movimiento rápido a su derecha, en la zona que daría al lateral de la casa.

En ese momento se le vino a la memoria lo que había ocurrido la primera vez que acompañó a Marcos por el bosque, cuando Oso se había separado de ellos. Ella había seguido a algo que corría por el bosque, pensando que era el perro. Sin embargo, Oso estaba con Marcos cuando él llegó de la dirección contraria. En ese momento, había estado tan aturdida que lo descartó por completo de su mente. Sin embargo, ella sabía perfectamente que no había sido un error. Aunque no hubiera visto bien lo que era, las ramas, las hojas y la hierba se habían agitado cuando esa sombra se movía, así que era innegable que había habido algo real en el bosque.

Sandra no quería ponerse a investigar ella misma, porque seguir a un animal salvaje no era algo inteligente, pero si existía la posibilidad de que ese animal se colara en el jardín, era mejor saberlo con certeza. Con eso en mente, comenzó a rodear la casa.

El corazón de Sandra bombeaba acelerado en su pecho. Ella trató de mantener las respiraciones profundas y calmadas mientras avanzaba a pasos lentos, asegurándose de hacer el menor ruido posible y de no tropezar. No conseguía oír nada, así que no podía adivinar a dónde había ido el animal. Aun así, continuó avanzando pegada a la fachada lateral.

Cuando llegó a la esquina, se asomó ligeramente para poder ver el jardín delantero sin descubrir su presencia. En cuanto sus ojos se asomaron al otro lado, alcanzó a ver una sombra deslizándose por el borde del pozo que había entre los árboles, decorando el jardín delantero, a unos metros de la casa. Inspeccionando el resto del terreno, no vio ningún otro animal ni escuchó movimiento, así que salió de su escondite y caminó a paso lento hacia el pozo.

Se preguntaba cómo un animal podría haber caído ahí, siendo que el reborde de piedra que lo rodeaba llegaba hasta la cintura de un adulto. Tal vez hubiera saltado dentro, pero eso no tenía sentido. Sandra no había prestado atención al pozo, de modo que no sabía cuán profundo era, pero se sobre entendía que los pozos tenían más de tres metros de profundidad, así que ningún animal saltaría ahí a propósito, ¿verdad?

Justo al terminar ese pensamiento, y a escasos dos metros de distancia del pozo, a Sandra se le ocurrió que, tal vez, era un ornamento decorativo y no tenía nada más que el suelo en su interior, lo que no le impediría al animal salir de él y atacarla en cuanto la viera. El pensamiento la hizo detenerse por completo, manteniéndose en silencio y tratando de oír si había un animal moviéndose al otro lado de la piedra. El otro día, lo había confundido con Oso por su tamaño, así que no era algo pequeño, ¿no debería poder verlo desde ahí?

Con el cuerpo en tensión y el corazón más acelerado aún, Sandra se acercó poco a poco. A cierta distancia, pudo comprobar que no había suelo, sino un agujero que se adentraba en la tierra. Algo más tranquila, se asomó por completo por el borde para tratar de ver el fondo. Sin embargo, la profundidad era tanta, que la luz no llegaba a tocar más allá de unos pocos metros, haciendo que la oscuridad fuera tan densa, que Sandra no pudo ni siquiera ver la más ligera sombra o reflejo. Si un animal había caído ahí, seguramente había muerto en el acto.

Justo cuando iba a retirarse y volver con la colada, le pareció ver un movimiento en el fondo. No hubo nada que se asomara, ni consiguió distinguir ninguna forma concreta, sino que pareció que la propia oscuridad se había movido. Sandra se quedó clavada en el suelo, con la mirada fija en el fondo del pozo, sin permitirse parpadear. Cuando los ojos comenzaron a escocerle, vio finalmente un par de pequeños reflejos en el centro.

—No debes acercarte al pozo.

El sobresalto fue tan grande que Sandra sintió todo su cuerpo estremeciéndose y, cuando se giró en dirección a la voz, lo hizo con tanta velocidad, que perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer de culo en el suelo.

Detrás de ella, junto a la puerta principal de la casa, Lucía la miraba con seriedad.

—¿Qué? —preguntó Sandra.

Con el susto que le había dado la niña, ni siquiera había entendido lo que le había dicho.

—No debes acercarte al pozo—repitió Lucía—, es peligroso.

Sandra volvió a mirar en el interior, pero la oscuridad volvía a tener tanta quietud y densidad como la primera vez, así que se alejó y caminó en dirección a la pequeña. Por el camino, se colocó una mano en el pecho para calmar su corazón.

—¿Por qué dices que es peligroso? —preguntó mientras caminaba.

—Podrías caer —respondió Lucía.

Sandra no respondió a eso, pensando que, seguramente, era buena idea que una niña pequeña tuviera esa idea en mente. En su lugar, decidió dirigir la conversación hacia algo más trivial, tratando de distraerse a sí misma también.




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