Ecos

Capítulo 10

Los días pasaron uno detrás de otro, casi sin que Sandra lo notara. Su tobillo había seguido inflamado, así que no había podido ir a buscar su coche. Debido a eso, había tenido que quedarse en la casa. Los días eran soportables, gracias a las visitas de Lucía, Marcos y Oso, que llenaban con risas el aislado lugar. También había mantenido el contacto con su familia, sobre todo a través de Ana.

Las noches, por el contrario, se hacían pesadas. Desde el día de la caída, había adoptado la costumbre de dormir con las luces encendidas. Sabía que era una estupidez y una chiquillada, pero no podía evitar la sensación de opresión que la inundaba cada vez que estaba a oscuras. Las pesadillas sobre los ojos que la miraban en las sombras habían continuado, lo que empeoraba esa opresión imaginaria que sentía.

—¿Lista para caminar?

Sandra se sentía más que lista. Cerrando con llave la puerta de casa, se reunió con Marcos y Oso en el jardín. Esa mañana se había despertado con el tobillo en su tamaño habitual y no le punzaba al caminar, así que había decidido hacer la caminata que tenía pendiente. Su ropa definitivamente se había perdido y su comida estaba a punto de terminarse, por lo que le urgía pasarse por la tienda y, para eso, necesitaba el coche.

—Completamente —le dijo a Marcos—. Esta vez estaré atenta a cada ramita del camino.

—Eso está bien —comentó él, con una sonrisa—. Mejor evitemos cualquier accidente de ahora en adelante.

La verdad era que Marcos se había mostrado muy preocupado y atento con ella. Los primeros días, incluso había querido hablar con ella a través de la ventana para que no tuviera que caminar hasta la puerta.

—¿Sabes? Rosa me ha estado preguntando por ti —dijo Marcos mientras caminaban.

—¿Rosa?

—La dueña de la cafetería donde comimos hace días —explicó.

—Ah, sí. —Sandra recordó a la mujer que le preguntó por Alfonso—. ¿La que temías que me reclutara?

—Siempre se queja de que necesita ayuda en el bar —dijo Marcos riendo—. Es como una cazadora siempre al acecho, le ofrece trabajo a cada persona nueva que ve por ahí.

—¿Necesita personal? —Ante el asentimiento de Marcos, continuó—. ¿Y quiere ofrecerme un puesto? Es un poco arriesgado, no me conoce de nada.

—Se lo hemos dicho todos los del pueblo. Debería poner un anuncio y entrevistar candidatos, como todo el mundo. —Cuando el camino se convirtió durante un corto tramo en unos tablones, Marcos la ayudó a mantener el equilibrio con un brazo en su espalda, lo que provocó un ligero sonrojo en las mejillas de Sandra—. Pero no hay manera. Ella consiguió su primer trabajo porque un conocido se lo propuso de forma casual, así que está empeñada en hacerlo igual.

Lo cierto era que, si le hubieran hecho esa oferta días atrás, lo hubiera considerado. A pesar de sus negativas, la verdad era que la casa la había enamorado lo suficiente como para aceptar quedarse e imaginar una vida con su familia. El pueblo era precioso y tranquilo, y la gente parecía acogedora, incluso si no te conocían.

Pero en ese momento, con las pesadillas y los sustos que se había llevado, el encanto se había disipado y, aunque seguía gustándole el pueblo y la gente, el único motivo por el que aún seguía en la casa era porque ya había encargado que le enviaran los papeles legales ahí. Si no fuera porque le daba vergüenza cambiar de nuevo el encargo en el despacho del abogado, ya se habría ido.

Sin tener muchas ganas de explicar por qué la casa se le hacía tan incómoda, Sandra se limitó a no contestar nada y cambiar de tema.

Los tres caminaron por la ruta de paseo que Sandra recordaba de la vez anterior, aunque seguía sorprendiéndole lo bonita que era. Durante todo el camino, Marcos se mostró atento a cada pequeño desnivel, asegurándose de que Sandra pudiera seguir el camino sin daño.

Cuando llegaron a la zona del puerto, decidieron hacer una pasada por la cafetería de Rosa para saludar. Sandra no le dio una negativa directa a la mujer sobre el trabajo, pero sí le aclaró que ya tenía un buen trabajo en el que llevaba mucho tiempo, lo que provocó risas entre el resto de clientes. Después de salir, Marcos insistió en acompañarla hasta el coche.

—Aquí está, tal y como lo dejaste —comentó él, cuando llegaron frente al vehículo.

—Justo donde lo dejé —añadió Sandra con una sonrisa.

—¿Vas a volver directa a casa?

—Tengo que pasar por la tienda primero, si quiero tener algo que cenar.

—Oh, bueno. —Marcos se mostró algo incómodo—. Entonces no te entretengo —dijo, alejándose unos pasos.

—Ya no estoy encerrada en casa pero, ¿nos vemos mañana? —preguntó, con la esperanza de que sus visitas no se detuvieran.

—Claro, cuanto quieras.

Con esa tímida despedida, Marcos se alejó con Oso y Sandra se subió al coche, poniéndose en marcha hacia la zona comercial.

En esa ocasión, Sandra compró ingredientes para hacer platos algo más complejos, porque después de una semana ya estaba algo cansada de los sándwiches y la pasta. Después de guardar las bolsas en el coche, volvió al almacén de ropa al que fue el día que llegó, y compró algo de ropa interior y más prendas básicas. Podía pasar lo que le quedaba con la ropa que tenía, pero le gustaría no tener que hacer la colada cada dos días, especialmente si sólo echaba a la lavadora cuatro prendas cada vez.




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